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Ay, Prozac de mi alma

Sergio Berrocal

Quizá es que son demasiadas cosas que se juntan y te provocan un cortocircuito en la cabeza o en los alrededores. La pandemia mata sin piedad en España, un país donde parte de las autoridades se la toman realmente a cachondeo y son incapaces de prohibir cualquier juerga que ayude a los coronavirus a actuar y nos maten más rápidamente. No se olvide que España está dividida en 17 regiones cada una de las cuales es gobernada a su manera, según quienes mandan en ella. Cada día se suicidan 11 personas en España. En total, sin contar estos muertos, y oficialmente, el país cuenta algo más de 47 millones de habitantes.

Se muere la gente, gente que tú conociste aunque hubiese sido solo como periodista. Sidney Poitier acaba de marcharse . Le conocí en un viaje de cine a La Habana, cuando en Cuba se hablaba de cine y no de colas monstruosas y repelentes para comprar algo de comer, cuando en La Habana había apagones pero quizá un poquito más de esperanza que ahora. Yo que sé. Qué bien me vendría ahora mismo un Prozac. Un Prozac de lo mismo, porque sigue existiendo en las farmacias, oeri ¿quién te dice que tiene las mismas virtudes? Porque finalmente los ansiolíticos dependen mucho de que creas en ellos. Es como la religión.

En Los años setenta era un medicamento formidable contra los males del alma, tan bueno, tan fabuloso que en 1998 unos laboratorios poderosísimos, como no tendría idea ni Al Capone, compró la patente de la que llamaban oficialmente la Pastilla de la Felicidad.  Y el Prozac como le conocíamos quedó diluido en la penumbra. No nos hacía alucinar ni pajoterías de esas. Nos ayudaba a vivir en un mundo que era ya complicado pero que nada tenía que ver con el horror que conocemos en este comienzo de 2021.

Todos los que pensábamos tomábamos ese formidable tranquilizante llamado Prozac porque ayudaba a que tus pensamientos no se volvieran reventones y rompieses las estadísticas de suicidios, como por lo visto está ocurriendo ahora, por lo menos en España aunque imagino que también en el resto del mundo. Pero como vivimos en país de potentados que lo dirigen y lo manejan y lo interpretan todo, se ocultan seguramente algunas muertes de la desesperación.

Mucha gente opina que a los que toman decisiones hoy en día, en la pandemia más catastrófica que hemos conocido, es decir los políticos, les vendría también muy bien tener a su disposición dosis de Prozac del nuestro para pensar.

Porque hoy lo que nos dan como tranquilizantes basta solo para que todos los días se suiciden en España 11 personas, que probablemente son muchas más ya que es sabido que la mentira piadosa es la mejor manera de politiquear un gobierno y de evitar más pánico entre el público en general, que ya ve coronavirus, el bichito que nos mandaron hace ya casi dos años los chinos, por todas partes.

Me recuerda un compañero, Marcelo, y dejémoslo ahí, que en Ibiza donde ejercía en aquellos momentos de periodista hipi reemplazaban el Prozac por unas hierbas, como toda la vida han hecho los monjes de todas las religiones en Asia, en Africa, América Latina y en el resto del mundo.

Ya no hay ni hipis, hay tontos del bote, asesinos, malhechores sin causa y todo lo que ustedes quieran pero de ahí no pasa.Porque en los años setenta la gente pensaba, estudiaba, se rompía la cabeza, e incluso escribía y sobre todo periodistas honrados que contaban verdades como puños que saltaban a los periódicos sin que se ocultara nada. Watergate, el escándalo que costó la vida política a Nixon, fue por aquellos entonces si mi cabeza sin Prozac sigue funcionando.

Toda aquella gente que en París buscábamos la verdad de nuestras vidas, un porvenir agradable al que agarrarnos éramos en gran parte intelectuales que nos llamábamos periodistas y alguno hasta escritores. Muchos nombres de entonces quedaron en las lápidas del recuerdo. Hoy ya nadie recuerda a nadie nada más que a gobiernos así así, gobernantes así así, políticos así así. Evito la palabra corrupto porque abundan los herederos del senador norteamericano McCarthy, que te consideran comunista cuando dices algo que no les gusta.

McCarthy persiguió en los años cincuenta a grandes directores y actores de cine de Hollywood porque los consideraba comunistas. Algunos tuvieron que poner el océano por medio.

Pero nosotros teníamos el Prozac. Yo fui de esa quinta y no me ha quedado ninguna señal de drogadicto, loco de remate o sinvergüenza de la existencia. Éramos gente que quería labrarse un porvenir dentro de la honradez que permitían individuos como el feo de Richard Nixon. Habíamos pasado por aquella farsa monumental que fue Mayo del 68 y que no dejó recuerdos buenos, los míos de entonces son amargos y huelen a la gasolina belga con la que llenábamos los tanques de nuestros coches, porque París estaba cerrado. Ni bancos, ni tiendas donde comprar las patatas que también buscábamos en la frontera con Bélgica. Pero teníamos la voz del gran general Charles de Gaulle, que ponía firme a cualquiera y que quizá evitó, con su solo verbo, que aquellas pillerías de estudiantes ricos y obreros a la extrema del extremo provocasen daños serios en una sociedad que funcionaba suficientemente bien. Ya la querríamos para nosotros ahora, cuando los políticos solo aprenden a mentir.

Incluso a estos majaretas, el Prozac les hubiese hecho mucho bien. Hasta puede que les hubiese vuelto medio honrados.