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Pequeñas esperanzas

Sergio Berrocal

No estamos para esperanzas, sobre todo para las grandes esperanzas que como un serstecio de oro romano ofrecía Charles Dickens a quienes leían sus libros. Pero todo se puede con voluntad. Los ojos de la muchacha que el pintor español Joaquín Sorolla pasea emborrachadas de languidez en largos vestidos que parecen túnicas de diosas todas de blanco y tul por una playa de arena fina, en la que la mirada virginal de la más joven, eso parece al menos, se pierde en el sueño de que su vestido de novia sin ceremonia se abra a la esperanza, me dicen que seguramente vamos a vivir, que la pandemia no podrá con nosotros.

El sombrero de la muchacha, que es como una invitación a intentar forzar una virginidad que tal vez lleva por fuerza o por conveniencia social, casi roza la arena, como una carta…, esperando que alguien se atreva a recogerla, a leerla y a declararse.Siempre que el cielo de nuestras vidas se embadurna de horror, para mí la esperanza viene de una mujer, de la firme y femenina Eleanor Parker que lucha contra una plaga de hormigas gigantescas e inhumanas, no sé por qué pienso en los coronavirus que no tienen forma visible, de la indomable Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó o de la dulzura que a través los dedos de un negro pianista Ingrid Bergman vive, sufre o espera en la desoladora Casablanca.

Siempre hay una mujer en mis sueños de redención, quizá porque un día, hace mil años, con mi propia pandemia, una enfermera me resucitó en hombre cuando yo creía que estaba castrado.

La madre y la hija que se pasean por el cuadro de Sorolla me vigilan todo el rato de mi vida que paso acurrucado en un rincón del canapé. Y me dicen cosas, aunque a veces no las oiga o las interprete a mi gusto. Pero ellas son mi esperanza. Hablan un francés muy cuidadoso y pecaminoso. Charles Dickens expresaba la esperanza del universo en niños, muchachos que rompían los maleficios de la vida, eso sí, cuando no te contaba un cuento de Navidad para no olvidar que la vida puede ser rosa o vestirse del negro más funerario.

Sé que desvarío con mis grandes ilusiones que en este domingo siniestro, en espera de un ojo biónico, el mundo más importante de todos, el del fútbol, el de los multimillonarios sin causa, el de los chulos con desvarío que no vacilan en poner zancadillas por un puñado, y qué puñado, de dólares en los desiertos árabes o en la dulce Andalucía, es el que cuenta.

Y vuelvo a mirar a las mujeres de Sorolla y me dan ganas de llorar. No me puedo meter en la arena para que me protejan con sus faldas interminables y con sus rostros más valientes que la valentía misma. Estoy encerrado en mi estúpido mundo de mármol sin ninguna gracia, sin grandes ni pequeñas esperanzas donde trato de aguantar los embates del temporal de mi puñetera existencia escondiéndome detrás de las letras que me da el ordenador y me permiten componerme pequeñas, modestas esperanzas que nunca irán más allá de la playa de Sorolla, donde nunca me dejarán entrar, donde nunca me dejarán pedir asilo entre las sombrillas caprichosas de las dos mujeres.

 

 




Mantel de lino rojo

Sergio Berrocal

 

Al mantel de lino reluciente de blancura le sienta bien una gota de vino espeso que recuerda a la siniestra ceremonia prenupcial gitana con el pañuelo y la virginidad. Vino espeso de Ribera del Duero que escanciaba un primo hermano de Bela Lugosi en aquel restaurante callado y rococó de cuadros flamencos y gente muerta en las memorias. Hacía años que ni me acordaba del simpático Bela Lugosi al que debemos unos y otros emociones de un Conde Drácula recién salido de los Cárpatos y adobado en Hollywood con kilos de maquillaje siniestro. El maître del restaurante se le parece como si fuera él. Hasta enseña un comienzo de colmillo cuando esboza una sonrisa. Pero sabido es que los maître d’hôtel no dejan ver nunca las espadas que esconden en la boca. Ah, no, ese era Lugosi, bueno el Conde Drácula.

Media mañana de un festival de cine provinciano y desabrido que solo vive a la hora de los fotógrafos en una alfombra que seguramente es roja. Ellas muy compuestas, con el sexo juguetón ellos con cara de niños simpáticos. Y cuatro catetos que los vitorean porque el espectáculo es gratis. ¿Dónde estás Cannes, cuando Diane Keaton sonreía? ¿Dónde estás La Habana, cuando pedir una Coca Cola entre apagón y apagón era casi un insulto a la patria? En esto hemos quedado.

En la mesa de al lado, tres viejas glorias del espectáculo comparten una copa de vino y recuerdos. Hablan de la jubilación. Con toda la amargura que dan dos chupos de tinto. Y mientras Bela Lugosi de rigurosa chaqueta negra me roza con las alas del vampiro que lleva dentro desde hace dos mil años, vuelvo a acordarme de aquella Habana donde la gente creía que Fidel (Castro, claro) lo arreglaría todo, hasta los cortes de luz que en pleno Festival eran desagradable por mucho que te llevaran en mini autobuses donde solo subían los acreditados, los privilegiados. Los cubanos que se las arreglaran. Había clases, incluso para ver una buena película, o para arrimarse a la barra del puñetero Hotel Nacional de todos mis suspiros. Ahora todo ha cambiado. Cualquiera hace cualquier cosa. Ah, claro, sí, usted perdone, es que Fidel Castro ya no impone el respeto que merecía el cine, que merecía el respeto de todo. Hace un tiempo, Obama, que agotaba con probable angustia sus últimos momentos de Presidente de los Estados Unidos de América, estuvo en La Habana, en mi Habana, y ni siquiera le ofrecieron unos buenos apagones. Ya lo decía Fidel…

Y La Habana cambió. La bullanguería del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano ya no puede con la de los turistas llegados del norte vestidos de payasos y gritos por todas partes. Como para ver una película. Y eras tan jodidamente feliz cuando te lanzabas al asalto del Yara o hasta del Chaplin cuando no había otra cosa…Lugosi me mira desde un rincón con otra botella de tinto, de enormes dimensiones y gran poder penetrante, me explica poniendo los colmillos a doce centímetros de esta yugular que siempre me dijeron los médicos que tenía tan frágil.

