Desmadre informativo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Extraño días los que hemos vivido. En Francia moría Johnny Hallyday, cantante de cantantes de los años sesenta que nos trajo hasta orillas de Europa el Rock norteamericano y se convirtió en el ídolo de millones de personas, el ídolo de las multitudes decía la canción. Y antes de que alguien abriera la voz de la razón, el féretro del querido cantante bajaba desde el Arco de Triunfo en París por los largos, larguísimos Campos Elíseos, llegaba a la Place de la Concorde, donde le cortaron el gaznate a Luis XVI, enfiló la rue royale, magnífica en esta época de tonos majestuosos del cielo y aterrizó en la Iglesia de la Madeleine, reservada para celebraciones de grandeza nacional.

Un cortejo acompañado por una multitud calculada en alrededor de un millón de personas que a pie o en moto, Johnny era motero en sus ratos locos, lo acompañó y fuera de           la iglesia, donde se santiguó Napoleón, el presidente de la República y otros invitados del show business dijeron sentidas palabras.

Un periódico francés soltó sin que se le cayesen las hojas de vergüenza que había sido un homenaje comparable al que se le brindó a Victor Hugo, el escritor que se ha había convertido en la conciencia del mundo con “Los miserables”.

Víctor Hugo, el hombre que nos enseñó a generaciones enteras la diferencia entre libertad y lo contrario, el escritor que nos hizo vibrar, que todavía nos hace emocionarnos con personajes metidos en la miseria y salidos para servir de guía a la humanidad entera. Un genio que no se repetirá.

Y una televisión insiste en que el homenaje a Johnny fue casi igualito, igualito.

Mon Dieu, piedad.

En Melilla, a la entrada del norte de África, unos aduaneros en medio de la rutina de reprimir el contrabando entre Marruecos y España y el resto de Europa, detienen un automóvil de lujo y empiezan a cachearlo, porque eso ya no es registro. Los agentes disponen de un aparato que detecta la respiración de un ser humano. Y allí, en el salpicadero del auto, encuentran un escondrijo y en la madriguera de plástico un chiquillo de 12 o 13 años a punto de asfixia, con la sudoración que hace temer un desenlace fatal. El niño está desorientado, no sabe dónde está. Pero los guardias civiles lo sacan con vida.

Uno más, dirá uno de los agentes. Ya han encontrado a otros menores escondidos en maletas, en los bajos de camiones que circulan entre España y África, en cualquier sitio. Las familias marroquíes, modestas pero conscientes de sus responsabilidades, mandan a los niños en esta operación kamikaze, pagando una pequeña fortuna a los bandidos que facilitan la operación, para alejarlos de la miseria y quizá, si Alá es misericordioso, hacerlos entrar en el Eldorado que para ellos es España y Europa.

No había banda de música en la aduana ni fanfarrias para acoger al chiquillo medio muerto en su camino para la paz, que rápidamente será devuelto a Marruecos o adonde sea, para que siga sufriendo, como un miserable de Víctor Hugo.

Washington D.C: El presidente que está haciendo que el mundo tiemble de miedo y de rabia, Donald Trump, ha olvidado decirle insolencias al presidente de Corea del Norte y nada más ni nada menos que se empecina en que Jerusalén, la ciudad santa de las tres religiones monoteístas, cristianismo, judaísmo, islamismo, sea única y exclusivamente la capital del Estado de Israel, construido el 14 de mayo de 1948 por las potencias occidentales, y al mando de los británicos siempre tan hechores de imperios y procuradores de todos los grandes lios mundiales.

Desde entonces, el pueblo que vivía en Palestina, es decir en esos territorios, los palestinos, para entendernos mejor, sufren lo indecible. No tienen patria ni se les quiere reconocer siquiera que tengan derecho a vivir, aunque sea separados del protector Israel por un muro que ríanse ustedes del que Trump quiere terminar para aislar a Estados Unidos de México.

Llevo medio siglo colectando informaciones, tratando de hacerlas llegar con un poco de entendederas a los lectores. Pero ¿cómo puedo saltarme del homenaje que invadió París, la capital de Europa por las luces que impartió al resto del mundo, el homenaje a un cantante, un gran cantante es cierto, pero nada más que eso, a la monstruosidad de Trump y, sobre todo, perdonen mi debilidad, al chiquillo sacado apenas con vida de un escondrijo en un coche.

Desde mi refugio en la punta más sureña de África, donde no se pone el sol, no entiendo nada y miro aterrado la pantalla del ordenador.

La información se ha convertido en un circo, en un desfile de payasos, diablos, bandidos venidos del fondo de África, víctimas tan inocentes como la chiquilla Cosette, a la que el miserable de los Miserables de Victor Hugo quería salvar de todas las acechanzas del París de los malos.




Los cubanos se aprestan a despedir, a su manera, otro año “jodido”

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llovía fuerte en La Habana cuando transcurría el segundo sábado de diciembre, haciendo un poco más gris el ambiente citadino escaso de adornos navideños, al punto de sorprender a más de un viajero, de esos habituados a las muchas luces y guirnaldas cada fin de año. La lluvia fue presagio de un nuevo frente frío, era el anuncio de otro soplo de aire llegado del norte para suavizar el calor sofocante que ha acompañado al país, cuando los de aquí también se preparan, a su manera, para decirle adiós a otro año muy duro.

Sequía que quemó cosechas primero y obligó a bañarse con cubos a miles de personas; el huracán Irma que después zarandeó al 70 por ciento del territorio nacional, dejando pérdidas de tal magnitud que las autoridades nunca dieron –quizá por temor a amplificar la tragedia- un balance total de estragos; y una nueva administración en Washington que ha vaciado de esperanzas a quienes soñaron con tregua después de medio siglo de confrontación.

Un panorama este que llevado a ejemplos implica falta aguda de dinero fuerte para pagar hasta requerimientos básicos como la importación de las materias primas que demanda la producción nacional de medicamentos o una baja palpable en la llegada de turistas, cuando ese sector equivale a una de las principales fuentes de ingresos en divisas.

La Asamblea Nacional sesionará el 21 de diciembre y hará un conteo de lo ocurrido en este tiempo sin que se puedan esperar vítores, pese a que muchos suponían que a esta altura de los cambios económicos emprendidos por Raúl Castro poco después de asumir el mando de la nación a mediados de 2006, el día a día debía ser menos complicado.

Aun así nada indica que se piense posponer el relevo generacional previsto en el liderazgo del país a partir de febrero próximo, mes en el que el más joven de los Castros, 86 años, entregaría la presidencia del Estado y del gobierno, y arrancaría la despedida gradual de la llamada “generación histórica” que acompañó primero a Fidel y después a Raúl en la conducción de la nación durante casi 60 años.

Las condiciones vigentes son de austeridad, una constante desde hace décadas. No obstante, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se puso en marcha en punto, con profusión de imágenes, ilusiones y creadores llegados de medio mundo, como si su fundador Alfredo Guevara siguiera en vida, y cada quien, al margen de los cines repletos o las penurias que sobran, se ha dado a la tarea de despedir este año de la mejor manera.

Si no alcanza el dinero para lograr todo lo que se quisiera –léase el ron, la cerveza, el cerdo asado, la yuca con mojo, los frijolitos negros dormidos, y el arroz blanco desgranado- para la cena navideña, es prácticamente imposible que se pueda encontrar algún isleño que pase por alto reunirse en familia el 31 de diciembre con lo que tenga a mano y brindar a las 12 de la noche, convencido de que “el año que viene será mejor”.

Hay pequeñas cantidades de turrones de jijona y alicante importados de España –a fin de mantener la tradición- en las tiendas que comercializan en moneda fuerte. Nadie sabe todavía si habrá uvas, las que suelen ser compradas en Estados Unidos, y la gente saca sus cuentas, que por lo general no dan, porque este país es uno de los más caros del planeta.

Los hoteles tienen erguidos sus árboles navideños para complacer a los clientes, aunque a falta de adornos la ciudad parece no enterada de que estamos en la recta final de 2017. Sin embargo, los cubanos, gente bullanguera y noble, parecen dispuestos a despedir con risa tanta suma de desgracias.

“Que va, mi hermano, yo me he jodido mucho este año, por eso ahora que ni me hablen de más problemas, el 31 sonamos un rumbón en casa y a templar por los portales”, me dijo sin recato alguno el mulato Rodrigo Marrero, 65 años, como suele hablarse en la calle Jovellar, en la populosa y modesta Centro Habana.




Cuando Estados Unidos tenía hambre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Desde la grandeza de la miseria que describía Horace McCoy en sus libros, sobre todo en el inolvidable “¿Acaso no matan a los caballos?” (también titulado “Danzad, danzad, malditos”), éxito cinematográfico con Jane Fonda, a la elegancia de un mundo refinado y pudiente de Paul Auster hay varios siglos, varias formas de vivir y de morir.Cuando no se es un genio y nadie ha pretendido que lo fuera, deberíamos considerar que los genios oficiales tienen derecho a sus genialidades, que nos toca respetar, aceptar, venerar y hasta vitorear por el mero hecho de que una serie de señores han escrito ditirambos sobre él.

Pero llevo un tiempo que no acepto esos catecismos. La edad me permite decir que he asistido en cincuenta años de escritura (como periodista y escribidor) a tantos engaños, he visto nacer tantos falsos escritores geniales, he rabiado cuando algunos corifeos les bailaban el baile de los siete velos, que ya no creo en la genialidad.

Y lo peor es que ahora, después de haber aceptado durante años, por timidez, por considerar que si los grandes críticos lo decían sería porque tenían razón, porque tú no eres más que un cuentista que nunca llegarás a la altura de ese señor, ahora quiero decirlo.

Esta vez es peor. El autor Paul Auster, el más cinematográfico de los autores norteamericanos, firmante de algunos libros que personalmente me han llegado al alma, que es adonde tiene que llegar la lectura convincente, pero esta vez, no. El mismo autor pretende en la contraportada de su último libro “4 3 2 1” 1k200 gramos de peso y 23,90 euros de precio): “Siento que he estado preparándome toda la vida para escribir este libro”. Y el redactor de turno agrega: “Acogida por los medios como “la mejor novela de Auster” (Harper’s Magazine), estamos ante un ejercicio soberbio de precisión narrativa…”

Piedad. No es genio quien cree serlo. La genialidad es un don de los ángeles o de los demonios pero no una voluntad de querer ser.

Todo el mundo recuerda, hasta los analfabetos, el comienzo de El Quijote: En un lugar de la Mancha…

No creo que nadie se acuerde por mucho tiempo el comienzo de “la precisión narrativa” de que habla Harper’s Magazine: “Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salio a pie de Minsk, su ciudad natal con cien rublos…”

Lejos, muy lejos, a las antípodas de este Paul Auster, se sitúa el modesto escritor Horace McCoy, fallecido en 1955. Sin ninguna exquisitez universitaria que exhibir en su currículo, fue periodista callejero, reportero de deportes y de lo que cayera. Además de haber sido un héroe de la I Guerra Mundial (1914-1918) trabajó para vivir de su pluma, a veces de guionista en Hollywood y cuando caía el chollo de actor.

Leer a Horace McCoy es adentrarse en la miseria vista por los Estados Unidos, de la que otro testimonio aterrador es “Las uvas de la ira”, basada en el libro de John Steinbeck sobre el choque económico que sufrió el país a consecuencia del crac bancario de 1928.

El que hoy es el país más poderoso del mundo tocó fondo en aquellos negros años treinta y la miseria, como siempre, afectó a los menos preparados, a los más pobres, a los indefensos de siempre, a los que no habían previsto robar para resistir. Y aunque la crisis comenzó con banqueros que se arrojaban por las ventanas de sus despachos cuyas paredes estaban recubiertas de maderas preciosas, la cuenta la pagaron, como siempre, los más débiles.

Poco antes de esos años terribles, en París, lejos de los campos arrasados por la miseria y de las fábricas paradas en todos los Estados Unidos, se acuñaba el terrible apelativo de loser, perdedor. Pero aquello, con Hemingway y otros escritores nacientes por medio, era cosa de señoritos. Una manera romántica de llamar a los que no conseguían alzarse al podio de la fama.

Pero en lo más profundo de los Estados Unidos, donde millones de hombres, mujeres y niños se rebullían en la miseria que no hacía más que comenzar, ya faltaba de todo. Y no se hablaba de perdedor acercando los morritos a una taza de té del mejor de Ceilán y a unos pastelillos como se hacía a orillas del Sena, en aquel lejano París que entonces rimaba con paraíso.

McCoy, reportero sin más futuro que el que pudiese depararle el azar, la chance esa que nunca se sabe dónde para, porque nadie la conoce ni nadie sabe nada de ella, sino solo cuando te toca con su varita mágica. A Mccoy aquella crisis espantosa, aquel cabalgar de todos los caballos hambrientos del Apocalipsis que entonces nadie conocía le cogió haciendo reportajes para un diario deportivo. El hambre le llevó a Hollywood, en busca de algo que hacer en el cine, donde mucho más tarde encajó como actor primero, pero sin finalidad ni futuro, y luego como guionista.

Pero allí, en el Hollywood que ya entonces alimentaba los sueños de los norteamericanos, los mismos que ahora buscaban un pedazo de pan, una taza de café, quiso agarrarse al carro de la fama del cine y conoció a gente, desesperada como él, que buscaba también una posibilidad.

