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The green door

Marcelo Aparicio 

Algunas veces, muy esperadas, la puerta verde quedaba abierta día y noche, hasta la madrugada y más. Era en ocasión de alguna fiesta-asado o asado-fiesta, lo mismo da. Se llenaba la casa, se llenaba el jardín, se llenaba la piscina, se llenaba de vida la cocina, motor esencial de las fiestas. Venían de todas partes de la isla, gentes de todas partes del mundo. Era como volver a mezclar las cartas después de una larga jugada. Venían las reinas de copas, vestidas con la elegancia del «laisser faire»; venían los reyes de bastos luciendo camisas informales pero elegidas para la ocasión; se sumaban en este juego polifacético los alfiles y las torres; los peones y las parejas de reyes; blancas y negras; había damas que se movían mejor que en el tablero del juego.

Al compás de una música también variopinta, como si de un DJ imaginario con muchas manos y miles de sentidos se tratara; se pasaba del flamenco a la percusión, del bolero a los pegajosos solistas franceses o italianos; algún tango era permitido hasta que los europeos reaccionaban y alguna vez osó una chacarera hacerse presente entre las palmeras, las jaimas y las sillas hamacas distribuídas por un frondoso jardin natural y agreste, perfumado y brillante, salpicado de notables piedras esculpidas con amor y pasión hasta dejarlas esculturales.

En el ambiente que olía a Dama de la noche, todo eran bromas, alegrías, promesas y sueños. Los visitantes se saludaban con el afecto de quienes no se encuentran hace mucho y sin embargo pudieron verse hace dos días comprando vitualla cara y buena en Quefa; o saldando la compra en el SYP o tomando cerveza en el Hostal o pan con tomate en Montesol.

Pero volver a encontrarse entre la piscina y la parrilla era otra cosa. Agua y fuego en medio de una pasión latente, pero contenida. El humo prometedor de la parrilla se confundía con los perfumes franceses e italianos. La noche se iba acercando y los ojos brillaban con mayor intesidad y podía leerse en algunos cierta lascivia amistosa.  Los dientes y las bocas reventaban de reir y las baldosas se gastaban de tanto ir y venir.

Eran como tules interminables que iban y venían, desafiando la leve brisa y sacudiendo perfumes ; escondiendo muy poco hermosos pechos o brillantes sobacos. Las pieles tenían la huella del sol generoso, ocioso. Ese sol que impregna las pieles para decir aquí estuve sin nada qué hacer ni qué pensar. Se abrían botellas y botellas. Blancos, rosados y tintos.

Grandes e improvisadas cubiteras escondían vinos jóvenes y champagne o cava. Alguna cocacola hacía su antipática presencia porque nunca falta alguien que la pida. Tampoco faltaban religiosos de lo vegetariano, en peligroso número creciente.  La música clásica hacía su irrupción cuando el sol empezaba a insinuarse y los sentidos disfrutaban del alcohol, que seguía evaporando risas y charlas íntimas.

No faltaban porros, de maría, claro. En las primeras fiestas siempre había una pareja que se formaba entre humos y sonrisas. Ultimamente, la mezcla de cartas era ficticia. «Les jeux sont fait», gritaba un imaginario croupier-cupido. No cabían las sorpresas a medida que nos ibamos haciendo viejos, bajo la atenta vigilancia de la puerta verde que no se cerraba por muchas horas. Por ella se pasaba, se entraba, se salía, se lamentaba, se reía o se fantaseaba. A  la casa grande y señorial se entraba por una pequeña puerta de madera verde, como la esperanza. Y esos días de fiesta la esperanza llenaba de puertas verdes abiertas por doquier. El despertar era otra cosa y la puerta se cerraba pero sin dejar de ser el medio imprescindible para volver a entrar al paraíso.




Hace 54 años moría mi padre

Marcelo Aparicio | Sergio Berrocal Jr.

Reconozco que poco puede interesar a los ocasionales lectores. Les pido disculpas. Pero quiero recordarlo y así homenajearlo como nunca lo hice, con la herramienta que me enseñó, la escritura no era escribano (notario), sino periodista, como su padre, su abuelo, sus hermanos, sus hermanas, sus hijos y sus hijas. Se murió mientras mi hermana Bibi y yo intententabamos activarle el corazón, como otras muchas veces tocó hacerlo en más de diez infartos. Yo con uniforme de soldado… escapado de una guardia y perseguido y amenazado por un sargento que no atinó, por suerte, a disparar ante mi desobediencia frente al taxi donde me esperaba mi hermana Stella con la noticia de la urgencia.