Las viejas glorias del cine siguen hablando de lo difícil que es llegar a finales de mes con una jubilación y dicen que ya no es lo mismo que cuando el dinero entraba a raudales. Es la crisis. Suecia, el país casi más pacifista del mundo, donde no ha habido una guerra desde tiempos inmemoriales, anuncia que restablece el servicio militar obligatorio, desaparecido en toda Europa. Pero que nos chafen el sueño sueco, pase. Que Suecia, país de la dolce vita edulcorada, de las suecas con biquini inexistentes que pervirtieron al sur de Europa en los años cincuenta y sesenta, bueno, también tiene un pase. Pero que la virgen de todos, Nathalie Portman, haya tenido un hijo, que haya vulgarmente parido y que antes haya rodado un clip de embarazada, con un bombo alucinante…

Al morirse Fidel se demostró que nunca podríamos ser inmortales. Cuando llegó Obama a la capital de Cuba se acabó el relajo. Pero que Natalie, nuestra Natalie, la que nos hacía soñar con compartir cualquier día, en cualquier festival, una copa y un mantel…, la niña que todos soñamos alguna vez en llevar de la mano al colegio…

Señores del jurado, váyanse a casa, el cine está de luto. Se acabó la fiesta. Que venga el apagón definitivo.

A morirse todos.

 




Cincuenta años para aprender nada

Sergio Berrocal

He decidido, este miércoles a las 20.12 hablar más de la gente que quiero y sobre todo que he querido. Y como hay que empezar por alguien lo he hecho por mí. Una noche de amistad y güisqui, Alfredo Muñoz Unsain, periodista argentino afincado en Cuba durante medio siglo, tiempo suficiente para convertirse en el mejor informado de todo lo que concernía a Fidel Castro, me dio una prueba de lo mucho que sabía de mi.

Estábamos en el Festival de Cine de La Habana y acabábamos de emocionarnos más que razón con un documental en el que el padre del Che cuenta cómo supo de la muerte de su hijo. Chango, como le llamaban desde los taxistas a los ministros de La Habana, fue hasta su muerte la mente más preclara de todas las que pretendían comprender el castrismo, cuando esta doctrina traía locas a las Çancillerías del mundo. Todos intentaban adivinar qué haría el amo de la Isla entre la lejana URSS y sus vecinos de los Estados Unidos. Una respuesta para un concurso millonario: saber o no saber qué actitud adoptaría Cuba entre la tentación del comunismo que ayudaba con las dos manos y los dos pies y el capitalismo que pronto consideró a este país como una llaga comunista a 90 kilómetros de las playas de Miami.

En su casa del barrio Playa, Habana, acudían personajes y personajillos del mundo entero en busca de las palabras del maestro. Desde su cátedra de director adjunto de la Agencia France Presse en Cuba, fue toda su existencia el hombre que más sabía sobre lo que ocurría en Cuba cuando los servicios secretos norteamericanos y los soviéticos trataban de entender el enigma Fidel Castro, el revolucionario que entró en La Habana con una medallita colgada al cuello de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, y poco a poco fue demostrando que sabía interpretar a Maquiavelo mejor que nadie.

Nunca se colgó del cuello la hoz y el martillo. Era una de esas noches, y una de las luminosas mañanas en las que Chango hacía café en su minúscula cocina mientras su último amor se desperezaba en la alcoba, adonde se llegaba por unas escaleras decoradas de fotos de Ernesto Hemingway y de Fidel Castro con el amo de la casa. Ya estábamos en vísperas de otra fiesta del cine en La Habana. Nunca sería como la del año anterior, en la que Fidel Castro había subido al escenario para dar una lección práctica de cine y comercio cinematográfico. Y cuando yo esperaba un análisis sobre la futura competencia cinematográfica me llegó este expediente X prescrito por Chango.

Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine. Las veces que vio películas en la penumbra de un cinematógrafo abominó del llamado Séptimo Arte. Estaban basadas en historias escritas por él y prefirió echarles la culpa a directores como Darryl F. Zanuck. No comentó que con “Los asesinos”, uno de sus cuentos, otro director cometió la proeza de trasladar a la pantalla una historia escrita mejorándola (una segunda proeza de ese tipo fue “Ambiciones que matan”, con los jóvenes Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters, sobre “An American Tragedy”, de Theodore Dreiser).

Apúntese de paso que el famoso Premio Nobel de Literatura norteamericano nació y murió en Estados Unidos pero entre ambos actos, fortuito el primero y voluntario el último, pasó la mayor parte de su vida en otra parte. La leyenda que envolvió a Hemingway -de macho, de corajudo cazador, de pescador experto, de paradigmático soldado irregular- fue una cortina de humo generada por él mismo para ocultar ante los demás sus dudas internas. Sergio Berrocal también ha sido transhumante como el gitano que no es, aunque nació en tierras sospechosas del Norte de Africa (pese a lo cual, o por lo cual, ha elegido por sus reaños adoptar la nacionalidad andaluza).

También lo rodean leyendas, aunque todas fabricadas por amigos suyos o, viceversa, por fulanos a quienes les cae gordo. Se dice, por ejemplo, que su madre fue una anarquista catalana o polaca que, enamorada, se ató a las riendas de uno de los jinetes del cacique bereber Abd El Krim. Eso explicaría su rechazo a los notables vinos del Penedés. De su larga vivencia en París sólo aprendió a seguir usando agua mineral Perrier para atemperar la sangre en sus arterias. Una leyenda derivada de este dato verídico es que cierta vez, en Tokio, Toshiro Mifune evitó que contertulios japoneses le rebanaran los brazos por insistir en derramar Perrier en su vasito de sake (pudo haber sido Akira Kurosawa, según otros que narran el mismo incidente quizá apócrifo). En La Habana, donde ha estado demasiadas veces para su propio bien, en vez de Perrier sólo se encuentran aguas minerales locales comercializadas por la italiana San Pellegrino.

Eso pudo tensionarlo como para que una vez, durante un corto viaje de tres pisos en el vetusto Hotel Nacional, su favorito, intentara introducirse por la vía angosta en una mulata de llamativo aspecto que operaba el ascensor. En cuanto a su radical diferenciación con Hemingway, es difícil suponer que exista algo más imprescindible para Sergio Berrocal que vivir cine y escribir sobre cine. En él ambas cosas son, podría decirse, una permanente ininterrupta eyaculación. Esta ficha biográfica del joven SergioBerrocal (que el 24 de setiembre del cuarto año del Tercer Milenio cumplió 65 años) podrá quizá ser leída en el volumen titulado “Cuentos Chinos” que se le ha ocurrido infligir a sus no escarmentados lectores. Pero ésta, y cualquier otra, quedarían incompletas de omitir tres datos y una conclusión fundamentales:

1 – Es profundamente creyente, pero de religión ignorada pues evade definirla con una excusa indestructible: “Cada hombre, dice, hace a Dios a su imagen y semejanza”.