La primera pareja que probablemente conoció pudo ser la que describe en su libro “¿Acaso no matan a los caballos?” fue la que formaban el protagonista del libro y una muchacha sin grandes atractivos, Gloria que, como él, quiere encontrar un hueco en la industria del cine.

Matan el hambre en un parque y entonces Gloria, que será el ángel malo de la historia, lanza la idea: “Una amiga mía quería convencerme de que participara en un concurso de resistencia de baile… Un puñado de directores asisten a estos concursos. Siempre puede ocurrir que reparen en una y le den un papel en una película… ¿Qué dices a esto?”

Él está convencido de antemano. Tendrán que bailar o hacer como que bailan en una pista durante muchas, muchísimas horas sin parar. Pero en los descansos les aseguran comida y cama. ¿Quién no iba a estar tentado por semejante proposición? Los dos sienten el hambre que todavía no quiere dar la cara.

“El concurso de resistencia de baile se celebraba en un enorme edificio que había en el muelle de atracciones, en la playa, y que anteriormente había sido una sala de baile abierta al público”.

Hora tras hora, bailando primero y luego arrastrándose, sin ya sentir las piernas, con enfermeras que les ayudan a no parar, que les echan baldes de agua helada para despertarlos, porque duermen de pie, consiguen aguantar 879 horas moviéndose, arrastrándose, babeando por la pista, con el premio de mil dólares en la mente que nunca ganarán. Y cuando la espantosa zarabanda termina con un asesinato y tienen que marcharse han ganado con tanto sufrimiento apenas 50 dólares cada uno. Gloria está desesperada, lleva mucho tiempo al borde del abismo, sabiendo que la vida, aquella vida por lo menos no vale la pena.

Habla Gloria: “Una vez probé de matarme y no lo conseguí, y nunca tendré el valor suficiente para volver a intentarlo… ¿Quieres hacer un favor del mundo…?”

Finalmente, ella saca una pequeña pistola que lleva en su bolso.

“-Aquí la tienes, dijo ofreciéndomela.

-No la quiero. Guárdala. Ven. Vamos dentro. Tengo frío.

-Tómala y haz lo que te pido en nombre de Dios…

Al final, el muchacho no aguanta, empuña el arma y le pega un tiro en la cabeza.

-¿Por qué la has matado?- me preguntó el policía que iba sentado a mi lado.

-Ella me lo pidió.

-¿Has oído eso, Ben?

– Es un muchacho muy servicial – dijo Ben por encima del hombro.

-¿Es eso lo único que puedes alegar?

-¿Acaso no matan a los caballos?”




De banquero fallido a arquitecto de lo exquisito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Antonio López tiene 62 años y unas ganas enormes de comerse el mundo. Ya hace un rato que empezó a masticarlo desde la cocina del restaurante que con su esposa, cocinera eximia, y su hijo, agradable contertulio en los comedores que tiene su altar en un patio transformado, pero hay huéspedes hasta bajo los tejados, donde en tiempos de secaba el grano. Porque el Restaurante La Salina o el Mesón la Salina, más rudo, más auténtico, se alza en una colina de Fuengirola a la que subir en busca de una buena comida abre el apetito. Se recomienda bicicleta, moto o automóvil. Pero vale la pena.

En la puerta, Antonio te saluda como si hubieseis pasado la vida juntos contando castañas o probando cebollas en medio del campo. Aunque él dice que es de Ronda, no sé si tiene nuestro hombre mucha afición al campo y si en realidad ha hundido alguna vez los dedos en el surco.

En Ronda, sus padres querían que fuese banquero, por lo menos apoderado de un banco, que es donde están los cuartos. Y con las ganancias que ahora tienen estos establecimientos tan necesarios como las iglesias para los creyentes, al niño ya le veían de corbata y manejando todo el día las fortunas de la gente del lugar. Porque Ronda es un lugar donde la tierra es generosa y los banqueros siempre están al acecho, quiero decir dispuestos a ayudar.

Dice desde lo alto, un poco más abajo de donde se estrujan dos ojillos que deben de esconder muy requetebién las mentiras o las medias verdades, que le enseñaron lo que no tenía que hacer.

Y hace aquello para lo que él cree que tiene talento, la cocina, con la intercesión de las manos y el talento de su esposa, una cocinera que, al parecer, pero ya saben cómo es el ego masculino, trabaja en comunión con Antonio, auténtico arquitecto de la cocina, que lo mismo remienda un queso que le han traído hace ocho días, lo afina, y lo pone a tiro de cualquier aficionado aunque no sea un gourmet tres estrellas, que te remienda un plato a priori descabellado.

El restaurante tiene una carta agradable y sin chistes de nouvelle cuisine y con la carta de vinos pasa tres cuartos de lo mismo. Sobriedad y calidad. Nada de payasadas con aparatos de acetileno y extraños mejunjes salidos de un manual de química.

Aún cuando esté comiendo unas chuletillas de cordero (más que exquisitas fueron las que nos sirvió), Antonio le dará siempre la impresión de que le está ofreciendo manjares que usted nunca probó y que nunca hubiese probado de no haber aparecido por este local con alma del cortijo o de convento que fue en tiempos del diluvio universal.

No soy crítico gastronómico, lo mío es ver y contar. Y cuento cómo llegas a comer y ni abres la carta. El cuentista de Hamelin que ni lleva la flauta de reglamento te ofrece manjares, cosas, sin ton ni son, ni carta, sin orden ni concierto. Y sin pretenderlo te encuentras degustando eso que no sabes lo que es, pero ya Antonio te dirá como Sherazade le contaba cuentos al sultán para que no la degollara.

Hagan lo que quieran. Pero les aconsejo que vayan y se pongan en manos de este hombre que se olvidó ser banquero y que tampoco presume ni de cocinero ni de ordenador de cocina. Es simplemente un arquitecto del buen gusto.




Arde Jerusalén

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Oriente Medio parecía dormir pese a las guerras internas y más que externas que lo corroen desde siempre. Y en tierras palestinas ocupadas por Israel podía soñarse no con una inalcanzable paz sino con un statu quo de mentirijilla que guardaba las apariencias. A un lado Israel, con un servicio militar obligatorio, al que no escapa ningún joven sea del sexo que sea durante cuatro años (una población de ocho millones y medio de personas) , y en el otro los territorios palestinos, separados por un gigantesco muro y donde tratan de hacerse ilusiones los casi cinco millones de palestinos.

Pero solo en Francia, residen unos 600.000 judíos con poder adquisitivo e influencia política. Nada en comparación con los casi seis millones que residen en los Estados Unidos, donde poseen una influencia más que considerable en todos los círculos de poder, empezando quizá por el cine norteamericano, uno de los principales productos de exportación de EEUU y, en todo caso, el que más influencia tiene a nivel cultural y político.

En 1980, con su particular temperamento expansionista, Israel proclamó que Jerusalén era su capital, algo que se le negó en todos los foros internacionales.

Pero ha aparecido Donald Trump y con su habitual desparpajo ha dicho que la capital de Israel es Jerusalén. Así, porque sí, porque él manda en el mundo.

Los israelíes están encantados. Estados Unidos constituye su principal aliado, el más poderoso del mundo, que no le deja que le falte el último tanque ni los últimos aviones de combate más exquisitos.

Estados Unidos es la retaguardia de Israel y a Trump no le ha importado romper el difícil equilibrio que se mantenía en la ciudad santa de las tres religiones monoteístas, cristianismo, judaísmo e islamismo. A él le da igual, no va a misa.

La ofensiva israelí ya está en marcha. En Francia, el  Conseil Représentatif des Institutions Juives de France) (CRIF) se ha dirigido al presidente francés, Emmanuel Macron, pidiéndole que siga a EEUU en el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.

​Pero yo no tengo la menor intención de repetir lo que todo el mundo con dos dedos de frente dice: Donald Trump es el diablo con peluca, un ser maligno capaz de meterle fuego al resto del mundo si su país se queda, como siempre, al cobijo de muchos kilómetros de distancia de donde se cuece el bacalao del terrorismo.

Voy a contarle dos historias, dos historietas que tienen que ver con los palestinos, sobre todo con sus ansias de poder existir en paz.

La segunda sale de una novela mía, “Palestina, mon amour”

Soraya ha nacido y se ha criado en Brooklyn, Nueva York, pero el recuerdo de sus abuelos la hace tan palestina que los agentes de seguridad del aeropuerto dudan de su pasaporte yanqui.

Todo lo que Soraya quiere es llegar a Naplusa, en Palestina, para ver lo que ya dejaron de ver sus antepasados. Como puede, sin visado, consigue su objetivo y sin pensárselo dos veces se planta ante la dirección de un viejo y respetable banco local. “Vengo a saldar la cuenta de mi abuelo, que cerró en 1948”.

Toda la vida de estos palestinos, los de pasaporte norteamericano y los demás, tienen ese año como fecha de caducidad de sus vidas. Fue cuando todo cambio, cuando todo se trastocó. Israel se proclamó como Estado y los habitantes de siempre de aquellas tierras, los palestinos, quedaron fuera del tablero de ajedrez del reparto de tierras.

El banquero, un viejo sinvergüenza por mucho que diga ser palestino, está impresionado por la belleza combativa de aquella chiquilla que le arrincona contra las cuerdas. Finalmente, ganará, como ganan siempre los banqueros, ya sea en Ramallah o en Nueva York, y Soraya sale a la calle vencida y asqueada.

Con unos amigos que ha hecho a lo lago de sus divagares sonríe: ha decidido atracar el banco de su abuelo para recuperar su dinero hasta el último centavo y sin olvidar los intereses. Lo consigue y fuerza la suerte hasta atravesar los controles israelíes entre Palestina e Israel y pueden llegar a Jerusalén. Atrás han dejado la ignominia, la perpetua y milimétrica violación de todos los derechos humanos. Un palestino es un terrorista mientras no se demuestre lo contrario. En un control de carretera hay que quitarse la camiseta y desde muy lejos llega la orden de despojarse de los pantalones. Métodos con que los SS de Hitler jugaban y gozaban. Pero ya no estamos en 1940. Andamos por el año 2000. El calendario se ha atascado. Y esto, después de todo, no es más que una película titulada “Mih Hadha Al-Bair”.

Y ahora un extracto de una novela corta mía, “Palestina, amor mío”, con la conversación final entre Patricia, actriz de cine libanesa de corazón palestino, que se ha enamorado de un periodista que siempre le ha ocultado que fuese israelí y algo más.

— Tengo que contarte algo y sólo te pido que me dejes hablar y que comprendas.

La orquesta estaba flirteando con uno de los grandes momentos de Frank Sinatra, “Night and Day”.

— Cuando te conocí, durante aquella entrevista que me concediste, no fue pura casualidad ni tuve que reemplazar a un compañero. Yo estaba allí porque sabía perfectamente quien eras tú y porque te buscaba. Alguna de estas noches te he dicho que nací en el norte de Africa. Es cierto, pero lo que nunca te he referido es que mi familia es judía sefardita, que yo soy judío y que de vez en cuando he echado una mano a nuestros amigos de Tel Aviv…

A Patricia le faltó poco para soltar una palabrota, pero tenía la garganta seca y sus ojos verdes no le cabían en el cuerpo de curiosidad mezclada con una cierta ironía.

— No creo que te importe que yo sea judío. Pero quizá no te guste saber que me mandaron a verte, que en realidad no fue un encuentro fortuito. Tú ya sabes que todos

los países tienen unos servicios secretos que en muchos casos les permite protegerse. Cuando te conocí estaba en misión. Y si la noche del estreno de tu película en París no

me encontraba contigo en el palco de la Opera es porque estaba preparando tu secuestro. Moshe y Pierre, a los que conociste cuando te llevaron a la casa de Louvecienne, son

dos amigos de infancia. Luego, cuando ya estaba todo en marcha saboteé la operación, la hice abortar porque comprendí que ibas a ser la mujer de mi vida. Son cosas que a

veces uno tiene la suerte de saber a tiempo. Y ahora, bueno, ya sabes…

La música le pareció un alivio porque al menos había sacado fuera todo lo que le angustiaba desde hacía días.

Miraba a Patricia fijamente, casi hipnotizado, porque temía su reacción. Quedó sin voz cuando la vio sonreír con una de aquellas sonrisas que ella sacaba del fondo de su

alma libanesa cuando tenía que decir algo difícil de entender.

Ella fue la que ahora le acerco los labios a la cara para que pudiese escucharla.

— Entiendo lo que me has dicho. Y la verdad es que yo también tengo un secreto, bueno tres. Sigo siendo libanesa maronita pero también es cierto que soy una excelente

actriz. Supe quién eras desde el primer día. M. James me lo reveló porque gente que trabaja para él te investigó y le puso al corriente. El segundo secreto es que yo estaba perfectamente al corriente del secuestro y del resto, porque todo, absolutamente todo, fue minuciosamente montado por M. James para asegurar el lanzamiento del filme. Bueno,

Pierre y Moshe actuaron de buena fe, convencidos de que trabajaban para una buena causa pero no fueron más que meros actores.

Luis no podía creer lo que oía. Ella seguía sonriendo, con la misma sonrisa ladina de antes.

— ¿Y el tercer secreto…?