Se murió no siendo yo periodista aún y enterado de que no quería seguir la senda de la familia porque estudiaba ciencias económicas y arquitectura porque pensaba que finalmente me decidiría por alguna. La muerte de mi adre me llevó a continuar con su pequeña agencia de noticias comentadas en sesudos editoriales que aprovechaban unos 150 diarios de ese enorme país. Siempre anónimos “porque el buen periodista debe aparecer lo menos posible. No es el protagonista, si, en cambio, la noticia”, decía.

Era un hombre moderno para su época por su gran visión y cultura. Para los de hoy sería un anticuado, por los valores que inculcaba y defendía, por sus recomendaciones y consejos. Puedo decir que, gracias a la edad que me tocó disfrutarlo (yo era el menor y menorisimo de la familia) y con mi hermana más próxima vivimos pegados a él durante la edad de la sabiduría suya y de la inocencia y curiosidad nuestra.

Un día volví alterado de la calle. Tendría unos 13 años. Venía de clase de dactilografía (exigencia suya para poder escribir mientras las noticias las escuchaba de un entrevistado o de la radio, decía) y me disponía a ir a un entrenamiento semanal de rugby. ¡¡¡papá, papá, hubo un incendio en la fábrica de galletitas de la calle Callao (cerca de casa). Hay un olor, la gente está agolpándose, bla, bla bla, contado con excitación y desorden típico de un adolescente. “no me diga más”, me dijo. Tomó una tablilla que siempre tenía pronta con papel para tomar notas y me añade “no me lo cuente, me lo escriba, por favor”. Cuando no iba de tuteo, mejor no discutir. Rezongué porque llegaría tarde y me dijo algo de las prioridades, que ahora entiendo. Escribí rápido lo que había visto y se lo di. Leyó en silencio y yo veía que corregía mucho. Después lo vemos, intenté yo, recibiendo una negativa por respuesta-

“Los incendios son todos diferentes, pero hay un modismo imposible de escapar que se confunden con lugares comunes”, me dijo habiéndome explicado en otras ocasiones el tema de los lugares comunes por evitar.  Todo incendio es “voraz”. Así hay que describirlo salvo que no sea gran cosa. “las llamaradas competían con el humo para llegar lo más alto posible y así da una imagen que se adelante a la fotografía. Los sinónimos son “un siniestro”, “el voraz castigo”, “la espesa humareda”, el “intenso olor persistente”, que “podía olerse a varios centenares de metros del siniestro”, etc, etc. “Con estos datos puede describir un incendio a lo lejos para no nublarse la vista ni correr riesgos”.

La verdad que luego, en mi vida periodística , usé muchos de sus consejos. En el diario La Nacion, donde había trabajado casi toda las familia y que mi abuelo sentaba en una fotografía junto a Bartolome Mitre el día de su fundación, dejé de ser “aspirante”, una noche que no había reporteros y debí debutar con un incendio. Fue un voraz incendio en un barce que al final descubrí y publiqué que se trataba de un puti club naútico. Con lo cual  tuve ingredientes accesorios que me divertí escribiendo pensando en don Marcelino cuando tuve que relatar como saltaban las mujeres de la noche por la borda y eran recogidas en botes salvavidas.

Hace 54 años murió don Marcelino Alejandro Aparicio con más de diez años menos de los que tengo hoy.




Un libro para pensar II

Por Marcelo Aparicio

Pocas veces, casi nunca, me ha tocado la difícil prueba o desafío, de comentar un libro escrito por un amigo o amiga. Esta vez se trata de “La muerte de una hija”, obra escrita por el periodista internacional y escritor prolífico, Sergio Berrocal, en colaboración con su hijo Tony Berrocal Jr.  Y digo “obra” para sintetizar la presentación. Porque a mi juicio es un “j’accuse” , simulado en una guerra sin fin de sentimientos, entre la pena y la culpa, entre el error y el acierto. El amigo y ex jefe mío durante mi larga militancia en la Agence France Presse (AFP), una de las dos grandes agencias de prensa del mundo, ha e más profunda la herida –ya relatada en su “Ojos verdes”, producida por la experiencia más dura a la que se somete un ser humano, la muerte de un vástago, en este caso su hija. En este caso de la hermosa adolescente Corinne, muerta al estrellarse contra un muro el coche conducido por su pareja.

Este drama, que aún anida en el corazón y organismo del amigo Berrocal, a pesar de los años, se ve contada entre unos relatos axertdos de su vida y su profesión periodística, donde el lector puede encontrarse aliviado por la ironía, el humor y lo interesante de las anécdotas. Es la parte más agradecida de la lectura. Se dice que el alimento principal de esa bestia que puede ser un periodista, es la curiosidad. Pero si le echa a ese alimento el condimento de la ironía inteligente, estamos ante un cocktail imposible de desperdiciar.