2 – Afirma que lo que le gusta en las mujeres es que tengan ojos azules, pero en verdad lo que le gusta es que los tengan de color verde o azul o colorado o cucaracha o anaranjado o arcoiris o morado o ultravioleta o infrarrojo. Es decir, que tengan ojos, sean zarcos o bizcos o estrábicos o miopes o astigmáticos. Pero a fin de llegar al fondo de la verdad, hay que revelar que lo que le gusta es que sean mujeres serpenteantes y serpentinas. Un vicio que adquirió en Brasilia y con que se reinoculó en La Habana.

3 – Sus bebidas preferidas resultan un oxímoron: leche con café descafeinado (en el desayuno) y para explorar la penumbra astronómica (esto es, desde el atardecer hasta el amanecer) whisky escocés (con Perrier, como ha sido dicho). Sin embargo, se sabe que en diversas coordenadas geográficas cuando llegó el caso ha libado kvass en los Urales, chicha fermentada por las mandíbulas de desdentadas ancianas aymaráes, cachaça en Brasil, pisco en Perú y Chile, tequila y pulque en México, acquavit en Escandinavia, en los vastos territorios asolados por el Socialismo Real vodka descendida del zarismo y samogón (la imaginada por el mujik), slibovitza en los Cárpatos y un menjunje inuit sin nombre producida por la fermentación de orina y grasa de focas u osos boreales. En Cuba, desde luego, ron. Sin arribar jamás a la beodez.

Conclusión, no necesariamente extraíble de todo lo precedente: todo lo que hace Sergio Berrocal es gestado por su amor indiscriminado, un amor de ofrecer la segunda mejilla, de abrir carta de crédito sentimental a los otros, de perdonar las afrentas personales, de indignarse por las injusticias que percibe. El amor en la interpretación de los verídicos cristianos”. Chango, ay Chango, te marchaste antes de que te pudiera decir que tu análisis, digno de un psicoanalista de Buenos Aires, es lo más acorde con la verdad que me han dicho en mi vida. Lo malo es que he necesitado cincuenta años, los del título, los de tu informe, para darme cuenta de que por fin sé más o menos escribir de corrillo pero que no he aprendido nada. Me gustaría estar contigo, porque seguramente Jesús, por ateo que fueras tú, te habrá elegido como consejero para asuntos de este mundo donde yo pataleo y necesito mucho coraje y algunas pastillitas para no tirar la toalla por el balcón que da a la playa.

 

 

 

 




Recuerdos (auténticos) de cine

Sergio Berrocal

El ascensor de Juliette – que tardaba una eternidad en ir de la planta baja al tercer piso – estaba tapizado con un amplio sofá de piel sedosa y blanca, música de ambiente que envolvía al visitante como un traje de chaqueta de Chanel y una rinconera con botellas de alcoholes del mundo entero. Decían que ese ascensor, donde lo único prohibido era la música latina, Juliette se transformaba en una loba mitad Sheherazade y mitad Reina Margot, la que mandaba arrojar los cadáveres de sus amantes al Sena después de haberlos consumido hasta el tuétano. Juliette, magnífica pluma por lo demás, adoraba el champán y en su despacho de Cannes solía terminar sus brillantísimas crónicas en un derroche de burbujas que invariablemente se desmoronaban en una alegre borrachera, cuyos restos encontraba la portuguesa encargada de la limpieza a las dos o las tres de la mañana. Por Supuesto que Juliette nada tenía que ver con Richard, quien trabajaba para una emisora de radio norteamericana y sus amigos le llamaban cariñosamente

“La loca de Chaillot”, vaya usted a saber por qué. Desde que había llegado a París casi en tiempos de Hemingway había pasado de ser un macho de Illinois para convertirse en algo que nadie se atrevía a definir. Un compañero francés decía con todo el desprecio de que era capaz, y tenía más reservas de desprecio que de billetes de una libra esterlina el Banco de Inglaterra, que en realidad funcionaba “à la voile et à la vapeur”, vamos que no despreciaba a ningún sexo. Adoraba las camisas verdes y los pañuelos fucsia.

Cuando yo le conocí tenía la edad de Jean Cocteau en su momento de máximo talento y cuando descubrió al actor Jean Marais – que entre otros personajes encarnó precisamente a D’Artagnan – con quien vivió un huracanado idilio que duró años. Richard odiaba a las mujeres, por lo que en sus crónicas era raro que una actriz saliera bien parada. Tendría que haber sido su propia madre y aún así nadie hubiese sido capaz de decirlo. Para él todas las féminas eran brujas para las que los suplicios de Salem hubiesen sido mera caridad cristiana. Por el contrario, Serge habría dado su único par de zapatos por una sonrisa de mujer. Era un chaval guapo y moreno, con más ambiciones que conocimientos del cine. Tenía apenas 23 años pero ya estaba convencido de quec onocía el Séptimo Arte como los barrios bajos de París, su ciudad casi natal.

Enamoradizo como pocos, su Redactor Jefe tenía de vez en cuando la sorpresa de leer en otro periódico una crítica sobre una determinada película que nada tenía que ver con lo que el jovencito Serge había escrito en el suyo. En esos casos, era un puro y majadero ditirambo mientras la del viejo señor que firmaba la otra decía que era un filme infame.

El secreto lo descubrí una noche en un discreto restaurante del viejo Cannes, donde el jovencísimo cronista cenaba en un ambiente arrullador con la todavía más pura protagonista de una película que él había encumbrado – sólo le faltó decir que “Ciudadano Kane” era un cortometraje a su lado – y que a mí me había hecho llorar por la rabia que sentía de no poder estrangular al director en la misma sala de proyección.

Estoy casi seguro que a a la muchacha, heroína de una película realmente mala sobre un momento histórico de Francia, su jefe de prensa le había transmitido una ficha que podría haber estado redactada más o menos en estostérminos: “Si le caes bien a Serge es incluso capaz de decir que tu última película merece ocho Oscars aunque los grandes críticos la hayan considerado como una de las peores del mundo. Háblale de Ernesto Hemingway (es un escritor norteamericano, adjunto pequeño dossier con resúmenes de sus principales novelas). También es indispensable que te muestres entusiasmada por la llegada de Fidel Castro a La Habana (adjunto resumen histórico). Y aunque lo único que tú bebes es Coca-Cola dos minutos después de que llegue a tu habitación pide dos güisquis, recalcando alto y claro que los sirvan en vasos estrechos con dos trozos de hielo grandes (insiste en este detalle) y un chorreón de agua Perrier (la reconocerás porque la botella es verde).