— En realidad, más que un secreto es un pequeño problema que deberíamos resolver cuanto antes: ¿sinagoga o iglesia católica?

Los ojos verdes, verdes como el trigo verde, chorrearon chispas de alegría.

— Voy a tener un niño. Será el hijo de un judío sefardí y de una guerrillera palestina. Espero que nuestros amigos de Jerusalén y de Gaza no se enteren… ¡Inch Allah!

Estos dos cachitos de ficción no solucionan nada pero quizá les ha provocado una sonrisa. Y eso ya es bastante por los tiempos que corren.




Jonny Hallyday se calló para siempre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Creíamos que había sido capaz de vencer a lo inevitable. Que le había plantado cara a su destino y que seguiría cantando desde los escenarios multitudinarios con su voz quebrada que subrayaban como si fuera abéñula mal pintada las facciones cansadas, agotadas de gemir, de gozar, de amar. Johnny Hallyday no era inmortal como algunos pensábamos y se ha marchado dejando la leyenda del primer rockero francés, el belga que triunfó en Francia cuando la canción era cosa de amor, de talento, no de alquimia pesetera.

Tenía setenta y pico de años, la edad que tenemos todos los que hemos aguantado el rimmel del tiempo, el paso de los días, el paso de las luchas. Cantó casi hasta última hora con sus compinches de siempre, Eddy Mitchel y un etcétera de talentos. De lo que ya no existe. Francia, la Francia profunda, se ha quedado huérfana, de veras, sin el cachondeo de la frasecita mona

Y ustedes, analfabeto de la tele, me preguntarán que qué cantaba Johnny. No, no era una de esas cosas que ahora las casa de discos nos venden como genialidades del bel canto, que nos meten por los oídos sus voces que apenas llegan al micrófono, sin vida, apáticas en el mejor de los casos. Esos son los cantores, cantoras y toda esa mugre que nos imponen los mercaderes de estribillos pegadizos y mal compuestos. Gentuza que no entiende más que de dinero, no de música. Y entonces nos dicen que vayamos despacito, que ellos ya se encargan de llenarse los bolsillos.

Johnny era la furia, como Eddy Mitchel. Que je t’aime, que je t’aime…, decía con voz melosa, antes de pegar el grito liberador, con una orquesta que parecía tocar en la Capilla Sixtina.

Cuando ya el mal le agarró con toda la cobardía de los que se esconden para asestar una puñalada, Johnny recurría a las gafas ahumadas. No quería que le viesen los ojos, hundidos, a punto de estallar de la rabia que da lo infinitamente inevitable. Se negaba a que los demás viesen a la muerte que ya le acompañaba en los conciertos, en todos los conciertos, hasta en este último al que solo asistió la vida que se le escapaba.

Hasta que se acordaba de vivir, porque lo había olvidado como chirría en una de sus más bellas canciones. Bajo luces extraña, olvidaba de vivir, y su público, viejos, más jóvenes y chiquillas a las que se les caía las lágrimas escuchándolo, le gritaban su amor. Hasta el final. Imagino que en esta mañana de fiesta –en París es día laborable—más de un padre nuestro se habrá perdido junto a su casa, donde se olvidó de seguir viviendo pese a que nos había prometido que nadie podría con él, que a la enfermedad que le mandaba el puñetero destino la echaría de su casa.

Se ganó la fama a guitarrazo, chillando en el Palacio de los Deportes, donde le dejaran cantar.

Hace un millón de años, Jacques, el fotógrafo que me acompañaba en aquellos años en París, me llevó hasta la puerta de la Église de la Trinité en el noveno distrito, allí donde todo era posible. Bajo un sol primaveral que se parece al de esta mañana de luto, Johnny, jovencísimo crío casi rubio, con ojos que querían comerse el mundo, que se lo comieron, estaba charlando con algunos amigos. Ya no sé de qué hablamos. Era la época del twist, del rock, de la alegría, de la fraternidad, ya habíamos hecho nuestra revolución antes que la de Mayo del 68 y habíamos decidido que queríamos ser felices.

Johnny era feliz, feliz hasta la indecencia.

París conocía y empezaba a aceptar todos esos ritmos que llegaban desde el otro lado del mar, adonde se iba en trasatlántico, como el Titanic que nunca llegó. Porque su destino lo agarró y lo pateó en medio del océano.

Fuertes han tenido que ser los vientos, la tormenta perfecta, para que tú, Johnny, decidiera soltar la guitarra y morirte. Tío, que es una cabronada, que solo deben de morir los inútiles, los que no nos aportan nada. Pero tú, que nos llegabas al alma…

Tiempos de la Trinité, cuando ya París empezaba a llenarse con la voz de aquella chiquilla que quería ser la más bella para irse a bailar, de Sheila, que todavía canta, que todavía sufre.

Sobran las palabras. Cantemos aunque no sepamos, o mejor recemos, es tiempo de entonar un padre nuestro aunque no estés en el cielo, un padre nuestro salido del fondo del hígado.

Salut, Johnny, todo el mundo te amaba. Todos te echaremos de menos. Te voy a poner un bolero, Johnny, para que te acompañe allí donde puñeteramente vayas.




Cher Hércule Poirot

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tormentosas falsas frígidas las ladys que pueblan la obra fuerte e inimitable de Agatha Christie, la dama inglesa del misterio, casi contemporánea de Jack el destripador. Todas frente al talento de un boy particular de esas damas, el detective que todo lo sabe y todo lo adivina, el belga Hércule Poirot, ridículo en sus facciones, en su cuerpo y en sus pantalones a la Charlot, dominados por un bigotillo predaliniano. Hablo del británico David Suchet, que lo encarna de la forma más sabrosa desde siempre.

Poirot, belga de nacimiento, que emascula sus conversaciones con las damas que siempre son culpables y los elegantes del momento siempre amantes por compasión con cuatro palabritas en francés que rubrican su procedencia y su natividad.

Poirot es el payaso de esas damas, el que con una sonrisa de esfinge recién desenterrada las confiesa a todas, a las criminales, siempre hay una, a las adúlteras, casi todas, y a las que pensarían hacerlo pero no se atreven porque el protocolo es lo que es.

Poirot es en la obra de Agatha Christie el boy indispensable para resolver los misterios que se esconden en la niebla noble de los salones plagados de encaje antiguo e ideas muy modernas. El indispensable ejecutor perverso. Porque los amos, los ingleses, necesitan que se les castigue al final, cuando ya se han hartado de pecar.

Frigidas en apariencia, siempre alocadas, temperamentales para el amor como para el crimen y siempre seductoras, todas esas damas y damiselas que le rodean dejaron de serlo a manos de lords o gañanes, que las ocasiones las pintan calvas, en el silencio polvoriento de una mansión lejos de Londres o en la estrecha cabina de un barco que corre por el Nilo y hasta en la tienda de campaña montada al lado de los huesos del último sirviente del penúltimo faraón de Egipto. Mientras, Poirot permanece con la bragueta inexpugnable capaz de resistir a una Lady Chaterlay en celo.

Encaje antiguo de bragas holgadas y pacientes por las que ya se colaba el pecado del amor, el más viejo del mundo, en los panfletos demoledores de Emile Zola sobre una cierta sociedad parisiense.

Encajes antiguos y ambiciones de siempre en la mente enfermiza de Agatha Christie, que encuentra en Poirot el indispensable boy que todo inglés o inglesa bien nacidos tenía que tener a su lado, para cargarlo con todas las ridiculeces del mundo a cambio de concederle un cerebro, enorme, casi deformado, para resolver la vida criminal de aquellos hijos del Imperio Británico, que no eran ajenos al sempiterno pecado de la carne.

Eran tiempos de guerra, guerras coloniales como las amaban los británicos que siempre lucían unos cinematográficos uniformes color de sangre, como la que no vacilaban en derramar sus soldados, sangre ajena, claro, si posible de indígena, por la Reina. Y se inflaban de ginebra a la que tampoco hacían asquitos, afirma la leyenda, en Bunckingham Palace en Londres.

Poirot es el perfecto boy inteligente, ma non troppo, seductor, seductor, diabólico en el fraseo de David Suchet, encargado de limpiar la cubierta de todos los barcos que sus amos, los remilgados británicos del Imperio, no olviden nunca el Imperio, ensucian con la sangre de otros y las cenizas de cigarrillos egipcios o puros quien sabe si cubanos.

Tiempos de pasear por Oriente Medio, donde un día los british sellarán el triunfo de los judíos dándoles una nación donde estaban, están, las tierras de los indígenas palestinos, que siglos después, seguirán siendo los parias que apenas servían para cargar piedras en las excavaciones, para fregar y algunas veces, pero pocas, para servir un martiny dry. Los hijos y las hijas del Imperio sin Dios preferían para menesteres tan exquisitos a los indios que habían aplastado, masacrado en tiempos de grandeza.

Hay que reconocerle a Agatha Christie, amén de su talento para encorsetar intrigas minuciosas, con encaje de bolillo, el haber asentado en el público europeo y americano la imagen del árabe sometido, porque no servía para otra cosa, frente a los poderosos amos ingleses, que ni siquiera tienen una Scarlet O’Hara para hacernos sonreír.

En medio de esa jauría, Hércule Poirot es el extranjero siempre detestable pero necesario, el belga, más o menos nada al cambio de la época en que transcurren esas historias, que limpia, hay que repetirlo para no olvidarlo, las porquerías de los impecables amos ingleses, ellos capaces de cometer las más horribles fechorías sin que les tiemble la pajarita y aellas de asistirlos, arrastrar los cadáveres sin que tengan que alisarse las medias una vez terminada tan penosa obligación.

Poirot es el gordito ridículo pero indispensable que además hace reír a esas damas con sus bigotes engominados. Era un juego macabro de poder. El Imperio, que argumenta con armas y diplomáticos sin escrúpulos, contra la sencilla inteligencia de los otros europeos, los del continente, como notre ami Hércule Poirot.




Chelo Alonso: Mi Ernesto Hemingway antes y ahora

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cubana despampanante de las que por aquel entonces no se estilaban mucho, a Chelo Alonso la conocí por aquellas fechas en un pisito muy mono que tenía en ha rue Balzac, una calle que desemboca en los Campos Elíseos de Paris. Era el tiempo de las mujeres de bandera en la cartelera del teatro Folies Bergère de Paris y ella acababa de corear un rutilante triunfo que la llevó a la primera plana de la prensa nacional. No se olviden que aquellos años 60 eran los del glamour en un París permisivo donde, pese a que un policía con metralleta podía pedirte la documentación en cualquier momento por un sí o por un no (la guerra de Argelia por ejemplo), las mujeres no trataban más que de ser mujeres y los hombres puros hombres.

Con un cuerpo de película, que por cierto hubiese enamorado a Fellini, adorador de las bellezas exóticas como la de Anita Ekberg, Chelo Alonso era, además, inteligente. Las piernas larguísimas y orgullosas las tenía para bailar, su boca carnosa que daba paso a unos ojos de ensueño estaban para enamoran. Pero pensaba y solita.

Nos conocimos, nos hicimos amigos y un día me contó lo que yo contaría en un bonito reportaje muy azucarado como mandaba la época.

Aunque me enseñó multitud de fotos y su hermano Tony me juraba que todo aquello era verdad, todavía hoy no se si su idilio con un sultán, de ]ahore o algo así, era un mero montaje publicitario de los que tanto se llevaban en la época o una historia autentica de Cenicienta canibeña.

Me decía la muchacha que durante una nepresentación en Singapur se había presentado en su camerino un admirador que la saludó con la sencillez que sólo da el tener mucho y dinero y en forma del ramo de flores mas estrambótico de la ciudad y unas cortas palabras: “Soy el Príncipe Abdel Ramán”. La cosa, como ya se imaginarán, no tardó en convertirse en un idilio que yo pienso debió ser volcánico, aunque imagino que no había volcanes en aquel sultanato del fin del mundo. Pero, me contaba Chelo con aquellos labios de coral que me traían loco, el Parlamento donde mandaba su amante se reunió y en menos de lo que se tarda en cortarle la cabeza a un infiel dijo que no. Y después de muchos dimes y diretes, juramentos y un sinfín de suspiros, a los dos tortolitos no les quedó más remedio que separarse. Porque, fíjense qué malvados eran aquellos políticos locales: querían que la cubana renunciarse al baile que Dios le había dado como don.

El caso es que los parlamentarios estaban un poco escamados ya que parece ser que en tiempos casi inmemoriales el abuelo del enamorado sultán había estado a punto de contraer matrimonio con Dorothy Lamour. Pero, según me contaron, la actriz norteamericana prefirió finalmente los estudios de Hollywood al harem. En cuanto a Chelo, se puso en jarras y dijo que el baile era el verdadero amor de su vida y que no pensaba dejarlo por ningún trono, por muchas esmeraldas que le dieran. Y se despidieron en Calcuta, donde todavía no se hablaba de Madre Teresa ni de Santa Lady Di.

Revisando estos artículos me doy cuenta de que cuando se publicó éste alguien metió las tijeras y cortó lo más sabroso.