A lo largo de la novela se va informando el lector de la personalidad y juicio del autor. Y se disfruta, a pesar de que poco a poco se ve aproximándose al desenlace final que da título al libro. Los lectores que no conocen al autor, se aliarán con él en su sentimiento y dolor. Pero quienes conocemos al personaje, quienes sabemos que se trata de no una buena persona solamente sino de una persona buena, atravesado por mil dagas en el ejercicio de su profesión, puesto a prueba, primero por la muerte de su esposa y luego de su hija, podemos alejarnos del lector corriente. Y se hace una lectura diferente. En mi caso, que he comprobado todas esas facetas al ser humano que es Sergio Berrocal, me podría haber salteado el epílogo. Un castigo a mi juicio injustificado (¿por exagerado?) del autor, haciéndose casi cómplice de la muerte de su ser más querido. Un castigo tan innecesario como injusto. Característica quizás de la buena persona que es, muchas veces castigadas por serlo.

Un libro es un libro podrá pensar alguien que lee estas líneas. Pero un libro de estas características de agradecer –incluído el prólogo que personalmente censuro—es una prueba de todas las bondades que pueden leerse palabra por palabra cuando hay coherencia y amor de por medio.

Hay que leer, pero sobre todo agradecer, a Sergio Berrocal. Hay que aprender y aprehender de lo que transmite. Hay que felicitarlo por el esfuerzo de desnudar sus sentimientos y culpas y quizás asi logremos que se saque de encima esa mochila cargada de culpas, ajenas e injustificadas.

Y así, el libro, este libro, dejará de “ser un libro”.

 (Editorial Círculo rojo).




Un libro para pensar

Marcelo Aparicio |

Pocas veces, casi nunca, me ha tocado la difícil prueba o desafío, de comentar un libro escrito por un amigo o amiga. Esta vez se trata de “La muerte de una hija”, obra escrita por el periodista internacional y escritor prolífico, Sergio Berrocal. Y digo “obra” para sintetizar la presentación. Porque a mi juicio es un “j’accuse” , simulado en una guerra sin fin de sentimientos, entre la pena y la culpa, entre el error y el acierto. El amigo y ex jefe mío durante mi larga militancia en la Agence France Presse (AFP), una de las dos grandes afen ias del mundo, ha e más profunda la herida –ya relatada en su “Ojos verdes”, producida por la experiencia más dura a la que se somete un ser humano, la muerte de un vástago, en este caso su hija. En este caso de la hermosa adolescente Corinne, muerta al estrellarse contra un muro el coche conducido por  su pareja.

Este drama, que aún anida en el corazón y organismo del amigo Berrocal, a pesar de los años, se ve contada entre unos relatos axertdos de su vida y su profesión periodística, donde el lector puede encontrarse aliviado por la irohía, el humor y lo interesante de las anécdotas. Es la parte más agradecida de la lectura. Se dice que el alimento principal de esa bestia que puede ser un periodista, es la curiosidad. Pero si le echa a ese alimento el condimento de la ironía inteligente, estamos ante un cocktail imposible de desperdiciar.

A lo largo de la novela se va informando el lector de la personalidad y juicio del autor. Y se disfruta, a pesar de que poco a poco se ve aproximándose al desenlace final que da título al libro. Los lectores que no conocen al autor, se aliarán con él en su sentimiento y dolor. Pero quienes conocemos al personaje, quienes sabemos que se trata de no una buena persona solamente sino de una persona buena, atravesado por mil dagas en el ejercicio de su profesión, puesto a prueba, primero por la muerte de su esposa y luego de su hija, podemos alejarnos del lector corriente. Y se hace una lectura diferente. En mi caso, que he comprobado todas esas facetas al ser hukmano que es Sergio Berrocal, me podría haber salteado el epílogo. Un castigo a mi juicio injustificado (¿por exagerado?) del autor, haciédose casi cómplice de la muerte de su ser más querido. Un castigo tn innecesario como injusto. Característica quizás de la buena persona que es, muchas veces castigadas por serlo.

Un libro es un libro podrá pensar alguien que lee estas líneas. Pero un libro de estas  características de agradecer –incluído el prólogo que personalmente censuro—es una prueba de todas las bondades que pueden leerse palabra por palabra cuando hay coherencia y amor de por medio.

Hay que leer, pero sobre todo agradecer, a Sergio Berrocal. Hay que aprender y aprehender de lo que transmite. Hay que felicitarlo por el esfuerzo de desnudar sus sentimientos y culpas y quizás asi logremos que se saque de encima esa mochila cargada de culpas, ajenas e injustificadas.