“Por supuesto, hazte la sorprendida y encantada cuando bebáis el primer sorbito. Le dices al camarero que los canapés no sean de caviar o salmón ahumada. Por razones que no he podido descubrir, Serge los odia. Para la entrevista ponte una falda no muy ceñida, más bien tipo colegiala pero que deje ver las rodillas aunque sin exageración. No olvides los mocasines rojos. Los adora hasta el fetichismo. El pelo “despeinado” y que el maquillaje ni se

note. Está convencido de que eres la típica jovencita norteamericana de la América profunda. Si te habla de música no olvides que le gusta una mujer tocando el violoncelo más que el último descubrimiento de las páginas centrales de Playboy y que sólo la cambiaría por un concierto de Frank Sinatra”. Allá en la capital, el Redactor Jefe no comprendía nada de lo que le escribía su joven reportero porque, naturalmente, ignoraba estos detalles. Dos años después volví a ver a Serge en París. Se había

casado y tenía una hija de unos inmensos y profundos ojos verdes. En cuanto a la actriz, que luego sí que protagonizó una película de éxito mundial, se había liado con un bajista negro que tocaba en La Cigale, un célebre y popular café del Pigalle de los años sesenta al que hoy van en peregrinación miles de turistas norteamericanos. La última vez que me crucé con Serge fue en una playa muy cerquita de La Habana con una criatura de ensueño. Me dijo que era una modelo novia de un amigo. Por la noche, antes de perderle para siempre de vista, me lo encontré en un ascensor del Hotel Nacional varado entre el primer piso y la planta baja con un camarero que se encontraba allí por casualidad. Acababa de ver la película cubana “Fresa y chocolate” y por los barrotes del ascensor me tendió una copia de la crónica que había mandado poco antes. Era una maravilla. Era lo mejor quehabía escrito en toda su vida. Pero a él le importaba un comino mi opinión.

 




De la importancia del beso

Sergio Berrocal 

El beso es más importante que el cambio climático o que la situación en Arabkistán. Lo juro por mi amigo Jesucito. El beso es único. Y lo entenderán mejor cuandosepan que uno, uno solo, que sin ser cinematográfico fuede esos que no se le da a cualquiera, me salvó la vida, bueno el honor, que en aquellos tiempos era casi más importante. Mil veces he hablado de una vieja amiga que tuve, espero que me conserve su amistad allí donde se encuentre,en el cielo, en la tierra o en Trasapolandia, que está a mano derecha según se entra en el triángulo de Las Bermudas, la bailarina y actriz Chelo Alonso, el fuego cubano en los Campos Elíseos de París con un cuerpo que a los franceses les parecía el principio del fin del relativismocartesiano.

La conocí allá por los años sesenta en el Folies Bergère, un teatro con mucho tocino de una callejuela de Montmartre fundado en 1869 en pleno oh, la, la, Paris, época en lo que se viajaba a la capital de Francia con los ojos fuera delas órbitas y cuando los parisienses pudientes tenían amantes de plantilla y de cabaret. Inmortalizado por Edouard Manet – como el Moulin Rouge por el pobre enano Toulouse-Lautrec – el Folies se adaptó a los tiempos de losturistas en autobuses de dos pisos que pagan poco y exigen mucho y que se extasían todavía delante de la fachada del teatro, puro art déco de 1930.

Lo comparaban con El Tropicana de La Habana cuando sus propietarios decidieron presentar revistas con inmensas vedettes muy desvestidas por las partes bajas yacosadas por un plumerío insoportable en los pisos altos. Chelo fue una de las grandes estrellas de ese espectáculo después de Josephine Baker, de la que dicen que bailó con Hemingway, en el Ritz, nada menos que desnuda bajo un abrigo de pieles en cuyo interior el norteamericano se había refugiado, seguramente para olerla mejor. Ya saben,como el cuento de Caperucita Roja. Otra enorme devoradora de hombres, millonarios claro porque la verdad es que los pobres tienen un indecente déficit de sexy, Mistenguet, también lanzó su vocecilla de vicetiple acatarradaen aquel escenario. Y pretenden que hasta Charlie Chaplin hizo allí sus pinitos, aunque supongo que sin plumas y decentemente vestido. Porque, qué quieren que les diga, por razones que sólo Sigmund Freud comprendería tal vez, ese hombre que hacía reír a todo el mundo siempre me ha producido la más desesperante tristeza. Pero, ¿dónde anda Chelo Alonso? Ay, mi Chelo, clavelito de alelí, el jazmín más bonito que jamás olí. (En mi terraza de este pueblo donde acaba la Europa de los 40 de

Alí Babá, donde ya he renunciado al descafeinado con leche, tengo una maravillosa planta de jazmín que alimento con fondos de güisqui con cine. Cada vez que me llevo una de sus flores a la boca, la recuerdo a ella, recuerdo subeso salvador.).Mi vida habría podido cambiar aquella noche en una reunión a la que su hermano Tony me había invitado en el precioso apartamento que Chelo ocupaba en la rue Balzac, uno de los más bellos afluentes de los Campos Elíseos,que entonces eran más luminosos. Los invitados estaban en el salón sumido en una oscuridad cabaretera de pañue67 los de seda carísimos de la muerte encima de las lámparas.

Pero en lugar de los esmóquines de rigor me encontré con trajes extravagantes de mil colorines y maquillajes de espántame niño que viene la abuela. Horreur, aquello era un coloquio de locas chochas. Doce bocas pintarrajeadas ycodiciosas, algunas de las cuales me dijeron, para más glamour, que pertenecían al cuerpo diplomático latinoamericano en París, se abrieron de deseo cuando yo entré en el salón como el primer cristiano arrojado a las leonas.Pese a mi inocencia comprendí que aquellas cosas queríanapoderarse de mi intimidad más íntima. Y me disponía a resistir a lo Álamo, como Tarzán frente a la mujer leopardo, como Johnny Weismuller en la versión del 46.Entonces una mano perfumada hasta las uñas me agarró,sentí un beso, el beso, y me sacó de aquel aquelarre. Era ella, Chelo.