Yo me había hecho muy amigo de Chelo y un día su hermano Tony, que no era lo que podríamos llamar un macho cabrío, me invitó a una fiesta de la que solían dar en el pisito de la Rue Balzac. Cuando llegué, el salón estaba a media luz y aunque distinguía bultos no ví nada de anormal. Poco a poco, y con ayuda de la artística iluminación que empezó a sacarme de las tinieblas ví con la  natural sorpresa por parte de un tierno infante como yo que aquello era una reunión de travestis del más racio abolengo. En medio del maquillaje y de las sedas que cubrían a unos y a otros podría haberme creído en la película  Priscila la reina del desierto, pero como nadie la había rodado todavía tuve que acelerar mi imaginación. La reunión era de lo más exquisito pero al cabo de un rato, el tono de las conversaciones me hicieron comprender que aquello era más bien una especie de ceremonia en la que unos y otros (¿o quizá debería decir unas y otras?) esperaban que yo sería la víctima propiciatoria o como diablos se diga. Vamos, que me iban a degustar en medio de una orgía de champaña. Como yo era tan tan inocente me senté y traté de entablar una conversación sobre los últimos acontecimientos, que por cierto no recuerdo cuáles eran. Creo recordar, pero la memoria me falla cuando quiero, que algunas manos empezaron a explicarme no sé qué sobre otra manera de concebir el sexo que yo, católico inocente, no imaginaba más que entre una mujer y un hombre. Aquellas locas, y perdón por las verdaderas locas, querían convencerme de lo contrario. Entre la marimorena de rimmel y labios escupiendo violentamente churretones de rojo –que ni siquiera se ponía una prostituta argelina amiga mía a la que habían asesinado un mes antes de un tiro en la cabeza en un bar de la plaza Pigalle—reconocí algunos rostros de supuestos machos que se desempeñaban como embajadores de algunos países latinoamericanos en París. De pronto, recuerdo como en un sueño, apareció una mano que tiró de mí. Era Chelo que se había percatado de que los lobos se relamían con la perspectiva de comerse al rico corderito (no olviden lo buenísimo que yo estaba entonces o si no relean la crónica sobre Brigitte Bardot). Me encontré en su dormitorio donde permanecí toda la noche. Al día siguiente, una  vez pasado el peligro, me dejó que saliera corriendo por la rue Balzac hacia el metro más cercano, en los Campos Elíseos.

Nunca volví a verla. Amigos comunes me contaron en cierta ocasión, hace años, que estaba haciendo una bonita carrera cinematográfica en Roma y que había tenido un hijo. En realidad llegó a rodar en Italia hasta 1966 por lo menos veinte filmes y entre ellos aquella magnífica realización de Sergio Leone Il buono, Il brutto, Il cattivo que dio paso a un nuevo tipo de película del Oeste y no fue en ningún caso como pretenden los maleantes del cine que se creen críticos el western-spaghetti.

Lo que nunca sabría Chelo es que gracias a ella, y quizá también a sus ojos que deslumbraban como las farolas de los Campos Elíseos, un día quise conocer su tierra, Cuba. La muchacha había sido mi Ernesto Hemingway antes de hora. A veces la recuerdo con toda esa infinita nostalgia de que sólo son capaces los brasileños y que tan bonitamente describen como  saudade.

Miren lo extravagantemente bella que sería que consiguió hacer perder los papeles hasta al autor del sesudo Dictionnaire du Cinéma (París), que tiene unos juicios tan jocosos como los discursos del General de Gaulle, lo que entenderían sin rechistar si hubiesen conocido al que fuera el más militarote Presidente de Francia. En ese tan indispensable diccionario, Jean Tulard se suelta el pelo cuando cita la biografía de Chelo Alonso y la describe en pocas líneas pero con mucha fuerza y pasión. Dice que la cubana pasó fugazmente por el mundillo de las películas de corte histórico italianas, “que incendió con su sombría belleza y una sensualidad que deja patitieso”. Ya ven que no he exagerado al hablarles de ella.

 




Cuba: rollo o lectura

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Los cubanos han dado una lección al mundo al demostrar que es necesario, imprescindible, para la salvación de nuestra sociedad que siga habiendo periódicos de papel, y no solamente los llamados digitales, que solo son vistos en las pantallas de los ordenadores. El diario Juventud Rebelde refiere que actualmente en Cuba hay una crisis del papel utilizado en los retretes, es lo que el articulista llama socarronamente “el rollo de los rollos”. Porque se trata de que la producción de este indispensable producto (“se ha suscitado preocupación por la desaparición del papel sanitario de las tiendas de La Habana”) siga al natural consumo de papel higiénico, que se ha acrecentado con la avalancha de turistas que conoce desde hace un tiempo Cuba.

Hay una sola empresa encargada de abastecer a la población y a sus visitantes y su director ha explicado a Juventud Rebelde que están empleando una tecnología moderna, con asesoramiento de técnicos italianos, para que nadie que vaya al baño se encuentre sin rollo.

La consigna podría ser rollos para cada cual según sus necesidades. Una apuesta totalmente revolucionaria que implica cientos de miles de rollos. Ya sé que parece una bobería, una broma escatológica pero nosotros también, en el opulento primer mundo hemos conocido el drama de no encontrar un rollo a mano en el preciso momento en que se hacía imprescindible.

La relación del rollo con su utilizador puede adquirir matices de una intimidad que nadie puede medir cuando los dichosos rollos circulan con abundancia y sin reparo. Según Juventud Rebelde, para el año próximo, Cuba necesitará 96 millones de rollos de papel sanitario. Casi nada. Una auténtica hazaña, fácil de lograr si los italianos consiguen que la nueva maquinaria no de más disgustos y que todos los cubanos y sus turistas puedan ser iguales ante la defecación.

En el mismísimo París, la capital del lujo, la capital del champán, la capital de todos los placeres mundanos y extrasensoriales hubo un tiempo en que una parte de su población apenas conocíamos de oídas la existencia de esos rollos maravillosos, primorosos, suaves y en ciertos momentos el no va más de la voluptuosidad. Ocurría a finales de los años cincuenta, 1957 para ser más exactos, y duró un cierto tiempo.

El que suscribe vivía en un apartamentito, estudio se llamaba, en el 21 de la rue Rodier, en el distrito noveno de París. No teníamos cuarto de baño, por supuesto, pero podíamos arreglarnos yendo a los baños árabes, hammans, que se encontraban casi a un tiro de piedra.

La rue Rodier se ha revalorizado con el paso de los años y hoy los pisos vuelan sobre precios astronómicos. Pero en aquellos tiempos, mi pisito y yo no teníamos retrete que nos amparase una necesidad. En los 50-60 del siglo XX, los váteres estaban situados en el descansillo, antes de entrar en casa y lo compartíamos con dos inquilinos más creo recordar.

Y no se asusten porque Europa tardó mucho en estar a la altura de las exigencias sanitarias mundiales.El caso es que nosotros teníamos el retrete a la puerta de casa, a condición de que el vecino no lo necesitase en el mismo momento. Pero lo peor era el rollo. Sí, el rollo de papel blanco o rosa pero infinitamente agradable para terminar una sesión sentado. Y recurríamos a los periódicos, como en muchos lugares de la Europa Occidental, porque no les puedo decir qué ocurría al otro lado del muro del comunismo, es decir, en el Este.

El papel de periódico, debidamente cortado y hasta empaquetado constituía el complemento indispensable para realizar confortablemente lo que genéricamente se llama las necesidades del intestino. ¡Cuántos periódicos habremos leído en ese ensimismamiento, cuando se espera con angustia con los calzones bajos! Podría decirse, aunque no nos diéramos cuenta entonces, que defecar se convertía también en un acto de lectura. Eso sí, había que tener cuidado al cortar el papel de periódico. Otros dejaban los diarios enteros para que la lectura fuese más agradable.

¡Cuánto aprendimos, cómo nos informamos en aquellas a veces tediosas esperas!

Es tan cierto, que algunos fabricantes de los modernos rollos, que no permiten en principio ninguna lectura, han tenido la idea de fabricar modelos con mensajitos y otras pijadas. Pero lo realmente útil y hasta agradable sería que las hojas blancas viniesen con las principales informaciones del día e incluso algún comentario para meditar.

Me parece muy justo que los cubanos se quejen de la falta de rollos. Pero mediten ustedes y ya me dirán si aquellos periódicos convertidos, recortados, para las necesidades de defecar no tenían su encanto. Sobre todo cuando te caía un trozo de comentario que no acababa y te ponías a buscar afanosamente entre el papel restante la continuación del cuento…

¡Qué cultura aquella!




Armando Hart Dávalos Honremos a un pensador trascendente

José Dos Santos | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Mi generación lo conoció como uno de los responsables de la Campaña de Alfabetización, en 1961, cuando era el más joven ministro del naciente Gobierno Revolucionario. Se sabía de su relevante papel en la lucha antidictatorial, durante la que sufrió persecución y cárcel y que a partir de esos años fue un adalid de las ideas justas. Así le recordaremos siempre. Desde joven en las primeras filas de dirigentes que trabajaron por la unidad del pueblo cubano en pro de aspiraciones y principios revolucionarios, su labor pública más relevante estuvo centrada en el componente subjetivo de la nación, el de los valores y la superación humana, primero desde el Ministerio de Educación, luego en el de Cultura, a cuya fundacion contribuyó en 1976, y en los últimos 20 años como Director de la Oficina del Programa Martiano y Presidente de la Sociedad Cultural José Martí.

El periodismo y la prensa estuvieron entre sus intereses primordiales. Como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba al hacer la clausura del Tercer Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), en 1974, aportó criterios, sugerencias y valoraciones que conservan extraordinaria vigencia hoy, en momentos del balance definitivo de su vida,

Se ha señalado con toda justeza que a su extensa obra intelectual, de honda raiz martiana y fidelista, tiene un lugar destacado entre lo mejor del pensamiento revolucionario cubano.Esto también es válido en el ámbito de una profesión que hizo suya, como diría el poeta, haciendo camino al andar, ensayos y artículos, entre los que destacan los que publicó regularmente en la revista Bohemia.Hace mas de 40 años daba como tarea al periodismo cubano descubrir lo nuevo que surge y que debemos trabajar constantemente, trabajar por mejorar, explicarlo al pueblo, mostrar lo que cada sector del propio pueblo construye.

Nos decía en 1974 que el ejercicio de la función periodística, en un país socialista, no es cuestión que atañe, exclusivamente, al periodista o al órgano de prensa. Es un problema de toda la sociedad. Exhortaba a alentar el espíritu crítico y autocrítico, como un arma poderosa para vencer dificultades y descubrir soluciones y aseveraba que no habrá periodismo completo si no fortalecemos, como un principio y una práctica diaria, el deber del periodista de buscar la información. En ello otorgaba principal papel también a  los que tienen responsabilidad en las fuentes de noticias, una deuda aún pendiente en la sociedad cubana.

Años después tuve la oportunidad de entrevistarlo y seguir a partir de entonces, de forma regular, sus criterios e inquietudes en diversos campos.Corría 1994 cuando de aquel largo diálogo nacía «Embates contra la nacionalidad cubana», que publicó en dos partes «Siempre», semanario mexicano de gran formato, a quien poco antes Fidel había felicitado por su aniversario 40 y sería un vehículo de opinión en el que el tratamiento del tema Cuba es equilibrado y objetivo.Por entonces Hart advertía sobre los peligros que amenazaban la existencia de la nación cubana y se manifestaba dispuesto a conversar con emigrados para ver cómo enfrentar juntos ese grave problema. Ahora releo lo expresado por aquel inquieto y actualizado pensador, abierto a la polémica y al análisis y tiene una extraordinaria vigencia ante la regresión que impone la actual política imperial en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Este material, como muchos otros nacidos de su quehacer en defensa de la identidad y cultura nacionales, refleja ideas trascendentes de ese intelectual que constituye referente de sabiduría y patriotismo válidos no sólo para los periodistas cubanos.




El tiro de Getúlio Vargas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“Luis apartó con el dorso de la mano los billetes de avión y echó una ojeada a las últimas notas de servicio de la redacción central de Bruselas y a las últimas ediciones de los diarios brasileños. Encima del montón de papeles, unas líneas de su secretaria le guiñaban una sonrisa : « Boa noite. Até amanha ». El ordenador seguía encendido. Luis giró su sillón y empezó a teclear. Sabía que era lo último que escribiría. El jueves debía regresar a Bruselas y su aventura de cuarenta años de periodismo activo acabaría.Pero antes, el miércoles, tenía previsto asistir a una de las primeras representaciones de la Opera de Manaus, inventada por los viejos barones del caucho, que en el siglo XIX, ya ni se acordaba exactamente, construyeron para su recreo, cachondeo y pruritos sexuales un teatro suntuoso que podía compararse con la Opera de París. Solo que ese teatro estaba enclavado en plena selva amazónica. Su secretaria le había hecho una reserva en el último vuelo del día para Manaus.

En Brasilia, el cielo estaba negro y el aparato de aire acondicionado se peleaba perezosamente contra el calor cuando acabó la última línea. Pulsó la tecla que enviaba a la Redacción central de Bruselas y se levantó. El ascensor le llevó al piso catorce, desde cuya terraza se tenía una de las más bellas vistas de Brasilia. Vio el lago Paranoa, la avenida que todos los días le conducía a Planalto, el palacio presidencial.

Una secretaria de un edificio vecino tuvo que ser atendida por un médico cuando el cuerpo se estrelló entre flores amarillas y verdes, a orillas de una palmera imperial y a dos pasos de ella.