Y así, el libro, este libro, dejará de “ser un libro”.




Puedo escribir y escribo

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

Puedo escribir los textos más chungos esta tarde/noche,

Escribir, por ejemplo, que la noche se presenta a las seis de la tarde, carajo.

Que hace un frío del carajo.

Y tirito de pies a cabeza,

Pies y manos helados.

Y la puta pandemia que se eterniza, por culpa del bicho y de sus cómplices, los irresponsables pelotudos.

Puedo llegar a escribir textos horribles esta tarde/noche

Que ya no aguanto más los villancicos que desde el mes pasado vomita los altoparlantes del pueblo.

Y resuena Yingobell a lo lejos- Y, a ratos, muy cerca.

Me predisponen al malhumor el exceso de felicitaciones por el año nuevo, como si los deseos del año pasado se hubieran cumplido, respetando la buena fe de quienes los proclamaron.

Sin embargo, puedo también escribir textos que suenen bonitos y dulces…

Sobre todo viendo a los niños ostentando con sus juguetes nuevos. Pero yo ya estoy viejo para eso.

Puedo consolarme con la esperanza en las vacunas que nos permitirá volver a abrazas a amig@s y reunirnos en sublimes mesas, en banquetes pantagruélicos.

Algo alegra ver rebozar de alcachofas en los puestos de mercado.

Con la dulce aparición y presencia de calabazas (zapallo me gusta más) de colores y formas soñadas. Remolachas de largas hojas, nabos blancos y negros si hay suerte y coles de piel muy oscura, para animar abundantes cocidos-

Lamento la ausencia de salsifíes, porque las chirivías no aportan lo mismo. Para esto me gustaría estar en Francia.

Me conforta que mucha gente se conforme con disfrutar estas fiestas, a las que nunca le encontré sentido desde que dejé la niñez.

Me consuelo escuchando música “nostalgie”. Me llevan a un pasado que seguramente nadie podrá ostentar en este presente-

Me reconforta ver que hay colegas/amig@s que publican sus libros. Nana de Juan, con sabrosas anécdotas de la vida periodística; Angela Vinent y Xavier Febrés con “cuines amagades”(cocinas escondidas), un serio y necesario repaso y explicando los sorprendentes múltiples sabores que ofrecen diariamente los bares de veinte mercados barceloneses.

Disfruto con la relectura de “Un caballero en Moscú” (Salamandra) de Amor Towles, acaso de lo mejor editado en los últimos años y el “Yo Julia” de Posteguillo (Planeta). La buena suerte , de Rosa Montero, Ejercicios de Memoria, de Camillieri  (Salamandra), El Colibrí, del colega italiano Sandro Varesi (Anagrama) o El delfín, de Mark Hadden, el inglés autor del exitoso El curioso incidente de un perro a medianoche.

Y los que me llegarán para reyes, desde editorial Planeta. La continuación de Yo, Julia; el último de Leonardo Padura (Tusquets editores) y las novedades de Seix Barral, entre las cuales El camino del perro, el último de Sam Savage, autor del exquisito Firmin.

Me aferro a  la esperanza de llegar sano y salvo a marzo o abril, cuando la noche llega a una hora razonable y no la impuesta por los burócratas europeos, y se empiezan a llenar los huertos de brotes de tomates, berenjenas, pimientos e hierbas olorosas.

Hasta marzo, entonces. Me vuelvo a la madriguera a invernar lo que queda hasta entonces.

 




Nostalgia

Marcelo Aparicio

Llámenme nostálgico, Diganme anacrónic, vintage, viejo recalcitrante. No me ofende. Lo asumo. “No se puede vivir del pasado”, susurra algún iluminado, tampoco muy convencido ni convincente. El pasado, pasado está, añade el sabiondo, casi siempre algo esotérico o vegano. Pero el presente es el que es y me trato de conformar, porque, a los 75, mi futuro se llama muerte. Y también lo digiero bien. Como a la nostalgia. En casi idéntico grado.Tengo muchas, muchas, nostalgias y hoy sólo mencionaré alguna de ellas. Por ejemplo, el cine y la música, sobre todo solistas napolitanos, italianos. Cayó entre mis redes (sociales, claro) una seguidilla de carteleras de películas del pasado. De la época dorada. Parecería que la cinematografía italiana, junto con Cinecittá, su principal plató, se despidieron con “La vida e bella” y “La grande bellessa”. La beldad , como concepto que la cultura e historia italianas llevan en sus genes desde épocas remotas. Nombraré, sin comentar, algunos de los filmes que ye/hemos disfrutado algunos. Sólo un recuerdo para quienes los vieron y para quienes no lo hicieron puedan consultar con la tecnología que ahora hace que se sepa de todo y de nada. Y si no, que le pregunten al abuelo o abuela que tengan a mano. Pane amore e fantasía, La strada, Una giornata particolare, Ladri de biciclete, Miracolo in Milano, Divorzio allá italiana, Una giornata particolare, C ‘eravamo tanto amati, Pasqualino sette bellezze, Pane e cioccolatto, Il oro di Napoli, La familia, Il Gattopardo, La ciocciara, Grazie zia, y así hasta el infinito. Y las canciones, con voces de Nicola di Bari, Peppino di Capri, Adriano Celentano, Mina, Ornella Vanonia, Iva Zannicchi, Milva, Gabriella Ferri, Adamo, Lucio Dalla, Francesco di Gregori, Lucio Battisti, Domenico Modugno, Renato Carozzone, Gianluca Grighahi, Rita Pavone, Mia Martini, Cigliola Cincuetti, Franco Battiato, Francesco Guccini, De Andre y así innumerables porque la memoria no da para tod@s.

