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Recuerdos (auténticos) de cine

Sergio Berrocal

El ascensor de Juliette – que tardaba una eternidad en ir de la planta baja al tercer piso – estaba tapizado con un amplio sofá de piel sedosa y blanca, música de ambiente que envolvía al visitante como un traje de chaqueta de Chanel y una rinconera con botellas de alcoholes del mundo entero. Decían que ese ascensor, donde lo único prohibido era la música latina, Juliette se transformaba en una loba mitad Sheherazade y mitad Reina Margot, la que mandaba arrojar los cadáveres de sus amantes al Sena después de haberlos consumido hasta el tuétano. Juliette, magnífica pluma por lo demás, adoraba el champán y en su despacho de Cannes solía terminar sus brillantísimas crónicas en un derroche de burbujas que invariablemente se desmoronaban en una alegre borrachera, cuyos restos encontraba la portuguesa encargada de la limpieza a las dos o las tres de la mañana. Por Supuesto que Juliette nada tenía que ver con Richard, quien trabajaba para una emisora de radio norteamericana y sus amigos le llamaban cariñosamente

“La loca de Chaillot”, vaya usted a saber por qué. Desde que había llegado a París casi en tiempos de Hemingway había pasado de ser un macho de Illinois para convertirse en algo que nadie se atrevía a definir. Un compañero francés decía con todo el desprecio de que era capaz, y tenía más reservas de desprecio que de billetes de una libra esterlina el Banco de Inglaterra, que en realidad funcionaba “à la voile et à la vapeur”, vamos que no despreciaba a ningún sexo. Adoraba las camisas verdes y los pañuelos fucsia.

Cuando yo le conocí tenía la edad de Jean Cocteau en su momento de máximo talento y cuando descubrió al actor Jean Marais – que entre otros personajes encarnó precisamente a D’Artagnan – con quien vivió un huracanado idilio que duró años. Richard odiaba a las mujeres, por lo que en sus crónicas era raro que una actriz saliera bien parada. Tendría que haber sido su propia madre y aún así nadie hubiese sido capaz de decirlo. Para él todas las féminas eran brujas para las que los suplicios de Salem hubiesen sido mera caridad cristiana. Por el contrario, Serge habría dado su único par de zapatos por una sonrisa de mujer. Era un chaval guapo y moreno, con más ambiciones que conocimientos del cine. Tenía apenas 23 años pero ya estaba convencido de quec onocía el Séptimo Arte como los barrios bajos de París, su ciudad casi natal.

Enamoradizo como pocos, su Redactor Jefe tenía de vez en cuando la sorpresa de leer en otro periódico una crítica sobre una determinada película que nada tenía que ver con lo que el jovencito Serge había escrito en el suyo. En esos casos, era un puro y majadero ditirambo mientras la del viejo señor que firmaba la otra decía que era un filme infame.

El secreto lo descubrí una noche en un discreto restaurante del viejo Cannes, donde el jovencísimo cronista cenaba en un ambiente arrullador con la todavía más pura protagonista de una película que él había encumbrado – sólo le faltó decir que “Ciudadano Kane” era un cortometraje a su lado – y que a mí me había hecho llorar por la rabia que sentía de no poder estrangular al director en la misma sala de proyección.

Estoy casi seguro que a a la muchacha, heroína de una película realmente mala sobre un momento histórico de Francia, su jefe de prensa le había transmitido una ficha que podría haber estado redactada más o menos en estostérminos: “Si le caes bien a Serge es incluso capaz de decir que tu última película merece ocho Oscars aunque los grandes críticos la hayan considerado como una de las peores del mundo. Háblale de Ernesto Hemingway (es un escritor norteamericano, adjunto pequeño dossier con resúmenes de sus principales novelas). También es indispensable que te muestres entusiasmada por la llegada de Fidel Castro a La Habana (adjunto resumen histórico). Y aunque lo único que tú bebes es Coca-Cola dos minutos después de que llegue a tu habitación pide dos güisquis, recalcando alto y claro que los sirvan en vasos estrechos con dos trozos de hielo grandes (insiste en este detalle) y un chorreón de agua Perrier (la reconocerás porque la botella es verde).

“Por supuesto, hazte la sorprendida y encantada cuando bebáis el primer sorbito. Le dices al camarero que los canapés no sean de caviar o salmón ahumada. Por razones que no he podido descubrir, Serge los odia. Para la entrevista ponte una falda no muy ceñida, más bien tipo colegiala pero que deje ver las rodillas aunque sin exageración. No olvides los mocasines rojos. Los adora hasta el fetichismo. El pelo “despeinado” y que el maquillaje ni se

note. Está convencido de que eres la típica jovencita norteamericana de la América profunda. Si te habla de música no olvides que le gusta una mujer tocando el violoncelo más que el último descubrimiento de las páginas centrales de Playboy y que sólo la cambiaría por un concierto de Frank Sinatra”. Allá en la capital, el Redactor Jefe no comprendía nada de lo que le escribía su joven reportero porque, naturalmente, ignoraba estos detalles. Dos años después volví a ver a Serge en París. Se había

casado y tenía una hija de unos inmensos y profundos ojos verdes. En cuanto a la actriz, que luego sí que protagonizó una película de éxito mundial, se había liado con un bajista negro que tocaba en La Cigale, un célebre y popular café del Pigalle de los años sesenta al que hoy van en peregrinación miles de turistas norteamericanos. La última vez que me crucé con Serge fue en una playa muy cerquita de La Habana con una criatura de ensueño. Me dijo que era una modelo novia de un amigo. Por la noche, antes de perderle para siempre de vista, me lo encontré en un ascensor del Hotel Nacional varado entre el primer piso y la planta baja con un camarero que se encontraba allí por casualidad. Acababa de ver la película cubana “Fresa y chocolate” y por los barrotes del ascensor me tendió una copia de la crónica que había mandado poco antes. Era una maravilla. Era lo mejor quehabía escrito en toda su vida. Pero a él le importaba un comino mi opinión.