Pequeñas esperanzas
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Sergio Berrocal

No estamos para esperanzas, sobre todo para las grandes esperanzas que como un serstecio de oro romano ofrecía Charles Dickens a quienes leían sus libros. Pero todo se puede con voluntad. Los ojos de la muchacha que el pintor español Joaquín Sorolla pasea emborrachadas de languidez en largos vestidos que parecen túnicas de diosas todas de blanco y tul por una playa de arena fina, en la que la mirada virginal de la más joven, eso parece al menos, se pierde en el sueño de que su vestido de novia sin ceremonia se abra a la esperanza, me dicen que seguramente vamos a vivir, que la pandemia no podrá con nosotros.

El sombrero de la muchacha, que es como una invitación a intentar forzar una virginidad que tal vez lleva por fuerza o por conveniencia social, casi roza la arena, como una carta…, esperando que alguien se atreva a recogerla, a leerla y a declararse.Siempre que el cielo de nuestras vidas se embadurna de horror, para mí la esperanza viene de una mujer, de la firme y femenina Eleanor Parker que lucha contra una plaga de hormigas gigantescas e inhumanas, no sé por qué pienso en los coronavirus que no tienen forma visible, de la indomable Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó o de la dulzura que a través los dedos de un negro pianista Ingrid Bergman vive, sufre o espera en la desoladora Casablanca.

Siempre hay una mujer en mis sueños de redención, quizá porque un día, hace mil años, con mi propia pandemia, una enfermera me resucitó en hombre cuando yo creía que estaba castrado.

La madre y la hija que se pasean por el cuadro de Sorolla me vigilan todo el rato de mi vida que paso acurrucado en un rincón del canapé. Y me dicen cosas, aunque a veces no las oiga o las interprete a mi gusto. Pero ellas son mi esperanza. Hablan un francés muy cuidadoso y pecaminoso. Charles Dickens expresaba la esperanza del universo en niños, muchachos que rompían los maleficios de la vida, eso sí, cuando no te contaba un cuento de Navidad para no olvidar que la vida puede ser rosa o vestirse del negro más funerario.

Sé que desvarío con mis grandes ilusiones que en este domingo siniestro, en espera de un ojo biónico, el mundo más importante de todos, el del fútbol, el de los multimillonarios sin causa, el de los chulos con desvarío que no vacilan en poner zancadillas por un puñado, y qué puñado, de dólares en los desiertos árabes o en la dulce Andalucía, es el que cuenta.

Y vuelvo a mirar a las mujeres de Sorolla y me dan ganas de llorar. No me puedo meter en la arena para que me protejan con sus faldas interminables y con sus rostros más valientes que la valentía misma. Estoy encerrado en mi estúpido mundo de mármol sin ninguna gracia, sin grandes ni pequeñas esperanzas donde trato de aguantar los embates del temporal de mi puñetera existencia escondiéndome detrás de las letras que me da el ordenador y me permiten componerme pequeñas, modestas esperanzas que nunca irán más allá de la playa de Sorolla, donde nunca me dejarán entrar, donde nunca me dejarán pedir asilo entre las sombrillas caprichosas de las dos mujeres.