Por supuesto , la ópera no está, si no esto sería interminable.

Salute.




Mientras se despedía los restos del irremplazable Tito Corominas

M. Aparicio

¿Para esto tu madre sufrió en el parto? Cada día siento como que más tiempo pasa, menos alicientes aporta. Me refiero a la edad, a la tercera y última y a sus insobornables aliados, el reloj, el almanaque, el espejo…los pasos cansinos que parecen no llevar a ninguna parte. Y a su peor cómplice, la muerte, la desaparición no querida de tus amig@s. Que son tus únicos ahorros no económicos más preciados. Porque los otros no existen ni deberían existir; significaría que has guardado algo privándote de placeres y buenos momentos o haz hecho fortuna jodiendo a otros. No quiero transmitir pesimismo ni mala lecha porque el único consuelo que considero vital y optimista proviene, sin embargo, de la nostalgia sana. Nostalgia de haber vivido “casi irresponsablemente”, dejándose llevar por las olas que iban apareciendo desde un horizonte amplio y generoso. Cuya visión, en mi infancia, estaba condimentada con el paso en círculos y perfecto, de las toninas (delfines u orcas) vistos desde la Playa Chica de Mar del Plata. Ahora ese paso cotidiano lo conformarían los recuerdos. Se aparecen cuando quieren, circulan a su gusto y desaparecen en ese mismo horizonte por el que se presentaron. Hasta que vuelvan a pasar, dejando una estela burbujeante, espumosa y agradable a la vista.

Aquellas tonynas (ahora, en Catalunya, me entero que podrían ser atunes) y esos y otros recuerdos sirven para seguir viviendo y romper la monotonía de un viejo: dormir, despertarse, ducharse, desayunar, caminar, nadar, comer, siestear (optativo), merendar y cenar (también optativos) y volver a dormir y a veces, soportar pesadillas que se repiten. Como la de un reortaje al que no se llega, que no se encuentra un taxi, que el entrevistado no se presenta , que te apuran desde la redacción… A veces aparece un sueño que molesta despertarse. La mayoría de las veces son a raíz de una conquista inesperada, una mano tierna y cálida de alguna deseada, anónima y sin rostro. En fin, el veterano lector sabe a qué me refiero. De esos sueños que hace 60 años nos despertaba con una “trempera”. Muchas veces “marinera” (meona). Fin de la cita.

Estas reflexiones acaso amargas que les vomito a los lectores, mucho tienen que ver con la enésima muerte inesperada de un gran amigo. Dada la situación y la edad, habrá que ir acostumbrándose y adaptarse. El reloj, el tiempo, el espejo y su inevitable socia y cómplice, la muerte, así lo han decretado. ¿o para qué se creen que un tipo o tipa desconocidos en bata blanca nos da una hostia e el culo cuando decidimos salir de ese tibio, hospitalario y caldoso interior de nuestra madre?