Reales o soñados, qué más da, lo principal es la ilusión y todavía más el recuerdo de la ilusión, nunca he olvidado aquellos labios. Y fíjense que hasta ese momento la beatacontemplación de El beso de Rodin sacaba coloretes en micarita de santo…Es una calle de Málaga, verano del 2007, pero podría ser Roma o La Habana. La mujer navega en esa juventud que sólo determina la felicidad. En los ojos del hombre seretrata el hastío de sanseacabó. Ella se le acerca por sorpresa,casi corriendo y le estampa dos estruendosos besos en las mejillas. Luego se abraza a él empinadamente y como si fuera el último día de su existencia. Parece la escena crucial de La Bonne Année, de Claude Lelouch. Losojos de la mujer brillan de contento. Los de él empiezan aencenderse una vez pasada la sorpresa. El abrazo se convierte en un vals sin música. Muchas noches sueño con esa escena de Lellouch, en ese beso de la esperanza. Nunca lo he bailado. O puede que lo haya olvidado.La otra noche – ¿saben que a los locos la noche nos devuelvela vida? – oí a una de las más bellísimas tonadilleras de la canción española, Silvia Pantoja. La amo en el silencio del agradecimiento porque cada vez que la veo me recuerda que la vida puede existir todavía. Y no les digo nada cuando canta: “Quiero darte todo lo que tengo en un beso…” Dicen que Gabriel García Márquez aseguró en alguna ocasión:“…lamentarás el día que noto mas te tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso…”. Yel hombre sabía un montón de esas cosas del amor, al que hizo chillar como una gata.

 




Ay, Prozac de mi alma

Sergio Berrocal

Quizá es que son demasiadas cosas que se juntan y te provocan un cortocircuito en la cabeza o en los alrededores. La pandemia mata sin piedad en España, un país donde parte de las autoridades se la toman realmente a cachondeo y son incapaces de prohibir cualquier juerga que ayude a los coronavirus a actuar y nos maten más rápidamente. No se olvide que España está dividida en 17 regiones cada una de las cuales es gobernada a su manera, según quienes mandan en ella. Cada día se suicidan 11 personas en España. En total, sin contar estos muertos, y oficialmente, el país cuenta algo más de 47 millones de habitantes.

Se muere la gente, gente que tú conociste aunque hubiese sido solo como periodista. Sidney Poitier acaba de marcharse . Le conocí en un viaje de cine a La Habana, cuando en Cuba se hablaba de cine y no de colas monstruosas y repelentes para comprar algo de comer, cuando en La Habana había apagones pero quizá un poquito más de esperanza que ahora. Yo que sé. Qué bien me vendría ahora mismo un Prozac. Un Prozac de lo mismo, porque sigue existiendo en las farmacias, oeri ¿quién te dice que tiene las mismas virtudes? Porque finalmente los ansiolíticos dependen mucho de que creas en ellos. Es como la religión.

En Los años setenta era un medicamento formidable contra los males del alma, tan bueno, tan fabuloso que en 1998 unos laboratorios poderosísimos, como no tendría idea ni Al Capone, compró la patente de la que llamaban oficialmente la Pastilla de la Felicidad.  Y el Prozac como le conocíamos quedó diluido en la penumbra. No nos hacía alucinar ni pajoterías de esas. Nos ayudaba a vivir en un mundo que era ya complicado pero que nada tenía que ver con el horror que conocemos en este comienzo de 2021.

Todos los que pensábamos tomábamos ese formidable tranquilizante llamado Prozac porque ayudaba a que tus pensamientos no se volvieran reventones y rompieses las estadísticas de suicidios, como por lo visto está ocurriendo ahora, por lo menos en España aunque imagino que también en el resto del mundo. Pero como vivimos en país de potentados que lo dirigen y lo manejan y lo interpretan todo, se ocultan seguramente algunas muertes de la desesperación.

Mucha gente opina que a los que toman decisiones hoy en día, en la pandemia más catastrófica que hemos conocido, es decir los políticos, les vendría también muy bien tener a su disposición dosis de Prozac del nuestro para pensar.

Porque hoy lo que nos dan como tranquilizantes basta solo para que todos los días se suiciden en España 11 personas, que probablemente son muchas más ya que es sabido que la mentira piadosa es la mejor manera de politiquear un gobierno y de evitar más pánico entre el público en general, que ya ve coronavirus, el bichito que nos mandaron hace ya casi dos años los chinos, por todas partes.

Me recuerda un compañero, Marcelo, y dejémoslo ahí, que en Ibiza donde ejercía en aquellos momentos de periodista hipi reemplazaban el Prozac por unas hierbas, como toda la vida han hecho los monjes de todas las religiones en Asia, en Africa, América Latina y en el resto del mundo.

Ya no hay ni hipis, hay tontos del bote, asesinos, malhechores sin causa y todo lo que ustedes quieran pero de ahí no pasa.Porque en los años setenta la gente pensaba, estudiaba, se rompía la cabeza, e incluso escribía y sobre todo periodistas honrados que contaban verdades como puños que saltaban a los periódicos sin que se ocultara nada. Watergate, el escándalo que costó la vida política a Nixon, fue por aquellos entonces si mi cabeza sin Prozac sigue funcionando.

Toda aquella gente que en París buscábamos la verdad de nuestras vidas, un porvenir agradable al que agarrarnos éramos en gran parte intelectuales que nos llamábamos periodistas y alguno hasta escritores. Muchos nombres de entonces quedaron en las lápidas del recuerdo. Hoy ya nadie recuerda a nadie nada más que a gobiernos así así, gobernantes así así, políticos así así. Evito la palabra corrupto porque abundan los herederos del senador norteamericano McCarthy, que te consideran comunista cuando dices algo que no les gusta.

McCarthy persiguió en los años cincuenta a grandes directores y actores de cine de Hollywood porque los consideraba comunistas. Algunos tuvieron que poner el océano por medio.

Pero nosotros teníamos el Prozac. Yo fui de esa quinta y no me ha quedado ninguna señal de drogadicto, loco de remate o sinvergüenza de la existencia. Éramos gente que quería labrarse un porvenir dentro de la honradez que permitían individuos como el feo de Richard Nixon. Habíamos pasado por aquella farsa monumental que fue Mayo del 68 y que no dejó recuerdos buenos, los míos de entonces son amargos y huelen a la gasolina belga con la que llenábamos los tanques de nuestros coches, porque París estaba cerrado. Ni bancos, ni tiendas donde comprar las patatas que también buscábamos en la frontera con Bélgica. Pero teníamos la voz del gran general Charles de Gaulle, que ponía firme a cualquiera y que quizá evitó, con su solo verbo, que aquellas pillerías de estudiantes ricos y obreros a la extrema del extremo provocasen daños serios en una sociedad que funcionaba suficientemente bien. Ya la querríamos para nosotros ahora, cuando los políticos solo aprenden a mentir.

