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Cincuenta años para aprender nada

Sergio Berrocal

He decidido, este miércoles a las 20.12 hablar más de la gente que quiero y sobre todo que he querido. Y como hay que empezar por alguien lo he hecho por mí. Una noche de amistad y güisqui, Alfredo Muñoz Unsain, periodista argentino afincado en Cuba durante medio siglo, tiempo suficiente para convertirse en el mejor informado de todo lo que concernía a Fidel Castro, me dio una prueba de lo mucho que sabía de mi.

Estábamos en el Festival de Cine de La Habana y acabábamos de emocionarnos más que razón con un documental en el que el padre del Che cuenta cómo supo de la muerte de su hijo. Chango, como le llamaban desde los taxistas a los ministros de La Habana, fue hasta su muerte la mente más preclara de todas las que pretendían comprender el castrismo, cuando esta doctrina traía locas a las Çancillerías del mundo. Todos intentaban adivinar qué haría el amo de la Isla entre la lejana URSS y sus vecinos de los Estados Unidos. Una respuesta para un concurso millonario: saber o no saber qué actitud adoptaría Cuba entre la tentación del comunismo que ayudaba con las dos manos y los dos pies y el capitalismo que pronto consideró a este país como una llaga comunista a 90 kilómetros de las playas de Miami.

En su casa del barrio Playa, Habana, acudían personajes y personajillos del mundo entero en busca de las palabras del maestro. Desde su cátedra de director adjunto de la Agencia France Presse en Cuba, fue toda su existencia el hombre que más sabía sobre lo que ocurría en Cuba cuando los servicios secretos norteamericanos y los soviéticos trataban de entender el enigma Fidel Castro, el revolucionario que entró en La Habana con una medallita colgada al cuello de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, y poco a poco fue demostrando que sabía interpretar a Maquiavelo mejor que nadie.

Nunca se colgó del cuello la hoz y el martillo. Era una de esas noches, y una de las luminosas mañanas en las que Chango hacía café en su minúscula cocina mientras su último amor se desperezaba en la alcoba, adonde se llegaba por unas escaleras decoradas de fotos de Ernesto Hemingway y de Fidel Castro con el amo de la casa. Ya estábamos en vísperas de otra fiesta del cine en La Habana. Nunca sería como la del año anterior, en la que Fidel Castro había subido al escenario para dar una lección práctica de cine y comercio cinematográfico. Y cuando yo esperaba un análisis sobre la futura competencia cinematográfica me llegó este expediente X prescrito por Chango.

Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine. Las veces que vio películas en la penumbra de un cinematógrafo abominó del llamado Séptimo Arte. Estaban basadas en historias escritas por él y prefirió echarles la culpa a directores como Darryl F. Zanuck. No comentó que con “Los asesinos”, uno de sus cuentos, otro director cometió la proeza de trasladar a la pantalla una historia escrita mejorándola (una segunda proeza de ese tipo fue “Ambiciones que matan”, con los jóvenes Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters, sobre “An American Tragedy”, de Theodore Dreiser).

Apúntese de paso que el famoso Premio Nobel de Literatura norteamericano nació y murió en Estados Unidos pero entre ambos actos, fortuito el primero y voluntario el último, pasó la mayor parte de su vida en otra parte. La leyenda que envolvió a Hemingway -de macho, de corajudo cazador, de pescador experto, de paradigmático soldado irregular- fue una cortina de humo generada por él mismo para ocultar ante los demás sus dudas internas. Sergio Berrocal también ha sido transhumante como el gitano que no es, aunque nació en tierras sospechosas del Norte de Africa (pese a lo cual, o por lo cual, ha elegido por sus reaños adoptar la nacionalidad andaluza).