Adlibitum

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era principio de primavera. La isla ya se veía emperifollada con los primeros almendros florecidos. El aire, finalmente, circulaba tibio, después de haber soportado sus habitantes los rigores del frìo y, lo peor, el viento frío y húmedo. Durante meses era imposible en esas viejas fincas rústicas y hermosas meterse ya no en una cama caliente sino en una que no esté mojada por la humedad. Si no fuera porque diariamente metíamos nuestras osamentas en su interior, junto a otro calor humano que con suerte habíamos podido rescatar en medio de un pulular de almas solitarias, en esas camas imperaría el moho. Así era, hay que recordarlo a los turistas que llegaban con la mesa puesta en marzo o abril y con los primeros calorcillos. Esas fincas que la mayoría alquilábamos pagando por mes la mitad de lo que hoy se paga por día, recobraban su blanco impoluto y cálido, apenas manchado por alguna buganvilla, oliendo a romero fresco y florecido, a damas y galanes de la noche… y como única música, el zumbido de gordas moscas en busca de frutas y molestos moscardones en busca de moscas incautas. (un poco, por otra parte, lo que hacíamos los humanos). Algún pájaro piaba y el grito de algún pastor o payesa se perdían entre un paisaje entonces ya reverdecido. Las payesas se esmeraban durante los días previos a Semana Santa, desde muy temprano, a recoger las hierbas que daba esa minitemporada sagrada, para preparar el cuinat, una de las excelencias culinarias ibicencas, en grave peligro de extinción, junto con sus obradoras, las payesas. Por la pérdida de las costumbres y por la falta de esa veintena de hierbas que huyen ante el avance impío del cemento. Tempus fugit. Hablamos de los años setenta. Como todo, se veía venir y también como todo, no se hizo nada. Algunos, o muchos, que forraron sus bolsillos, cambiando el verde fluorecente de las noches en el paisaje, por el verde del dólar y de la entonces plebeya peseta. En esos albores de la primavera, olores y colores surgían para fundirse con lo que individualmente aportaban la marihuana, la mescalina, el haschisch o el ácido, los estímulos de entonces. En una entonces tranquila y “lujosa” (a la manera del tiempo y no de ahora), la urbanización San Rafael (hoy San Rafel) , donde hoy alberga una de las discotecas más grandes del mundo con capacidad para 12.000 personas, la audaz y creativa Smijla Mihailovic, elevada a la categoría de princesa por voluntad del entonces príncipe Juan Carlos de Borbón, probablemente por favores parecidos a los prestados hace poco por Corinne Larsson al ya rey emérito, crea y lanza la primer Semana de la moda Adlib (de adlibitum).

La poco después nominada como “princesa de Ibiza”, yugoslava de nacimiento y papeles, aprovechó el momento que vivía la isla con el crecimiento del movimiento y la cultura hippies (much@ retrógrad@ me cuestionara lo de cultura, allá ellos) dio lugar al lema “viste como quieras pero con estilo”- Seguramente esta definición sería para contentar a los censores de la época .

En el atelier del amigo argentino que nos convenció para dejar Barcelona por Ibiza, un artista pintor chileno, huído de su país por ser comunista, nos propuso que trabajemos juntos para llevar a cabo una idea que tenía en la cabeza, que era un vestido metálico. Llevaría una parte de arriba tipo sostén , sujetada por los pechos de la modelo que era la hermosa compañera del dueño del taller y por un sistema con alambres y una parte de abajo tipo bikini, con colgajos como móviles para cubrir como cortina la parte del ombligo y parte de las piernas. Todo en alpaca grabada con dibujos psicodélicos a base de ácido, como se hace con los grabados normales. Fueron días de trabajo duro y la pobre modelo soportó horas y pinchazos de pinzas y alambres hasta que todo quedó muy llamativo y presentable para el día de la inauguración de la semana. Ese vestido era un poco el gran protagonista que había creado cierta expectativa. Para nosotros fue el inicio de una vida de artesanos, auténticamente creativos y hippies si se quiere.

Todo fue muy alborotado y sorteando dificultades con grandes humaredas nocturnas. El día de marras se presentó a último momento un señor en la caseta/camerino y pidió ver “el muestrario” o sea el vestido metálico colgado como se pudo de una percha. A simple vista era una chatarra. La modelo se lo puso y salió a mostrarlo. “Ah, no. Esto no puede desfilar así. La señorita (era señora) debería cubrir sus carnes con algo y encima ponerse lo que quiera para desfilar con ese..”, exigió mientras buscaba la palabra para definir semejante reto a las buenas costumbres que exigía el  régimen imperante. Artista creador y modelo se negaron en rotundo. Finalmente creo que se negoció que desfilaría con las carnes pecadoras cubiertas y luego haría un pase privado tal como era concebido el vestido exclusivamente para profesionales (dueñ@s de tiendas), que no eran muchos.  Mucho más tarde circuló la versión de que el polémico vestido fue adquirido por Brigitte Bardot a la tienda Zoe, de Ibiza.

Hubo que esperar cinco años, después de este desfile, para que se muriera el mentor de tantas censuras , algunas de tintes ridículos.