Incluso a estos majaretas, el Prozac les hubiese hecho mucho bien. Hasta puede que les hubiese vuelto medio honrados.




En nombre de mi padre

 

Sergio Berrocal

En los países católicos, las iglesias están siempre llenas de vírgenes atildadas con un máximo de elegancia parroquial y sobre todo lujo. Les salen las más costosas joyas por todas partes, sus mantos son cosidos con oro y plata por especialistas que a veces tardan más de un año en terminar uno solo y sencillito. En la Iglesia Católica Apostólica reina la Virgen, que toma mil nombres según las cofradías a las que pertenecen, pueblos y otras particularidades. Jesús, el pobrecito mío, el inventor de la Iglesia cristiana, la primera que tuvo mártires y por la que Él dio la vida., está en las iglesias pero salvo raras ocasiones en rincones, o crucificado al lado de una virgen monumental, muy lujosamente vestida, cuyo armario de ropa no se podría permitir confeccionar ni el modisto más caro, porque los detalles de fabricación obedecen a técnicas casi sagradas.

Y Jesús, pues eso, esperando a que vengan a pedirle un milagro pero casi siempre clavado en la cruz para que no haya dudas de quien manda en la casa de la iglesia. Esta presencia obsesiva de la virgen, amparando al hijo, Jesús, me hace pensar que en la vida de todos los días, la presencia primordial es la Mujer, sea virgen o no. Ella pare a los niños y los cría. Y el niño, pongamos Jesús, se deja criar. Y cuando hablas con la gente es muy penoso constatar que la figura de proa de la casa, de la familia, es Ella, la Madre, y ya no solamente en civilizaciones particular, como Italia donde la mama es sagrada, y el padre… Bueno, como Jesús. La conclusión es bastante simple y me desconcierta. La mayoría de los hijos prefieren a sus madres. Yo soy una excepción, siempre he adorado a mi padre aunque mis relaciones con él hasta mis ocho años fueron muy dudosas. Cuando yo acababa de cumplir ocho años, el Coronel Antonio Escartín se largó y me dejó con mi madre, y sin siquiera reconocerme como hijo.

Este abandono debería de habérmelo hecho odiar pero, sin embargo, lo convirtió en mi héroe. Aunque es cierto que como militar, murió con las estrellas de coronel, fue todo lo que se llama un héroe. A él le tocaron las guerras del Rif, en Marruecos, las más cruentas que se conocían hasta entonces. Era por los años veinte del siglo pasado. Se portó como un personaje de película, porque además era guapo,–entonces ese tipo de militar abundaba—y se convirtió en una de las personas más influyentes de la corte de Francisco Franco, quien había ganado la guerra civil española (1936-1939) y se había proclamado emperador sin corona de España. Así hasta que falleció de muerte natural en 1975. Reinó nada menos que cuarenta años sin que nadie le tosiera en serio.

Entretanto, mi padre el Coronel, del que yo no tenía razón, hacía su carrera en los Estados Mayores, hasta que nos enteramos que andaba metido en los servicios secretos, del que Franco le nombró jefe por un tiempo. Porque en estos de los espías las cosas iban muy rápido por lo visto. Amaba tanto a mi padre que incluso le dediqué un libro, “Calle Falange Española”, lo cual me valió bastantes críticas porque un tipo que te deja tirado y tú vas y escribes un libro a su gloria.. Hay que estar un poco majara, ya lo sé. Pero supongo que algo tendrá también que ver el amor puro, el mismo que los discípulos tenían por Jesús, hasta el extremo de exponer sus vidas por él. Menos el Judas aquel, que supongo que era el contrapeso del amor divino.

Estoy escribiendo medio en serio y medio en broma. Porque me tiemblan las yemas de los dedos. Pero es un homenaje más y supongo que a él le debe de hacer sonreír mi infantilismo allí donde esté, pero en el mejor de los lugares del Paraíso, porque a un coronel de su valía no van a ponerlo en cualquier sitio. El otro día leí una historia de espías en el diario El París, y se me abrieron las carnes cuando llegué a un episodio en el que el entonces comandante Escartín (mi padre) era reemplazado al mando de los servicios secretos de Franco por otro militar de alto rango. Entonces pensé que había tenido un padre de campeonato. Imagínense que con el grado de Comandante ya había sido jefe de los servicios de espionaje, que en aquellos tiempos eran de película, quiero decir a lo James Bond u otros parecidos, con misiones ultrasecretas y ultramortales y todo. Y desde que dejó esos servicios tan especiales con el grado de Comandante, Dios sabe lo que haría para conseguir llegar al grado de Coronel, cuyo último uniforme, con sus bonitas estrellas en relieve anduvo por mi casa hasta no hace mucho tiempo.

Te quiero, papá, allá donde estés. Y espero que cuando dentro de poco yo también tenga una esquela mortuoria, aunque ahora eso se lleva poco, me acogerás a tu lado. Y tal vez incluso me puedas recompensar todos aquellos años en que estuvimos separados.




Una muerte, una carretera

Sergio Berrocal

(ATENCION A LOS LECTORES. ME HAN PROHIBIDO DE ESCRITURA EN FACE BOOK. PUEDEN PONERSE EN ONTACTO CONMIGO POR ESTA VIA. GRACIAS.)

Para millones de personas, las santas fiestas navideñas son una tortura china que este año se ha vuelto más imperial con la amenaza y muerte provocada por virus enviados por los Chinos de la China capitalista con acentos comunistas que quiere doblegar a Estados Unidos y ser los amos del mundo, aunque tengan los ojos rasgados y puedan confundirse con muñecas de ballet imperial.

Navidad es siniestra cuando no tienes nada que celebrar y mucho que lamentar. No recuerdo cuál fue la última Navidad que pasé con ella, una mocita de película de cuando Hollywood no estaba dominada por las espantosas feministas, más terribles que el coronavirus que roe vidas sin parar.

En el fondo me alegro que ella ya no esté para celebrar el Belén y lo que Jesús nos dejó, aunque hubiese debido tener más cuidado con su flanco oriental, donde no quieren religiones ni blancos, solo poder.

La última copa de champán en tiempos de paz me la sirvió ella, en un acto familiar. Era la estrella, sonreía como solo las grandes estrellas de cine lo han hecho siempre, para conquistarte. Nos amábamos, nadie lo dudaba, todo el mundo lo sabía, pero ella quería ser fotógrafa, correr por el mundo y yo, como periodista que ya había trotado un rato, le dije que no.