El Redactor jefe de « Bruxelles Soir » no podía dar crédito a la corta información que acababa de aparecer en su ordenador procedente de Brasilia. La firmaba su corresponsal en Brasil, Luis Guevara, y decía así : « El periodista Luis Guevara, corresponsal en Brasil de « Bruxelles Soir », se arrojó esta noche desde el décimo cuarto piso del edificio donde tenía su oficina en Brasilia”.

En declaraciones hechas a sí mismo antes de suicidarse, Luis Guevara afirmó que su vida había dejado de tener sentido ». Rápidas verificaciones con la policía de Brasilia confirmaron el suicidio. El Redactor jefe, que había odiado toda su vida a Luis, llamó a su más fiel chupatintas : « Escríbeme un artículo subrayando que es una gran pérdida para el periodismo mundial, bueno, no exageremos tampoco, para el periodismo europeo, ochocientas o mil palabras con fotos y una llamada en primera plana… Ah, y olvídate de su nota absurda.

Subraya que desde la larguísima crisis monetaria que atravesó Brasil estaba sumamente estresado y que es probablemente el cansancio lo que le llevó a ese desenlace ».

Estos párrafos son el final de uno de mis libros, “Último vuelo para Manaus”, mi eterna novela, escrita y reescrita con los mismos personajes, otras situaciones, pero siempre mis obsesiones en el centro. Obsesiones, la vida, la muerte, la manera de acabar, la forma de empezar, por qué hay que someterse, por qué debemos resignarnos. Qué diferencia hay entre el nacer y el morir, entre el perder y el ganar. Cuando se es un peliculero se llega a esos extremos.

Brasilia fue un momento decisivo, quizá el que podía haberlo cambiado todo. Brasilia es la ciudad que te ofrece todas las posibilidades porque no tiene ninguna que ofrecer, porque es una planicie en una antigua sabana donde dicen que solo había serpientes medio atontadas por el calor y arbustos más raquíticos que los nordestinos que llegaron en masa para hacer realidad los planos de Oscar Niemeyer y Lúcio Costa. El marco ideal para reflexionar, pensar y, sobre todo, para que tu voz resuene en el desierto de un país que construyó esta ciudad mítica, sin parangón en el mundo, como una forma de castigar a los políticos que en Río de Janeiro llevaban la vida tropical de Carmen Miranda, siempre de farra, de bar en bar, de prostíbulo en prostíbulo. Esto es lo que decían algunos, claro, los más perversos.

Brasilia se les ofreció como la opción redentora si realmente querían seguir siendo políticos, seguir gobernando. En Brasilia no hay nada a priori que tiente los sentidos de quienes no tienen que hacer más que gobernar algo que ya está gobernado, transitar por pasillos de moquetas profundas y cuatro restaurantes de altos vuelos, al menos eso es lo que había cuando yo llegué para vivir tres años de mi propio exilio, por gusto de santificarse. Porque Brasilia invita a la meditación, porque allí están todas las religiones. Puedes adorar sobre todo a Jesús que se paseaba en todos los taxis y aparecía en momentos de desesperación cuando la gente pobre –los ricos no lloran—se desesperaba y le pedía que volviese a la tierra. Nadie parece tener confianza en Dios, el padre que le dejo crucificar.

Alguna vez estuve en la inmensa estación de autobuses donde grandes cartelones con un tosco retrato de Jesús se pedía justicia.

Por supuesto que los políticos no estaban allí. Me pregunto si saben que existe ese tráfico de autobuses para todo el país. Ellos tenían un lindo aeropuerto, moderno, funcional, casi de juguete, en el que todos los viernes por la noche, cuando acababan las “labores” en los distintos entes gubernamentales o en el Parlamento, el que más y el que menos salían de estampida para Sao Paulo. Y no les digo si estaban malitos. Había un dicho que todos repetíamos con el temor de la superstición: “El mejor hospital de Brasilia está en Sao Paulo”, la ciudad tentacular, de veinte, treinta millones de personas, donde la violencia es indefinible, donde muchos grandes hombres de negocios circulan en helicóptero para tratar de evitar el secuestro, el tiro.

Pensabas encontrar la fe en Brasilia y no pudiste. Ni siquiera Evita Perón, transformada en una especie de diosa en una capilla de culto esotérico, pudo ayudarte. Pensaste en hacer quizá lo que cuentas en esa novela de “Último vuelo para Manaus”. Pero no tuviste valor.

Un día, en Brasil, te metiste sin pensarlo en la casa museo de Getulio Dornelles Vargas, un tipo que fue cuatro veces presidente de la República y que se suicidó en el cuarto que tenía en su residencia de Catete el 24 de agosto de 1954. Los demás políticos, la eterna oposición, querían que dimitiera, lo acosaban para que dimitiera. Y dimitió a su manera.

Su habitación parecía oler todavía a la pólvora del disparo, porque nadie se suicida con más que una bala, a menos que sea un descuidado y tenga que repetir suerte. Ni siquiera en la ruleta rusa. Pasé un buen rato, más de lo que hubiese querido, contemplando la cama, las cosas que querían dar vida a la habitación del hombre que tuvo el valor de decir no, hasta aquí hemos llegado.

La tarde tropical había caído ya sobre el Catete y fue un guardián del museo el que me obligó a marcharme.Durante todo el rato, entre velos de tul, me pareció verle tendido en la estrecha cama, amortajado.Vagué muy tarde por el barrio, sin siquiera buscar un bar para guarecerme de la impresión. Al día siguiente me dijeron que había sido una imprudencia, que era uno de los barrios más peligrosos de Río de Janeiro. Seguro que exageraban. Pero, en todo caso, sabía que no hubiera podido pasarme nada. Acababa de estar con Getúlio Vargas. Pero cuando regresé a Brasilia nunca subí a la azotea de la torre donde estaba mi oficina. Creo que eran catorce pisos. O tal vez menos.




Woody Allen, sastrecillo valiente

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Woody Allen es seguramente un hombre adorable, en todo caso muy fino, cuco, como decía mi papá, y hasta es posible que tenga la suerte de acabar en olor de santidad sin que le metan un proceso a lo Salem por algo referente al amor. A sus más de 80 años, edad respetable pero no respetada, el cineasta ha rodado una película más, “Wonder Wheel”, años ochenta en Nueva York, siempre Nueva York, para contarnos una verdad inmensa que la gente de su edad conocemos: vamos por la vida a la velocidad que podemos metidos en un automóvil que apenas podemos guiar. Alguien lo guía. Destino, puñetero destino.

Es muy importante mentirnos a nosotros mismos para sobrevivir, dicen que ha dicho. Con esta apostilla: Si dices la verdad es duro… Cualquier cosa que te saque de la realidad es buena.

Woody Allen sabe de lo que habla. Aquella muchacha que adoró y que encumbró, Mia Farrow tiene ya 72 años. Qué frágil, qué delicada estaba en la película de Roman Polanski Rosemary’s Baby. Y luego en las de su propio compañerol Woody, Broadway Danny Rose, fuerte, fuerte como un café seco al amanecer de una noche húmeda, como una vida en la que no sabemos poner los puntos y comas. Y luego en la deliciosa Hanna y sus hermanas.

Todo era lindo, maravilloso, hasta que un brujo nos advirtió: Nunca serás feliz si no chillas. ¿Por qué creen ustedes que los niños berrean al nacer? Porque saben que tienen que rebelarse contra la vida que le han escrito, que les ha escrito algún mago maligno. Hasta que caes herido de muerte en la trinchera de una calle por un inmisericorde infarto o cualquier otra broma.

Agrega Woody Allen que cualquier cosa que te saque de la realidad es buena. Y entonces, él, como algunos de nosotros que nunca tendremos fama, dinero, amor y algo más, se iba tranquilamente al cine para que desde la pantalla le contasen historias, es decir, mentiras piadosas. Me pregunto, las mañanas de comienzos de invierno con veinte grados centígrados a la sombra tienen esos efectos secundarios, me pregunto si los palestinos se meterán en el primer cine que encuentren para ahogar las penas de no ser más que los súbditos del gran Estado de Israel. Y de llevar cuarenta años como lacayos de una rastrera política mundial que dirigieron primero los británicos y luego nuestros queridos amigos norteamericanos.

Mi secretaria, que tiene 32 años y la voz esa con la que te susurraba Joan Crawford en una película en blanco y negro que veías en tu cine de barrio para aliviar la angustia que te había atenazado al amanecer. Aquel día tuve que esperar hasta la primera función en aquella isla africana donde nací para meterme en el gallinero del cine Apolo. Estaba yo solo. Y las voces de los actores las tenía solo para mí. Y ellos, como siempre, me decían que no fuera tonto. Que todo el mundo me quería. Que mi papá, por muy coronel que fuera, era un tierno que me adoraba.

Mentiras, querido Woody Allen, mentiras como las que tú también me has contado cuando me hiciste creer que Mia, sí, Mia Farrow, ponía aquellos ojitos en Hanna y sus hermanas solo para mí. Que me mandaba mensajes que nadie más, por muy lleno que pudiese estar el cine, nadie podía entender. Fui un privilegiado en toda mi adolescencia porque tenía un montón de amigos que con solo una entrada de cine me consolaban, me alegraban y me daban fuerzas para regresar a casa, no hacer caso a aquella mocita de amarillo vestida que me consideraba todavía un niño.

Como en una película de Woody Allen, volviste a tropezarte con aquella silueta que te enamoraba desde que tu niñera te contó que quería decir enamorarse. Los dos ya erais mayores. Los dos habíais vivido toda una vida, larga vida, tratando de esconderse siempre de ese puñetero destino trazado y apuntado en sus menores movimientos, como una buena partitura de Mahler. Entonces te dijo que sí, que te quería, que siempre te había admirado, incluso cuando llorabas por las esquinas.

Mi bonita secretaria me pasa una nota: “En los territorios palestinos no hay prácticamente cines”. Adiós esperanza, buenos días tristeza, que hubiese dicho Françoise Sagan cuando conducía como una loca su pequeño descapotable inglés. Condujo y condujo hasta que se le acabó la cuerda que le dio el destino.

En la búsqueda del cero infinito, del edén que ninguno tenemos, del paraíso de la tranquilidad, de la playa de Cojimar que a mí me pareció tan descuidada cuando llegué por la primera vez a La Habana… Ni siquiera estaba mi pescador, otro engañado de la vida, al que le dejaron pescar el pez de sus sueños para ir quitándoselo poco a poco, a dentelladas, mientras remaba como un poseso para volver a la playa. Embustero Hemingway.

En esa búsqueda del olvido, de la pantalla blanca me cayó en las manos un libro de John Le Carré que yo había leído sin leerlo. Porque no me había dado cuenta de que su presuntuoso sastre de Panamá, que quiere apabullar a todos los grandes de ese extraño país es un angustiado como todos nosotros.

Él no conocía a Woody Allen cuando JohnLe Carré lo hizo protagonista de uno de sus mejores libros. Razón de más para no saber cosas sobre el destino. Pero de instinto él sabía que mentir a lo grande era la mejor manera de conducir su carro entre ambiciosos sin cuartel y orondos defraudadores de todo. Él, el pobrecillo sastre, que se encuentra en el centro de una intriga rocambolesca mundial. Y entonces, para sobrevivir, cuenta al agente británico que quería saber más que dios, todo lo que él y los suyos quieren escuchar. Se inventa hasta su pasado, su presente y mil complots que va enrollando en sus confidencias al agente que tanto dinero le ha prometido.

Sabía el sastrecillo, pero no el del cuento infantil, que para sobrevivir había que mentir. Y él inventa e inventa, y no deja de inventar… Como el mismísimo Woody Allen.




Aquellos años de Paseo Recoletos, 16

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Corrían los años ochenta, época de la contracultura surgida durante los primeros años de la Transición de unaEspaña posfranquista. En aquel entonces, un sevillano llamado Felipe González tomaba las riendas del país. Adolfo Suárez, hombre clave de la transición política española, cedía el poder a Leopoldo Calvo Sotelo. Estábamos en plena época de las musas del destape; Un destape representado en cierto modo por una revista española que marcaría una revolución dentro del llamado periodismo de investigación. En 1980 “Interviú” rompe todos los moldes morales establecidos cuando aterriza en los kioscos con su más que “histórica” portada. La vocalista del grupo musical español Olé Olé, Marta Sánchez, aparecía totalmente desnuda y en su interior la revista titulaba: “España se volvió loca con Marta Sánchez”. De una forma u otra, una sociedad, la española, empezaba a cambiar.

Por aquel entonces el Paseo de la Habana de Madrid amanecía al son del “Último de la fila” y de los goles de aquella plantilla del Real Madrid capitaneada por Hugo Sánchez y Emilio Butragueño.Estábamos a pocos metros de Calle Apolonio Morales 31 y desde allí se oía como aquel equipo blanco marcaba la historia del Santiago Bernabéu. No hacía falta comprar una entrada para asistir a aquel gol ante el Logroñés, pues aquella chilena espectacular del mexicano resonó en aquel estadio situado en plena avenida de Concha Espina.