Entre Vistas

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr
El género periodístico de la entrevista está ultimamente –y desde antes también– sobrevalorado. Puede ser que mi opinión se deba a que muchas, la mayoría, no creo que reflejen exactamente ese vis a vis que mantienen el reportero y su encuestado. Quizás por ello, la mayuoría de los entrevistados –aunque pocas veces lo reconozcan– casi nunca quedan conformes- Hice pocas entrevistas en mi vida. No me gustaban y menos después de un llamado de atención –a mi parecer equivocado– cuya explicación luego encontrarán en estas líneas.Pero las pocas que hice, las recuerdo, algunas con afecto y otras con sabia nostalgia. Hasta que aquella corrección a la que ya llegaré a relatar, me frustró y no las busqué más.Para mí, la entrevista consistía en una conversación amable y profunda con el personaje de turno. Así empecé a hacerlas a los veinte años en el diario bonaerense La Nación. Entonces llevaba , junto a Diego Mujika, a mi cargo una contra (contraportada) del diario dedicada a la juventud. Yo lo era… Entrevistas a manifestanttes estudiantiles, a jóvenes después de ver el estreno de Woodstock en Buenos Aires, a jóvenes emprendedores, a chicos que habían perdido todo en una inundación, entre otros. Pero las entrevistas personales, vis a vis, pocas, en esa época. Una vez en Europa, Madrid, Paris, Roma, Barcelona, hice algunas pocas. Recuerdo algunas desagradables como con el boxeador argentino Carlos Monzón y otra muy bella con el mimo Marcel MArceau. Ambas fueron para Clarín. Daniel Baremboim también estuvo amable, a pesar de la prisa. En Paris y Barcelona, en dos de sus viajes, Ernesto Sábato, estuvo en su línea dedtructiva, quasi depresiva, de siempre. Era así. Tanto que, aprovechando cierta amistad, me reprendió duramente por haberme separado de mi segunda mujer, advirtiéndome entre otras lindezas, que mi hija terminaría drogadicta. No quise volver a encontrarlo en el siguiente viaje, y por suerte su pronóstico falló.Una muy breve y emotiva –por el reencuentro después de mucho tiempo–y para France Presse en Barcelona, fue con el escritor y periodista Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde), con la inestimable presencia de Cecilia Rosetto, que era entonces agregada cultural en el consulado argentino.
Pero la mejor –y capítulo aparte porque era como entrevistar a un extraterrestre cultural– fue a Jorge Luis Borges. Fue en París. Era para Cambio y Diario 16 de MAdrid. Y lo de «era» se hizo verdad porque aquí viene el relato prometido de por qué fue la última.Yo no utilizaba grabadora. Nunca me fie ni fiaré de la tecnología. Y aquello, en la época era tecnología avanzada. Apenas apuntes recordatorios y la memoria puesta al máximo. Y conversación , más que interrogatorio.La llamaba, o escuché que así se llamaba, entrevista novelada. No sólo arrancar titulares, como se hace ahora, o preguntar y después armar algo falso como que las preguntas hechas en seco y de respuestas ewxactamento a lo que se pregunta. No me las creo. Creo que con la grabadora echando humo, las preguntas y respuestas se montan lejos de la veracidad y exactitud, una vez concluído el encuentro. Se «cocina» la entrevista para que quede guay.
En mi concepto –admito que puede ser equivocado– mientras daba rienda suelta a lo que hay entre pregunta y respuesta, otorgaba más importancia a estas últimas, enriqueciéndolas con gestos captados al entrevistado, el ambiente donde tenía lugar, las miradas, los silencios. Eso hoy lo revela, tal cual, la televisión unicamente. Pero me refiero a prensa escrita.Quedamos con Borges –mejor dicho con Kodama– en El Hotel, un lugar mágico de Paris que me gustaba y sorprendía cada vez que iba porque había un árbol plantado en medio de la barra del
bar.
A Borges también le gustaba mucho, por lo que me dijo. Kodama, muy amablemente me dijo que nos dejaba solos. Que si estaba de acuerdo aprovechara la situación para pasear alrededor del hotel, por Saint Germain de Pres, para entrevistar al mago de las letras. ¡¡¡qué experiencia¡¡ Ibamos hablando y en una esquina, de repente Borges se para. Me tironea del brazo donde se apoyaba en mi y pregunta: Aparicio ?arriba a la derecha de este edificio (que me lo señala) sigue habiendo una ventanita verde con malvones (geranios) en su balcón». Increíble, pero sí, Borges. Y así fuimos caminando y él recordando pasajes, calles, rincones a la vez que intercalaba en la conversación algún poema de algún escritor francés, con un acento exquisito.
Fue en esa conversación que me dijo, a propósito de comentar la situación argentina (siempre convulsa), «mire, Aparicio, usted y yo nacimos en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires». Nunca olvidaré el impacto que me causó. Hacía 15 años que no volvía a Argentina y que no me era recomendable por trabajar en Cambio 16 y en France Presse, dos voceros de la verdad en aquella época oscura. (nada que ver, pero cuando volví después de tantos años con la ilusión de la Argentina democrática, en el aparhotel que había contratado me encontré en el ascensor con Julio Cortázar, que entre otras impresiones me dijo que lo que no le gustaba era entrar a un cafe porque no se sabía quién era el torturador y cual el torturado, frase que me condicionóo mucho mi regreso)
El amargo final de la entrevista con Borges viene ahora. Nos despedimos en el hotel, Kodama había regresado. Siempre con su amabilidad nipona, fría. Me fui contento y emocionado. Con esa adrenalina que provoca el querer publicarla antes que otro. Volando a escribir, con las frases ordenándose en la cabeza. Pero, el redactor jefe de turno, cuyo nombre no recuerdo o borré definitiva e inconcientemente, sino lo escribiría en estas líneas, me espetó algo así, «aquí en España (para de paso subrayar mi condición de sudaca) las entrevistas son una pregunta , una respuesta. ¡¡Cambiala, por favor¡», me ordenó. Le di largas y nunca se publicó. Me quedé con ese paseo, un insólito día de sol en pleno invierno de Paris, pero nunca más volví a hacer o proponer una entrevista.
Sant Sadurní d’Anoia, 18 de  marzo de 2019