El hijo de Errol Flynn, al que conocí en una piscina de París, había decidido romper con el recuerdo de un padre, Errol Flynn, demasiado célebre, demasiado mujeriego, demasiado todo para un hijo. Y Sean, el hijo se había marchado tres semanas antes a Vietnam en guerra como reportero gráfico. Tenía gran talento para el cine, ya lo había demostrado, pero también para darle vida a una máquina de fotografía.

Tomábamos la segunda, tercera o Dios sabe, copa de champán que ella también me había servido con ojos enormes negros de conquistadora de película de Cesáreo González y sonó el teléfono. Me lo pasaron. Un compañero de la Agencia France Presse me daba la noticia por si quería escribir algo. Sean Flynn, el hijo del otro, acababa de ser encontrado, en fin lo que quedaba, en una carretera de Camboya donde una bomba enterrada le había mandado a Jesús sabe qué diablo de paraíso o que casino de infierno.

No dije una palabra y me tomé la otra copa que ella me sirvió, aunque me carraspeaba la garganta.

No dije una palabra de la llamada. Al día siguiente todo el mundo lo sabría. El padre, Errol Flynn, tendría más suerte. Moriría, a los 50 años, mientras se bañaba en aguas dulces y cálidas en algún lugar del mundo junto a una ninfa que le había conquistado probablemente esperando que le daría algún papelito en alguna película, pese a que su esposa, Patricia Wymore, bella e interesante como pocas estrellas, le esperaba a bordo de su yate en algún lugar del mundo, creo que en Tánger, donde yo la conocí.

Tome mi quinta copa con los mismos ojos y los mismos labios conquistadores de quien los escanciaba para no pensar.

Dos días después, la muchacha que me llenaba la copa llegó a la conclusión de que no podría jugarse la vida en una carretera de Vietnam—la muerte de Sean le había impresionado más de lo que yo creía—y se dedicó a la foto artística. Tenía el mejor gusto del mundo. Y ella misma era su mejor modelo.

Se echó un novio joyero y un domingo por la mañana, a la hora en que el sol entra en París por las ventanas de los más afortunados, el coche en que viajaban se estrelló. Murió solo ella. El tonto del conductor tuvo unas heriditas para tiritas de segunda mano.

Entonces yo provoqué una investigación de la Gendarmería del lugar, porque en aquellos tiempos era un tipo importante, con amigos importantes, como aquel de la aviación comercial, que podía con todos usando su aparente humildes pero gran sabiduría en lo que hacía. No había sido la culpa del conductor. Ella, MI HIJA, había sido víctima del coup de lapin, traduzcan si pueden.

Desde ese día odio el champán y hasta el cava. Que Dios me perdone por no haber estrangulado al joyero antes de que se pusiera al volante.




El amor de Benedetti

Sergio Berrocal 

“Más que besarla, más que acostarnos juntos; más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor”. Dicen que lo dijo Benedetti, escritor uruguayo, poeta de cualquier parte, hombre de hablar pausado que pasó la vida de un lado para otro porque en su país, Uruguay, había habido un golpe de estado, y eso es algo con lo que los militares no bromean. Los militares tienen por fea costumbre apartar de sus vidas, de sus entornos, a todo aquel que haya osado alguna vez ejercer de escribidor. Odian los militares la palabra porque saben que va más lejos, dura más, y perfora más que una de sus balas.

Ahí quedó temblando el ejemplo de Federico García Lorca, poeta andaluz, amante del amor, que de mucho amar y de mucho decirlo, porque además era homosexual, duerme rodeado de los demonios de otros asesinados en una cuneta de no se sabe dónde y casi ni cuándo. En España, los legionarios, esos soldados metidos al oficio en todos los tiempos porque huían de la justicia, de la gente o de ellos mismos, sienten un especial reconocimiento por un Cristo de Andalucía y de pronto olvidan las pistolas, los fusiles, el poder del más fuerte, y en una procesión de Semana Santa alzan sus voces en la noche negra: “Soy el novio de la muerte…” Y el Cristo, tumbado, como borracho, en manos de unos amigos de borrachera, se deja mecer sin rechistar, con la cruz y todo. Momentos que nadie recuerda sin que le tiemble la espoleta de la emoción.

Imagino a Mario Benedetti al lado del Cristo, con las farolas de las calles apagadas y el silencio de todas las verdades apenas roto por el rastrear de las botas en el asfalto: “Más que besarla, más que acostarnos juntos; más que ninguna cosa ella me daba la mano y eso era el amor”. En tiempos carnívoros, que lo han sido todos desde que se inventaron al hombre y a la mujer, el amor ha sido elemento esencial de nuestras vidas. El amor que permitía procrear, edicto de la Santa Iglesia Católica, el amor que permitía llorar menos cuando las penas te atiborraban y llegabas a creer que todo se había acabado.

No hay Rita Hayworth, con sus carnes hechas pecado, emoción y orgullo de la femineidad capaz de igualar en potencia sexual a las palabrillas del poeta de Montevideo. Por mucho que se desmelene, que se quite el guante negro como el destino, que abofetee al Glenn Ford transformado en macaco de una mujer, la bella nunca alcanzará la intensidad de esas palabras tan conservadoras: Con solo besarla, con solo darle la mano, sin necesidad de yacer en una misma cama, sin necesidad de más que eso, Benedetti le hacía el amor a su dama. Supongo que es aquella que fue su esposa y de la que decía que él creía en Dios cuando contemplaba la belleza de sus piernas.

El Benedetti de las luchas políticas y armadas. Porque hubo muchos años en que en Uruguay, que luego llamarían la Suiza de América, el lugar más tranquilo del mundo, con playas de las que se apoderan sus vecinos argentinos, reinó el horror, el terror, el pánico, la guerra, una guerra urbana y sucia pero no menos atroz. Militares que querían imponer un régimen, el que siempre imponen, el de la violencia y el del horror, contra civiles, muchos de ellos intelectuales, que querían dar el alto a aquel estado de desorden que duró de 1973 a 1985. Muchos años de sufrimiento para un pequeño país que a la guerra siempre prefirió la paz de las playas, la voz de Carlos Gardel que probablemente era uruguayo, el tango que arrasa en los ojos que ya no pueden ver y en el bife de aquel boliche perdido en una callejuela.