Así fue como empezaron mis primeras impresiones de una época nueva para España y yo inmerso en el medio periodístico; literalmente lo he mamado desde bien pequeño. Recuerdo perfectamente cuando con doce o quince años subía aquellos siete pisos del Paseo de Recoletos 16. Allí tenía su sede la sucursal española de la Agencia France Presse, capitaneada por el periodista francés Bertrand C. Bellaigue.

En aquellos momentos, los corresponsales estaban sumergidos por la lenta agonía de Salvador Dalí. Aquel maravilloso personaje, orgullo de la pintura universal, no terminaba de morir. Era como si hubiese hecho un pacto con la misma muerte.

Recuerdo que por aquel entonces uno de los informadores que solía cubrir el festival de San Sebastián, Javier Celigüeta, decía con cara de pocos amigos: “Este pintorcito va a ser un dolor de muela. La puta que lo parió…” Rodeado por el humo de un cigarrillo Habanos a medio fumar, aquel delgaducho hombrecito tecleaba una de las tantas versiones que no terminaba de entregar a su director adjunto. De repente, el veintitrés de Enero de 1989, aquel “pintorcito” se apagaba, dejando por fin a aquel cronista entregar su nota definitiva.

Con la desaparición del inmenso pintor Salvador Dalí llegaban otros tiempos y otra forma de entender la sociedad española. Aquella juventud ochentera se dejaba ahora seducir por Telecinco y su programación estrella, en la cual destacaban “La quinta marcha” (presentado por Jesús Vázquez) y la serie norteamericana del momento, “Beverly Hills”.Recuerdo que por aquel entonces un periodista almeriense, Rafael Martínez Durbán, escribía y presentaba un libro titulado “En la sombra del Rey”. Recuerdos de sus viajes como periodista encargado de esa misión en Televisión Española.

En los alrededores de aquel apartamento de Apolonio Morales era muy frecuente cruzarse con uno u otro artista pues a pocos metros de casa se situaba un restaurante de comida casera de altos vuelos llamado Arichuna que estaba presidido por dos estatuitas, una mezcla de sol con dragones mexicanos regado por una entrada de grandes hortalizas al cual volví a ir veinte años después de haber dejado el barrio para ser mayor.

No lejos de ese restaurante, en una esquinita existía un pequeño kiosco de color gris, donde solía comprar los periódicos el fin de semana. En ese emplazamiento se levanta hoy un banco y una agencia de artistasSubido en el autobús que recorre la calle de Apolonio Morales decido bajar hasta la avenida Concha Espina cerca del Santiago Bernabéu para adentrarme en aquel barrio de Serrano en el cual cursaba yo lo que antiguamente se llamaba séptimo y octavo de EGB. No lejos del colegio hispano-alemán me detengo frente a un edificio grande y blanco para comprar algo en un kiosco a pocos metros de la parada de autobús.

En ese lugar estaba mi antiguo colegio, el cual hacia esquina con una de las primeras casas de Isabel Preysler y donde solía cruzarme con una pequeña Tamara Falcó que solía ir de uniformen y falda a cuadritos. Hoy esta chiquitita niña se hizo grande y aquellas trenzas y ojos marrones dieron paso a una bella y refinada mujer de la alta sociedad madrileña.

Poco después, abandonaríamos Europa con dirección a una capital llamada Brasilia donde me formé como periodista, pero lo que paso en aquella ciudad del sueño forma parte de otro cuento que algún día relataré Sin embargo, aquellos cinco años pasados en Paseo Recoletos 16 permanecen en mi memoria como largos e inolvidables momentos.




Un año después de Fidel Castro, más preguntas que respuestas

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Dentro y fuera de Cuba, Fidel Castro sigue generando elogios, críticas y polémicas como si se mantuviera al mando de la nación, como si sus cenizas no se encontraran en lo hondo de una enorme roca de granito en el campo santo de Santiago de Cuba, donde descansan los próceres. Murió el 25 de noviembre pasado y sus partidarios repiten que él es la razón de ser de todo lo que para bien ha ocurrido en el país, cuando son más las preguntas que las respuestas acerca del futuro del socialismo al estilo soviético que él fundó. ¿Trascenderá el socialismo cubano –único en Occidente- a la muerte de sus fundadores, como la Iglesia católica a sus Papas?.

Con la intención de seguir un camino similar al de su hermano, el presidente Raúl Castro –86 años- encabeza una compleja política de cambios económicos, que puso en marcha después de asumir la jefatura de la nación en 2006, cuando Fidel se apartó de la vida pública por razones de salud.

Oficialmente se asegura que Cuba “avanza en la dirección prevista” y “el cambio generacional” anunciado a partir de febrero de 2018 –cuando Raúl entregaría la presidencia de la república como resultado de los comicios generales- “está garantizado” por las nuevas generaciones. Las transformaciones apuntan a un “socialismo próspero y sostenible”, según se afirma.

No obstante, la cotidianidad es menos categórica. Entre los ahora septuagenarios que siguieron a Fidel sin escatimar sacrificios ni riesgos, los sentimientos son encontrados. “No veo que avancemos como dice Granma (el periódico del Partido Comunista), ni siento que la gente esté optimista”, consideró el ingeniero Rodrigo F., mientras Guillermo M., tendero, opinó que “vamos bien, paso a paso, sí, pero bien”.

En las nuevas generaciones se registra en tanto una tendencia que favorece más el pragmatismo económico que el compromiso político. “Yo lo estoy echando todo en este negocio (alquilar a turistas un Chevrolet descapotable de 1959), ahora, si el gobierno me cierra (desde hace tres meses está detenida la entrega de nuevas licencias para el trabajo privado), me voy pal`carajo, porque no me queda nada que hacer en este país”, comentó Reynaldo P. 38 años, Licenciado en Economía.

Los cambios permitieron el resurgimiento de mini empresas privadas y cooperativas como complemento de la predominante gestión estatal, manteniendo el sistema de partido único. Los nuevos sectores abarcan 23 por ciento de la fuerza laboral activa, generan los mayores ingresos personales y han agudizado las diferencias sociales.

El año anterior la economía cerró con un decrecimiento de 0.9 por ciento y el gobierno admite que para enraizar su nueva política necesita un crecimiento sostenido de 5 por ciento, para lo cual requiere unos dos mil 500 millones de dólares de inversión extranjera directa anual, algo a lo que todavía se aspira.

Cuba es considerada una plaza de “alto riesgo” para la inversión extranjera, categoría reforzada por la agresividad del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, luego del inédito deshielo iniciado en diciembre de 2014 por los mandatarios Raúl Castro y Barack Obama, que siguió un curso ascendente hasta que el republicano se instaló en la Casa Blanca.

A un año de su muerte, el pensamiento político de Castro sigue desplegado. “¡Yo, soy, Fidel!” corean los jóvenes que asumen su legado en cuanto acto de recordación se realiza. Las consignas de su época se mantienen en un país que durante casi seis décadas aprendió a subsistir enfrentando a Washington y ha desarrollado una cultura de resistencia.  Pero los tiempos cambian y parecería que la gente aspira hoy a algo más que subsistir.

Hay cubanos que dicen haber pagado el equivalente a 200 dólares por el turno para solicitar una visa, viajar a cualquier país cercano, importar productos que escasean en la isla y revenderlos después. En estos momentos, la red de tiendas del Estado –única en el país- no comercializa mini split (acondicionadores de aire) que en el mercado negro son vendidos a unos 700 usd (el precio de costo en México, por ejemplo,  ronda los 300 usd). El salario medio mensual en 2016 fue equivalente a 29,6 usd.

Y en este contexto contradictorio –Cuba produce casi todos los medicamentos básicos que necesita, pero estos escasean por dificultades en la contratación en el exterior de materias primas a causa del embargo de EU y la pobre disposición de moneda fuerte-, el anticastrismo ve al fin “una buena coyuntura” para revertir el curso abierto por Fidel Castro y apuesta fuerte a que Trump acentúe las tensiones y la situación interna se transforme en una olla de presión, sin válvula de escape.

Los indocumentados cubanos fueron los únicos en gozar durante décadas de acogida casi automática en la Unión Americana –eran considerados “perseguidos políticos”-, pero Trump dio el portazo y si quieren ahora ir de visita o buscar allá una mejor vida, deben hacer las gestiones de visado, personalmente, en cualquier país que no sea su tierra natal.

Las alternativas a los cambios de Raúl Castro son varias. Algunos intelectuales hablan, sin sustento alguno en la isla, de un “socialismo democrático”, con menor peso del Estado en la vida nacional y la autogestión empresarial como presunta fórmula salvadora. A nivel de calle hay quienes sueñan con conciliar “lo mejor del socialismo y del capitalismo”, asociando el libre mercado a la educación y la salud públicas, así como a las políticas de protección social todavía vigentes Y el anticastrismo insiste en volver a cuando todo comenzó en 1959, con libre empresa, apertura al capital transnacional y multipartidismo incluido.

Fidel Castro sigue siendo un paradigma para la izquierda dentro y fuera de la isla, pero está por ver si sus herederos políticos serán capaces de aglutinar en las condiciones actuales –parecidas y al mismo tiempo distintas a cuando todo comenzó- a las nuevas generaciones y mantener el rumbo que él marcó.

 

 




La CIA y Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

La primera vez que tuve a Fidel Castro al alcance de mis manos fue en el patio del cuartel Moncada, allá en Santiago de Cuba, a donde me enviaron como reportero de última hora para suplir la ausencia de una estrella repentinamente indispuesta. Y allí, en el patio, se improvisó una conferencia de prensa porque en Washington Jimmy Carter había iniciado una especie de cruzada para sanear a la Agencia Central de Inteligencia y enviados especiales de varias cadenas televisivas estadounidenses querían conocer la opinión del político del Siglo XX que más tiempo estuvo en la mira de la CIA.

Castro apoyó la intención de Carter, aunque siempre he tenido la impresión de que el respaldo iba con el convencimiento de que el mandatario norteño no llegaría lejos en su empeño. Dicen que este señor, Fidel, veía lejos. “Él tiene la capacidad única de ir al futuro y regresar para contarlo”, afirmó en cierta oportunidad Abdelaziz Bouteflika, tan fidelista como iracundo antisoviético y anticomunista. Y parecería que el argelino tenía razón.

Hace menos de 72 horas, el diario El Nuevo Herald de Miami descubrió en los cientos de documentos secretos recientemente desclasificados por la Agencia, lo que medio mundo ya sabía: Luis Posada Carriles, uno de los principales exponentes del anticastrismo radical, “era informante de la CIA pero tan peligroso que la propia agencia lo tenía estrechamente vigilado. Lo entrenó y lo utilizó en sus planes para derrocar a Fidel Castro pero también para que espiara a sus amigos, otros exiliados cubanos anticastristas (…) y cuando explotó el avión de Cubana de Aviación en Barbados en octubre de 1976, un acto del cual el gobierno cubano siempre lo ha responsabilizado (en pleno vuelo murieron 73 personas, es decir, la totalidad de los pasajeros y los cinco tripulantes), la CIA estuvo muy preocupada de que su relación con él se hiciera pública”.

A Posada Carriles se le identifica en Cuba como el “Osama Bin Laden americano”, una asociación certera si se tiene en cuenta que el yihadista de origen saudí, antes de ser cazado por los estadounidenses en Pakistán y asesinado después, también fue otro  discípulo de la CIA en Afganistán cuando el propósito de Washington era detener la presencia soviética en ese país.

Esto también lo sabe medio mundo, sin necesidad de que la agencia desclasifique nuevos informes. Lo que nadie sabe y sería sano conocer es hasta cuándo esa agencia federal de Estados Unidos seguirá haciendo y deshaciendo desde las sombras –la traducción más literal es matar y rematar- en defensa de esa democracia gelatinosa que se nos quiere vender como la solución de todos los males políticos y sociales del planeta.

Una de esas tardes calurosas de La Habana, quizá en 2012,  fui invitado por la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos en la isla (surgió durante el mandato de Carter y se transformó en embajada por obra del deshielo entre Barack Obama y Raúl Castro) para participar en una videoconferencia de Brian Latell, quien según dijo pasó 53 años como analista de la CIA “metido en los zapatos” de Castro, a fin de saber qué comía, cómo reaccionaba ante lo inesperado, a quién amaba, qué lugares frecuentaba, qué helados prefería etc…, en beneficio obviamente de la Agencia. Latell estaba de moda, se había jubilado y contaba sus peripecias en torno al personaje siniestro que para él era Castro, contra el cual los servicios secretos cubanos dicen que se montaron 638 planes de atentados. Fue una tarde curiosa, escuchando anécdotas sin posibilidad alguna de confirmación, y al salir de la residencia del jefe de la diplomacia estadounidense –donde tuvo lugar el show- me encontré a Mauricio Vicent, entonces corresponsal de El País, quien había llegado a la cita cuando todo había terminado y yo me disponía a retirarme. – ¿Me perdí algo interesante?  – preguntó. Y yo le respondí más o menos esto: Bueno a un super analista de la CIA que dice que pasó 50 años estudiando a Fidel Castro, pero como Fidel sigue vivo y él, el analista, ya se jubiló, pues no creo que su trabajo valiera tanto ni te perdieras mucho.