De Somodó a «somosei»

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.
Aprovechando la parcialidad que nos está casi tolerada y muy criticada, volveré a decir cual considero el más completo (no digo el mejor porque no soy quien), de los restaurantes de Barcelona, ciudad referencia del buen comer. Por su oferta escasa pero buena de cocina local catalana y por el cosmopolitismo de la misma en general, con algunos aciertos medidos de la llamada cocina de vanguardia.Me estoy refiriendo a Somodó. Una cocina muy particular, original sin tontería, tradicional y moderna a la vez. Contemporánea y ejemplar Hace poco falleció su creador y alma mater, Oshi, quien hace muchos años en el mismo local nos hacía disfrutar con Shojiro, mediante una oferta de menú que desató su inmediato éxito. Cocinero experimentado, con vivencias importantes en Francia (véase su foto abrazado a Paul Bocuse en su cocina de Lyon) un gran experto en la preparación y cocción del pescado. Un par de amigos aficionados a la buena mesa una vez tuvimos el privilegio de disfrutar una paella prepara por Oshi, y para muchos de los presentes, una de las mejores jamás probada en la Ciudad Condal. Oshi le puso Somodó al Shojiro «porque sólo hemos quedado dos, Toshi y yo, en cocina y en sala», me explicó un día. Entre ambos hacían tan bien todo que se sigue llamando Somodó a pesar de que el éxito los obliga a ser cinco y a veces seis, pero la impronta de Oshi y sus rigores horarios, sigue viva. «Era muy exigente y me quedé con esa enseñanza», apunta Toshi.  Afirmo que es el más completo a mi juicio porque no sólo la cocina es una de las mejor pensadas y preparadas de gran parte de la city, sino por todos los otros elementos que juegan en ese escenario único y diario que es un restaurante. Amabilidad y eficacia en el servicio, femenino y gallego para más señas. Entorno simple, pero acogedor y con aire Zen. Una sala bien iluminada y de sana acústica. Las mesas bien vestidas, sencillas, pero dominadas por una manzana lustrosa toda su vida, como con algo Beatlle en su concepto. Y ese «feeling»» que hace que se repita la visita cada vez que se piensa en pasarlo bien. Oshi me contaba que iban muchos «grandes chefs» amigos a comer e interesarse por su cocina.»Vienen a copiar» le respondí con la dosis de maldad que llevo. No voy a relatar las bondades que me he llevado a la boca porque incito e insisto en que quien vive y gusta comer en Barcelona debe vivir la experiencia. Y quien viene de visita, no se lo puede perder. La fórmula de Oshi sigue en pie. Un menú al mediodía de 18,80€ cuyos entrante y primero viene ya decidido y hay que elegir el segundo entre carne y pescado. Los postres son siempre sorprendentes y fabulosos. Tienen bodega corta pero muy sabia. He comido y cenado casi siempre con cava y vinos rosados, blancos o tintos de la bodega Parés Baltá. Parecen elaborados para apreciar esta cocina tan particular y buena. Por la noche (se exige puntualidad), cuando el Somodó cobra su sensación más bonita y romántica, existe un menú ligero por 32€ y el menú Somodó, de 35,50€, con ocho exquisitas propuestas. No es un restaurant japonés, pero toda esa técnica envidiable ha sido puesta al servicio de una cocina particular, única en Barcelona. Gracias Oshi, allí deonde estés.