La dictadura entró y los que no la querían se levantaron, y nació el movimiento guerrillero Tupamaro. Dolor, sangre y muerte. Benedetti estaba entre los intelectuales que no concebían una vida bajo la bota de militares, fuera los que fueran. Y resistieron, y hubo cárcel, exilio, horror. Benedetti sabía, por algo era poeta, que el amor, solo el amor puede mantener al hombre al margen de la enajenación. Y durante todos esos años se mantuvo, como muchos compañeros suyos, con la esperanza puesta en el amor

Si el sol no calentara,
si la luna no existiera,
entonces, no tendría
sentido vivir en esta tierra
como tampoco tendría sentido
vivir sin mi vida,
la mujer de mis sueños,
la que me da la alegría…

Pero en medio de las torturas, de las muertes, el amor, lo único que redime al hombre, seguía existiendo, a escondidas, en cartas apenas leídas, en encuentros furtivos. Pero era difícil llegar a la realización carnal en una ciudad tan chiquita y con tanto milico, como se llamaban a los militares. Y entonces, imagino, no le conocí, que una noche de desesperación de amor optó por el amor más casto, más puro, más duro, más enajenante en una época en la que todo estaba permitido. Renunciaba a las caricias, a los achuchones en un portal, pero los militares, guardianes de la santa moral vigilaban, y el poeta conformaba a su bella de que el amor podía ser algo más, algo más elevado:

Más que besarla, más que acostarnos juntos
Más que ninguna otra cosa,
Ella le daba la mano y eso era el amor.




Ficción familiar europea contra violencia yanqui

Ahora resulta que los alemanes y los austriacos, que aparte Romy Schneider y otras cositas no habían contribuido hasta ahora grandemente a la causa del divertimento cinematográfico, se van a convertir en indispensables para ese montón de millones de espectadores que están hartos de la violencia de Hollywood y de las porquerías programadas por gente que quiere hacer cine sin saber desde unas llamadas «plataformas».

En España, y se supone que en otros rincones de Europa también, ha aparecido desde hace pocos meses una serie adorable, la vida de un médico, «Doctor en los Alpes / Der Bergdoctor», El médico de los Alpes como le llamamos sus seguidores, que es una alegría contra la morosidad que ha instaurado el bicho chino coronavirus maldito.

En esta teleserie, el actor Haus Sigl, un hombretón de montaña, con el bronceado característico de los Alpes, encarna a un doctor milagroso, Martin Gruber, que llevado y traído por su formidable Mercedes sin fallos coronarios recorre pueblos y pueblos, diagnostica, examina en lo más profundos de los ojos, opera, cura… Un prodigio que ni Heidi.

Claro, digamos antes de nada, que este médico fabuloso ha pasado un año estudiando en un hospital en Nueva York y por lo visto allí aprendió toda su magia. Yo siempre he querido estudiar en Nueva York, ya se lo decía yo a mi padre el coronel, pero me lo negó porque afirmaba que allí todos eran color caramelo.

Además de tener una consulta volante en su automóvil que arranca siempre, ni una vez falla, a la primera, lleva una sana vida de hombre enamorado de la luna y el sol, además de las más bellas hembras. Pero todo, oiga, en la más estricta decencia. Tiene una hija a medias con su hermano. Bueno, es que los dos frecuentaban en el lecho profundo del heno a la misma muchacha y cuando ella se quedó embarazada decidieron no hacer más averiguaciones. Tienes dos padres, le dijeron a la chiquilla, y ella, con su alma germana y obediente, aceptó sin rechistar.

Y además de su vida sana en el profundo lecho de una noche en los Alpes, forma parte de la brigada de socorristas de alta montaña, con lo cual, pese a sus kilos, se balancea en una cuerda desde el helicóptero amarillo salvavidas.

No se olviden. Cuando se hayan perdido en los Alpes, lo que es probable que les ocurra en sus próximas vacaciones: miren siempre al cielo. Y cuando vean aparecer el helicóptero amarillo no canten estúpidamente el submarino amarillo porque no son los Beatles los que vienen a socorrerle sino el Dr Gruber y sus muchachos.

Desde Heidi no había visto ninguna producción llegada de Austria y Alemania, que parecen países más dados a otras industrias aunque tienen logros cinematográficos y sobre todo televisivos de muy buena factura.

El que cuenta las aventuras del Dr Gruber es francamente agradable.

Creo que los espectadores del más allá de los Alpes quedarán estupefactos de ver la medicina que al parecer se practican en esas montañas, donde a dos pasos tienen un hospital de primera mundial y donde se cura sin que nadie hable de dinero. Supongo que poseen una Seguridad Social de lujo que el resto de los europeos desconocemos.

Es una alegría ver como Gruber, sobre todo cuando se quita las gafillas de sol que le dan una pinta un poco canallesca, establece diagnósticos, cura, opera, y todavía tiene tiempo para echarle una mano a su vieja madre, que no está nada mal, en la granja familiar.

Eso sí, es demasiado eficaz para mi gusto.

Francamente, en mi próxima escalada por los Alpes no pienso llamarlo. Iré a Suiza a curarme. Y es que Gruber, que pasó un año aprendiendo en Nueva York, no lo olviden, lo cual le da un prestigio y una destreza de campeonato, es demasiado. Como aquel Mago Merlin, como Tarzán en la selva o algo parecido.

Por nada del mundo iría yo a su consulta, una cabaña de adorables troncos con una secretaria que parece siempre dispuesta a hacer un favor al enfermo.

Es que verán. A Gruber le basta con mirar y quizá palpar un arañazo que te has hecho en la puerta de la cocina para que en seguida saque de un bolsillo de su chaquetón un minúsculo aparatito para sacar sangre, que en menos de lo que piensas ha aterrizado en el hospital de todos los milagros.

Y no me gustaría que después de haber examinado mis leucocitos me dijera como quien no quiere la cosa que tengo un tumor sin importancia en la base del cráneo, por donde transitan las ideas precisamente, y que será una operación de nada.

Y si uno no se anda con rapidez, le soluciona el tumor y cuando apenas se ha despertado de la anestesia le encaja la verdadera causa del arañazo: una enfermedad de la sangre (¿Cuándo estuvo usted en África? Yo nunca, doctor) de la que se curará si Dios y la calidad del aire de los Alpes quieren.

Me encanta la serie, para verla en el frio ambiente que ha establecido el coronavirus en todos nuestros corazones, pero no para enfrentarme al bello y amoroso Dr.Gruber.

Prefiero tener que vérmelas con Frankestein. Me da menos miedo. Pero el hecho es que Gruber está teniendo un bonito éxito, sobre todo para los que estamos hasta el gorro de los telefilmes norteamericanos que en nombre del orden y de la ciencia-justicia nos hacen polvo la vida con una violencia dantesca. Qué lejos de aquel Gary Cooper que con un revólver y seis balas restablecía el orden y el amor.