A Brian Latell debe haberlo sustituido alguien, que ahora a lo mejor camina en los zapatos de Raúl Castro, quién sabe. Pero el hecho que parece cierto es que ese duelo silencioso y mortal de la Agencia con los cubanos se mantiene y como todo es posible cuando se habla de espías y espionajes, yo hasta me pregunto si los supuestos “ataques acústicos” contra una veintena de diplomáticos estadounidenses en La Habana,  tema de moda hoy y por el cual Donald Trump retrotrajo las relaciones a la época de la Guerra Fría, no es otra de las acciones encubiertas de la Agencia, precisamente, para volver a la confrontación con La Habana, que Barack Obama dejó a un lado. Todo es posible cuando se habla de la CIA

 

 




Por favor, que lean los que no pueden olvidar a Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

En Cuba se supo casi desde siempre, pero del otro lado, en Miami, parece que debió esperarse a que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos hiciera una de sus desclasificaciones de documentos secretos y que el El Nuevo Herald tuviera a bien corroborar lo que medio mundo sabía.Luis Posada Carriles, una especie de héroe para el anticastrismo radical en esa ciudad, “era informante de la CIA pero tan peligroso que la propia agencia lo tenía estrechamente vigilado. Lo entrenó y lo utilizó en sus planes para derrocar a Fidel Castro pero también para que espiara a sus amigos, otros exiliados cubanos anticastristas”, escribió el Herald

“Y cuando explotó el avión de Cubana de Aviación en Barbados en octubre de 1976, un acto del cual el gobierno cubano siempre lo ha responsabilizado, la CIA estuvo muy preocupada de que su relación con él se hiciera pública”. Por ese bombazo en pleno vuelo murieron 73 personas, es decir, la totalidad de los pasajeros y los cinco tripulantes.

Basado en las revelaciones de hace pocas semanas, el diario recuerda que este personaje -ahora con 90 años y residente en un hogar para veteranos en el norte de Miami-Dade- “recibió entrenamiento paramilitar en Guatemala auspiciado por la CIA, previo a la invasión de abril de 1961 (Bahía de Cochinos), y era considerado un experto en demoliciones, según un resumen preparado por la CIA para el FBI”.

“Los documentos desclasificados dejan en claro que la CIA –prosigue el diario- consideraba como terrorismo los planes de Posada para derrocar a Castro, y lo mantuvo bajo estrecha vigilancia, incluso dentro de la DISIP (la policía secreta venezolana antes del chavismo), donde la CIA tenía otros agentes”.

El matutino desgrana solo un fragmento de la larga hoja de servicios de este “luchador por la libertad de Cuba”, como solía ser calificado allá, y siempre citando a la compañía agrega que “según la investigación del BNDD, antecesor de la DEA, Posada estaba involucrado (además) en tráfico de cocaína desde Colombia hacia Venezuela, con destino a Miami”.

Los informes de la CIA, que reitero solo son revelaciones allá, no en la isla -que puso los muertos-, dejan fuera del conocimiento público en Florida la probada participación de Posada Carriles en los atentados con bombas contra hoteles en la isla –un turista muerto y decena de heridos-  en 1997, pocos meses antes de que el Papa Juan Pablo II visitara el país, que entonces trataba de sortear la crisis que generó la desaparición de su antiguo y poderosos aliado soviético, apelando al turismo internacional.  Por aquellos días los apagones eran de 12 a 16 horas diarias, en mi casa desayunábamos infusión de hojas de naranja agria, y los anticastristas duros aseguraban: “ha llegado la hora de pasar la cuenta”.

Y tampoco abarca el plan de atentado con bombas contra Fidel Castro en la Cumbre Iberoamericana de 2000 en Panamá. El lugar escogido para las detonaciones era el Paraninfo de la Universidad, donde el entonces mandatario cubano se iba a reunir –y se reunió- con cientos de jóvenes.

Posada y sus asociados fueron detenidos antes de cometer el crimen y comenzó un rocambolesco proceso judicial que terminó con el “indulto” de todos los implicados, por gestiones de los anticastristas de Miami.

Estas etapas no fueron recogidas en los documentos desclasificados –quién sabe cuándo les tocará-, pero después del indulto panameño, este personaje entró clandestinamente a Estados Unidos, fue detenido, se transformó en centro de otro proceso judicial tan falso como el registrado en el istmo, y siguió viviendo tranquilamente en Miami.

El Nuevo Herald se refirió a esta farsa en los términos siguientes: “En el 2005 encaró un proceso de deportación en El Paso, Texas, y el Departamento de Seguridad Interna lo declaró un “riesgo a la seguridad nacional de Estados Unidos”. Su deportación a un tercer país que no sea Cuba ni Venezuela —donde las autoridades estadounidenses creen que no hay garantías legales para un juicio en su contra— está pendiente”.

Escribo esta nota para NOM cuando ya los europeos duermen la madrugada de este jueves, pero opté por escribirla con rabia, con mucha rabia por los que desde aquí han pedido justicia sin nunca haber sido escuchados en Washington, porque estas barbaridades no pueden ser desconocidas y, sobre todo, cuando la humanidad tiene al mando del imperio más poderoso del mundo, a un magnate como Donald Trump, quien hace muy pocos meses se reunió con el exilio cubano radical, el que ha aplaudido siempre a Posada Carriles, para desde ese entorno político anunciar el endurecimiento de su política hacia Cuba. ¿Habrá nuevos luchadores por la libertad, de este tipo?

 

 




Monica Bellucci, solo mujer

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Medio arrumbadas esas chiquillas que nos brinda un cine cada día más anémico de amor, más asexual y menos humano. Muchachitas que en la carrera hacia la natural e inevitable pradera de las arrugas que no perdonan, botox, bisturís desafinados como el violín de aquella amiga de Marilyn en “Con faldas y a lo loco”. Y como en una película de Federico Fellini, levantas el telón asquerosamente lleno de polvo de ochocientos días y ochocientas noches de fracasos y aparece la mujer, la mujer que ya no tienen las pantallas más que cuando las secas y aburridas ninfas tuberculosas están cuidándose el cutis en un rancho de Nevada.

Monica Bellucci es en estos años de recesión mental, de mccarthysmo sexual, de cirugía de guerra con Benzopan por si acaso, la diosa que todos reclamamos pero que raramente aparece porque los gustos de los productores nunca han sido los de los espectadores.

El problema de Monica Bellucci es que es espectacularmente, chillonamente bella en la perfección de las mujeres que se inventaban las diosas cuando querían cazar a Ulises en una cueva del mar Jónico, donde los monstruos jugaban al parchís versión tibetana. No se puede ser tan bella, Madame Bellucci, es un pecado ser como es usted porque la envidia se la comerán como aquel monstruo de un solo ojo que solo parloteaba griego clásico.

Monica, ay Monica, que habría bramado Marcello, el Mastroianni, cósmicamente bella, tremendamente mujer sin que le falte una pestaña que no recoja su poquito de rimmel perfumado, del mismo que bañaba los ojos de la Garbo, de la Marilyn, de la gretchen Marlene Dietrich.

No, oiga caballero, a Monica Bellucci hay que verla, admirarla, aunque sea en foto y en blanco y negro. Ella no se deja querer ni con los ojos como esas jovencillas apáticas estrellas que ya cabalgan a lomos de un unicornio ciego hacia los 50 de la desesperación, la edad cruel como decía aquel mariquita que me abordó una tarde de mayo, mes de las flores y de amoríos, en un hotel-palacio de Cannes creyendo que yo era mocita y haciéndome creer que él era la reencarnación autorizada por los fabricantes catalanes de aquel poeta de Granada, creo que se llamaba Federico García Lorca, que siempre nadó entre las aguas de sus ríos de nácar andaluces.

A Monica Bellucci no hay que hacerle el feo de describirla siquiera. Hay que admirarla, incondicionalmente y si ella consiente, que no, ya lo verán, estrecharla en un gesto de amor, como Zeus a Leda, aunque hubiese que disfrazarse de Pato Donald.

Monica es la conjunción de todos los sueños y pesadillas de nuestra infancia, adolescencia, pubertad y vejez. De todos los sueños que durante décadas hemos tenido frente a la pantalla siempre prometedora del cine, cuando Maureen O’Hara desafiaba con un bufido a Carol Lombard que, ella, la pobre, te miraba, se bajaba del lienzo blanco y te comía a besos.

Ay, Monica, cuántos sexos flácidos (dfixit Paul Auster más o menos) has recuperado del coma en el que morían desde el nacer.

Pero no llores por nosotros, pobres pecadores que no tenemos más que una pantalla para verte y admirarte. Llora por los pobres de espíritu que todavía no han entendido que la belleza de una mujer está en sus ojos, ojos como los tuyos que se comunican directamente con la Virgen de tu obediencia.

Eres la última mujer, la última dama, la última diva, la última diosa de ese cine que tú probablemente amaste pero que cada día se adentra más y más en los misterios de lo femenino. Les han metido en lo poco que les queda de entendimiento que Adán deseó o quizá hasta amó a Eva y que por la culpa de esa maldita manzana, que no era la que hizo rico a Rockefeller, perdieron el paraíso.

Y todos esos muchachillos del cine que no entienden todavía no saben que una mujer sin sexo es como una película sin sonido estereofónico o silencio estereofónico sin Sergio Leone para dirigir la orquesta.

Con la seducción imparable, irrefutable, que te dan tus cincuenta años, ya pasada del pasado, mirando a lo que aparece al horizonte, pareces una de esas vírgenes reflexivas de las iglesias católicas con las que todos o casi todos hemos tenido una charla una mañana de reflexión, a menos que fuera una tarde de arrepentimiento. Ponte las ropas, el manto de luciérnagas y la corona de una de esas vírgenes y pídele que el cine vuelva a emplear a verdaderas mujeres de tu talla, de las que han sufrido, sabido, hecho, deshecho y que se dejen de machos bravíos con muslos de luchadoras de karate, porque las otras son las jovencillas sin substancia.

Muchas de las que admiraron, amaron, aunque fuera desde la azotea abierta al desfile de Mussolini, a bellezas que con bata de pobre, como aquella que llevaba Sofia Loren cuando se le presentó aquel mariquita (lo de homosexual no se llevaba en las dictaduras europeas de los años 30-40). Aquellos fascistas que solo respetaban a los machos bravíos y corrían a patadas a los que no lo eran por nacimiento, convicción o ética.

A todos los que alguna vez hablamos con las vírgenes de las iglesias, pidiéndoles piedad, comprensión, cobijo, nos gustaría saber si antes, cuando fuiste muy joven, tuviste ilusiones que nunca se cumplieron.

El detective Philippe Marlowe, hijo del autor Raymond Chandler, te conoció en otra vida. Y decía, contaba, relataba: “Merecía la pena mirarla. Era dinamita. Se hallaba echada en una chaise longue moderna, con los zapatos quitados, lo que me permitía contemplar sus piernas envueltas en medias sutiles. Parecían estar colocadas para ser contempladas… Las pantorrillas, magníficas y los tobillos, largos y esbeltos, con línea melódica suficiente para un sugestivo poema… Su pelo era negro y liso, peinado con raya en medio. Tenía los ardientes ojos negros del retrato del recibidor. La boca era generosa, y en aquel momento estaba fruncida con un gesto arisco.”

Buenas noches, Princesa, que los dioses la bendigan.




El último jazmín

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El jazminero que todos los días me regalaba una agradable cosecha de jazmines se ha dado cuenta de que el invierno maldito está a la vuelta de la esquina y quiere invernal. Ayer me dio el último jazmín, pequeño pero tan oloroso como siempre. Y me advirtió que le va a ser muy difícil darme uno más, que el sindicato de los jazmineros está en sus trece. Y eso que el día anterior a mediodía se había chupado un vaso de güisqui que le serví con su correspondiente Perrier e hielo. Y es que, ya se habrán dado cuenta, todo tiene un comienzo y un fin. Ahora le toca al jazmín, mañana a nosotros. Con el invierno y el fin del año próximo llega ese siniestro momento de hacer balance.

Un norteamericano, profesor de psicología en Harvard, asegura que siempre ha sido igual, que no hay pasado con menos catástrofes (naturales, terroristas) que el presente que estamos viviendo. Steven Pinker recuerda que si hoy tenemos el terrorismo yihadista en otros momentos hubo las Brigadas Rojas italianas, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y otros grupos parecidos.

Sin duda, y además la Banda de Baader en Alemania. Pero era terrorismo “elitista”, tenían sus objetivos, sus enemigos y no atacaban a todo el universo por igual, como ahora que un loco islamista es capaz de vaciar en un rato dos o tres cargadores de Kalachnikov en los cuerpos de cientos de personas, que nada le han hecho ni a él, ni a su raza, ni a su religión o al padre de su mamá.

No, querido señor Pinker, usted es norteamericano y por mucho que sea psicólogo en esa universidad tan reputada, antes era mejor, O por lo menos nos parecía a nosotros y eso es lo principal.

Porque está claro que se trata de que quienes viven los hechos los hayan sentido de un modo u otro. Las Brigadas Rojas fueron espantosas en Italia. Hicieron grandísimos daños pero un día un general italiano se puso al frente de una brigada cuyos componentes perdieron graduación y nombres para entra en la oscuridad en que se movían sus enemigos. Y llegó un momento en que la Brigadas fueron aniquiladas. Con los yihadistas no es ni mucho menos lo mismo. Ellos tienen objetivos mundiales. Ahí está la diferencia, Monsieur Pinker.