También lo rodean leyendas, aunque todas fabricadas por amigos suyos o, viceversa, por fulanos a quienes les cae gordo. Se dice, por ejemplo, que su madre fue una anarquista catalana o polaca que, enamorada, se ató a las riendas de uno de los jinetes del cacique bereber Abd El Krim. Eso explicaría su rechazo a los notables vinos del Penedés. De su larga vivencia en París sólo aprendió a seguir usando agua mineral Perrier para atemperar la sangre en sus arterias. Una leyenda derivada de este dato verídico es que cierta vez, en Tokio, Toshiro Mifune evitó que contertulios japoneses le rebanaran los brazos por insistir en derramar Perrier en su vasito de sake (pudo haber sido Akira Kurosawa, según otros que narran el mismo incidente quizá apócrifo). En La Habana, donde ha estado demasiadas veces para su propio bien, en vez de Perrier sólo se encuentran aguas minerales locales comercializadas por la italiana San Pellegrino.

Eso pudo tensionarlo como para que una vez, durante un corto viaje de tres pisos en el vetusto Hotel Nacional, su favorito, intentara introducirse por la vía angosta en una mulata de llamativo aspecto que operaba el ascensor. En cuanto a su radical diferenciación con Hemingway, es difícil suponer que exista algo más imprescindible para Sergio Berrocal que vivir cine y escribir sobre cine. En él ambas cosas son, podría decirse, una permanente ininterrupta eyaculación. Esta ficha biográfica del joven SergioBerrocal (que el 24 de setiembre del cuarto año del Tercer Milenio cumplió 65 años) podrá quizá ser leída en el volumen titulado “Cuentos Chinos” que se le ha ocurrido infligir a sus no escarmentados lectores. Pero ésta, y cualquier otra, quedarían incompletas de omitir tres datos y una conclusión fundamentales:

1 – Es profundamente creyente, pero de religión ignorada pues evade definirla con una excusa indestructible: “Cada hombre, dice, hace a Dios a su imagen y semejanza”.

2 – Afirma que lo que le gusta en las mujeres es que tengan ojos azules, pero en verdad lo que le gusta es que los tengan de color verde o azul o colorado o cucaracha o anaranjado o arcoiris o morado o ultravioleta o infrarrojo. Es decir, que tengan ojos, sean zarcos o bizcos o estrábicos o miopes o astigmáticos. Pero a fin de llegar al fondo de la verdad, hay que revelar que lo que le gusta es que sean mujeres serpenteantes y serpentinas. Un vicio que adquirió en Brasilia y con que se reinoculó en La Habana.

3 – Sus bebidas preferidas resultan un oxímoron: leche con café descafeinado (en el desayuno) y para explorar la penumbra astronómica (esto es, desde el atardecer hasta el amanecer) whisky escocés (con Perrier, como ha sido dicho). Sin embargo, se sabe que en diversas coordenadas geográficas cuando llegó el caso ha libado kvass en los Urales, chicha fermentada por las mandíbulas de desdentadas ancianas aymaráes, cachaça en Brasil, pisco en Perú y Chile, tequila y pulque en México, acquavit en Escandinavia, en los vastos territorios asolados por el Socialismo Real vodka descendida del zarismo y samogón (la imaginada por el mujik), slibovitza en los Cárpatos y un menjunje inuit sin nombre producida por la fermentación de orina y grasa de focas u osos boreales. En Cuba, desde luego, ron. Sin arribar jamás a la beodez.

Conclusión, no necesariamente extraíble de todo lo precedente: todo lo que hace Sergio Berrocal es gestado por su amor indiscriminado, un amor de ofrecer la segunda mejilla, de abrir carta de crédito sentimental a los otros, de perdonar las afrentas personales, de indignarse por las injusticias que percibe. El amor en la interpretación de los verídicos cristianos”. Chango, ay Chango, te marchaste antes de que te pudiera decir que tu análisis, digno de un psicoanalista de Buenos Aires, es lo más acorde con la verdad que me han dicho en mi vida. Lo malo es que he necesitado cincuenta años, los del título, los de tu informe, para darme cuenta de que por fin sé más o menos escribir de corrillo pero que no he aprendido nada. Me gustaría estar contigo, porque seguramente Jesús, por ateo que fueras tú, te habrá elegido como consejero para asuntos de este mundo donde yo pataleo y necesito mucho coraje y algunas pastillitas para no tirar la toalla por el balcón que da a la playa.