Vamos cada vez más hacia el embrutecimiento de las masas gracias a los “mensajes” enviados por televisión por quien tiene interés en ello con series delirantes de violencia y desesperanza. En otros tiempos, lo más violento que se les daba a los espectadores europeos era un llamado Comisario Derrick, alemán por más señas, que trataba de capturar a los bandidos sin provocar demasiados llantos. Tuvimos al perro policía Rex, que todavía colea en alguna televisión, que con su olfato, valentía y humor (sí, los perros tienen un enorme sentido del humor, más que muchos policías que los emplean) solucionaba los problemas más difíciles.

No, querido profesor, no todas las épocas son iguales. Las que nosotros vivimos fueron mejores, entre otras cosas porque entonces teníamos edad, paciencia y humor para afrontar las situaciones más peliagudas con calma y sabiduría.

Los años 2000 son años de violencia a cargo principalmente de jóvenes desquiciados que lo mismo asesinan de un puñetazo al primero que se encuentran en la calle como aceptan las Kalachnikov y los cinturones de explosivos de los yihadistas. Son gente sin piedad ni principios, educados en el anarquismo que cada día se abre paso más en Europa. Aunque muchos de ellos no saben nada del anarquismo.

El mundo se ha vuelto extremadamente complicado, donde todo el mundo es sospechoso de todo. Controles por todas partes, desconfianza y tanto mejor porque vivimos con grandes posibilidades de morir antes de lo previsto por las estadísticas.

Desde que alcanzo a acordarme de algo, el día 11 de noviembre, celebración de la I Guerra Mundial (1914-1918), la más feroz, la más salvaje, siempre ha llovido en París, donde ya hace muchos años que no veo llover porque un día decidí que ya no pertenecía a ese mundo que tantas alegrías me dio en más de cuarenta años. Mi tiempo pasó. Como les ocurre a los jazmines, salvo que no habrá segunda cosecha para mí el año que viene. Se acabó París, como se acabó Tánger, esa ciudad hoy marroquí y que conocí internacional, llena de grandes escritores, entre ellos Paul Bowles y el marroquí Mohamed Chukri. Dejé atrás las esperanzas, no tan grandes como las de Charles Dickens, cuando tomé en 1957 un carguero mixto rumbo a Marsella. Tánger estaba perdida. Había regresado a la geografía política marroquí.

Era un antro andrógino de la Costa del Sol, en este último fuerte europeo antes de África. Luces tamizadas, como en los viejos burdeles, agua tónica lanzada desde dos metros sobre los pedazos de cielo que acogían a la poquito de ginebra que habían puesto discretamente en la copa exageradamente alta. Como el camarero espigado, vientres de avispas recién ordeñadas (¿por qué me recordaría a la Scarlet de “Lo que el viento se llevó?) y peinados con nidos de abejas vacíos de sentido y de inteligencia.

En un rincón de grandes carcajadas dos muchachas traperas o busconas, que nunca se sabe, con un Martiny dry a la hora del chocolate con churros nocturnos y grititos de vírgenes del Nilo después del parto asistido por James Bond.

Bebes una Coca-Cola sin hielo y sin ganas porque sabes que el tiempo no da para más, bajo la atenta mirada del espigado de vientre plano. ¿Habrá comido alguna vez una hamburguesa chorreante de grasa y con profusión de patatas que nunca estuvieron fritas sino cocidas al calor del aceite de colza? Me temo que no. Por eso sigue creciendo.




Cuando pasan los espías

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Nos pasamos la vida hablando de la guerra de Siria, de Irak o de no sé dónde, fuera de nuestro alcance visual. Pero resulta que los rusos, aquellos primos hermanos de los soviéticos que conseguían cosechas extraordinarios y resultados más extraordinarios aún en lo demás, desde el Ballet del Bolchoi al rubio crema de sus mujeres, están protagonizando de nuevo aquella guerra fría que empezó en 1947, como postrimerías ruinosas de la II Guerra Mundial, hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989. En Google, ese recurso de los analfabetos que quieren saber cosas, aunque todavía algunos analfabetos de carrera estudiada en las más conspicuas universidades latinas, aparece un montón de películas que nos cuentan la maravilla de esa época cuando una espía soviética podía enamorarte aunque no fueras aquel siniestro norteamericano Francis Gary Powell protagonizó el mayor incidente diplomático del ramo, al estrellarse espiando en la Unión Soviética.

Quelle horreur, Madame la Marquise!.

Eso ocurría en 1960, cuando los servidores de ustedes que besan su mano o la estrechan o lo que ustedes quieran se paseaban por París, que no era Berlín, pero donde estábamos muy lejos de la guerra fría que para los más descabritados de nosotros se habían convertido en un tema recurrente en el cine de todos los días.

Y aunque nos seguía llegando el caviar, al que nos habían acostumbrado los nobles rusos que huidos de los soviéticos llegaron a Francia, y sobre todo a la capital, al perder la Revolución de 1917. Y cuentan que París, donde todavía no había acabado la Primera Guerra Mundial que acabaría en 1918, se llenó de exquisitos taxistas que añadían a la pericia de la conducción los modales y el francés con acento moscovita que les habían enseñado de pequeños en sus nobles palacetes de Moscú.

De pronto, el otro día, el diario francés Le Monde titula a toda plana t en la mejor tradición de la guerra fría: “Canje de prisioneros entre Moscú y Kiev”.

En junio de 2014, dos periodistas rusos morían en territorio en el Donbass, al este de Ucrania. Casi simultáneamente caía prisionera de los ucranianos prorrusos una piloto ucraniana Nadejda Savchenko, a la que se condenó a 22 años de cárcel acusada de haber guiado el fuego que mató a los dos corresponsales.

El miércoles 25 de mayo, la piloto Nadeja, varonil y dando gritos, se supone que jaleando a Ucrania, era liberada en el aeropuerto de Kiev a cambio de dos soldados rusos capturados en Ucrania en 2015.

Todos los que tienen años suficientes se habrán acordado de aquellas escenas que tan bien escenificó Hollywood para el intercambio de prisioneros entre la Unión Soviética y el mundo occidental.

Siempre aparece un plano largo de un puente al caer la noche. De ambos lados llegan coches, siniestros coches con los faros encendidos como si fuesen al Rocío.

Se bajaban los negociadores y se bajaban también los prisioneros que serían intercambiados. Y cuando el director gritaba “¡Acción!”, uno de los presos caminaba hacia los suyos mientras el otro lo hacía en sentido contrario.

Siempre se suponía que al occidental se le acogería con risas y lágrimas y tras ser sometido a un lavado de cabeza de muchos días podría regresar a su casa.

La propaganda occidental nos decía con una sonrisita siniestra que al ruso canjeado la vida no le sonreiría tanto. Que con suerte acabaría en un campo de concentración y si aquel día no era el suyo le machacarían hasta darle el pasaporte en los locales del KGB en Moscú.

Pero lo que son las cosas. Uno de los más eximios antiguos alumnos de ese KGB de siniestra reputación, el hoy Presidente Vladimir Putin y en otros tiempos coronel todopoderoso de ese organismo de la seguridad del Estado soviético y ahora ruso, ha sido quien ha facilitado este canje de película. Lo que es la vida.

Y uno que creía que solo había guerra en Irak, Siria y otros Afganistán. Las vías el señor son intransitables.

Pero ya no tenemos en las pantallas aquellas espías soviéticas, sal y pimienta del cine de la guerra fría, que han durado hasta las películas relativamente recientes del siniestro espía occidental James Bond.

Las espías del KGB que aparecían en las películas rodadas en Occidente, sobre todo en Hollywood, que era el más occidental de todos, eran bellas, encantadoras, inteligentes e inalcanzables. Aunque algunas, por su dulzura, parecían haberse escapado del rodaje de “Cuando pasan las cigüeñas”, aquella película que tan bien les salió a los soviéticos para cantar las glorias de los mismísimos soviéticos, en plena guerra fría, claro.

¿Dónde estás, pacífica y bella Tatyana Samojilova, que con tu dulzura nos hiciste llorar mientras pasaban los pajaritos esos?

Por cierto, en la película que se montó para el canje de presos en Ucrania, ha fallado la caracterización de la actriz principal, la piloto. Dios mío, qué lejos están ahora los rusos de aquella dulzura soviética llamada Tatyana.  La mujer, que aparece en la foto rodeada de flores y vociferando, no tiene la menor posibilidad de hacer carrera en Hollywood. Lo juro por Jesucito.




Aquella portada de “Bohemia”

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La vi en un kiosco de la Place de la Bourse, en París. En la portada de la revista cubana “Bohemia” un barbudo sonreía con una gorra verde olivo y uniforme del mismo color. Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Eran de color esperanza.Durante el trayecto en Metro hojeé la revista. El papel que recuerdo era amarronado, de grano grueso. Olía a algo que nada tenía que ver con la realidad que me rodeaba,Más tarde, después de un descafeinado sin güisqui, los tiempos no estaban para grandes alegrías, me di cuenta de que era mi primer contacto con la Revolución cubana.

Todo lo que yo conocía de Cuba era Chelo Alonso, la estrella cubana salida de Camagüey que con un cuerpo que más tarde se convertiría en símbolo sexual europeo hacía babear a toda Francia. Y todas las noches, en el teatro “Folies Bergère” de París, señores encorbatados y de posibles le rendían pleitesía como a la reina que era.

Chelo, a la que conocí fuera del templo donde sus fieles la veneraban, tenía unos años más que yo, cuatro o cinco, y era una mujer también de enorme belleza espiritual.A mí, la política no me interesaba entonces pero cuando Fidel y su gente entraron en La Habana y forzaron las primeras planas de la prensa mundial, supe realmente de lo que ocurría allá en el Caribe, tan lejos de nosotros. Porque entonces sólo unos pocos viajaban en los aviones que se tragaban ocho mil kilómetros como si nada.

Uno, que tenía veinte años, todas las ilusiones del mundo pero poco dinero que manejar ni soñaba con esos vuelos de ricos. El tren era nuestro único modo de locomoción y cuando podías permitírtelo.Y que supiéramos no había ningún tren que cubriera la línea París-La Habana. Aquel día en que descubrí la portada de “Bohemia” me pasé de mi estación. En las páginas de la revista se contaban pormenores de aquellos insolentes muchachos, les llamaban guerrilleros, que habían conseguido echar a un dictador llamado Batista y del que pocas ideas teníamos nosotros, pijos europeos.Pero había otros dictadores en América Latina y la verdad es que el día a día en una gran capital donde abrirse paso con una máquina Rollei y una Olivetti portátil, lujo insigne, era bastante dificultoso y copaba todas nuestras energías.

Aunque es cierto que en ese momento Europa necesitaba lo que pomposamente viejos políticos designaban como una “renovación política y moral”.Con sus barbas que aparentemente no estaban todavía recortadas y sus uniformes verde olivo, los guerrilleros que salían de un lugar llamado Sierra Maestra se comieron nuestra imaginación.

Era como si a más de un europeo de mis años, chiquillos con ansias de escritura en busca de personaje, aquellas imágenes de “Bohemia” nos comunicaran una cierta idea de la justicia.Aunque todo era muy cinematográfico. Los malos habían perdido y los buenos ganaban por goleada.

Fidel daba la impresión de tener ya muy claro que una buena imagen valía más que todos los discursos, sobre todo de cara al extranjero que le miraba con curiosidad y hasta desconfianza.(Ya vimos luego cómo el cine cubano se desarrolló nada más acabar la Revolución, con eficacia y muchísimo talento. Fidel no olvidaba la lección de las cámaras).

Y no hizo nada por desmentirnos a los que casi desde el primer momento le vimos en el papel que Errol Flynn llevó a la cima de la gloria, el Robin de los Bosques pobre y valeroso, también con una barbilla, que puede con todo un poderoso y altivo Sheriff de Nothingann.Batista, por supuesto, nunca había estado en los bosques ingleses ni tratado de seducir a Lady Marian, para el registro civil Olivia de Havilland, pero nos daba igual.

La portada de “Bohemia” terminó enmarcada modestamente en la pieza principal de mi minúsculo pisito, un séptimo sin ascensor del 21 rue Rodier, noveno distrito de París.Porque tendría que esperar hasta 1985 para volar a Cuba por primera vez.Veinticinco años habrían pasado desde que descubriera la Revolución de los barbudos allá en Cuba hasta el momento de aterrizar en el aeropuerto habanero.Veinticinco años después de la portada de “Bohemia”, la Agencia France Presse, una de las tres más importantes del mundo, consintió en enviarme a La Habana para el Festival de Cine.

Fueron las mías crónicas tan sinceras y casi bucólicas que Fidel Castro no desaprovechó la ocasión al comparecer en el Teatro Carlos Marx el 15 de diciembre de 1985: “…Hubo una agencia europea cuyo reportero dijo: el Festival de Cannes se ha quedado pequeño al lado del Festival del Nuevo Cine de La Habana”.

Cuando regresé a París, con el retraso prescrito por la aviación internacional, y con mi primer nieto esperándome para ser bautizado, no pude menos que decir como si hubiese sido aducido: “He visto cosas maravillosas…Los niños.,,”Y algunos compañeros del cono sur advirtieron al personal que “el Berro ha vuelto comunista”.