Libros y hombres
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Sergio Berrocal

Cuando me instalé aquella mañana de fin de año, el más penoso del siglo pasado, en lo alto de mi canapé con vistas al mar Mediterráneo, que es como un lago con pretensiones de Mar Cantábrico, el montón de libros que llevaban una buena temporada junto a la chimenea me llamó la atención. Aunque los leía boca abajo y de cualquier forma, muchos de aquellos títulos no los había visto nunca. “La preuve ultime” era uno de los títulos, un enorme libro de bolsillo del que no tenía la menor idea. Pero le ganaba a su lado, con más de quinientas páginas, “Un caballero en Moscú”, que yo no había comprado nunca ni siquiera pidiéndolo a Amazon, proveedor rápido y habitual. Tardé varios días en acercarme a ellos porque no me gustan los intrusos en mi biblioteca.

Mi biblioteca la tengo en realidad junto a mi mesa de trabajo en lo que llamamos pomposamente el despacho y tiene la particularidad de que nunca encuentro lo que busco. Una amiga bibliotecaria me ofreció ordenarlos para, decía ella con muy buena voluntad, que pudiera encontrar el título, el autor en el momento que me pareciera.

Creo que los libros oyeron aquella proposición y el orden en que yo tenía mis libros, empezando por Victor Hugo y los Miserables en lo alto del todo, con escalera indispensable para alcanzarlos, se habían despistado y ya no estaban allí. Las obras completas de Emile Zola habían ocupado desde hacía casi veinte años la parte superior del mueble. Cuando fui a verificar le habían comido terreno a los Miserables y unos y otros libros fueron saltando de un sitio a otro, era como una rebelión demente en mi cabeza. Desde entonces me ha ocurrido más de una vez tener que comprar de nuevo un titulo que ya tenía leído mil veces pero del que quería sacar una cita.

Soy supersticioso como todo el mundo y creo en los espíritus y estoy convencido de que algunos libros tienen un estilo propio de querer que los manejen Mi truco es preguntar a alguien de la casa si recuerda donde podría estar tal libro, seguro que me lo encuentra en menos tiempo del que yo emplearía en ir a la biblioteca municipal a buscarlo.Creo firmemente que las cosas tienen un alma o lo que sea propia, una voluntad que nadie puede doblegar. Revueltas entre los libros hay algunas fotos por las que siento un especial cariño. Ellas son las únicas que no cambian de sitio. No lo entiendo, ce veras.

Esta mañana tuve que ir al banco, lo que en tiempos de esta vertiginosa pandemia de bichos chinos me provoca un pánico insensato. Al salir de recoger el dinero que había ido a buscar me encontré sentado desayunándose con churros un hombre de unos 45 años por el que yo he sentido mucha compasión y simpatía. Me alegro encontrarlo después de tanto tiempo. Era cuando no teníamos que guardarnos de la pandemia y solo había en las calles la miseria habitual de una isla africana con turistas y pobres importados de los antiguos países comunistas europeos.

El, no recuerdo su nombre o será que nunca me lo dijo, me había abordado hacía años al atravesar la calle que conducía a las verduras de la acera para explicarme su situación. Antiguo drogadicto, con espantosas enfermedades que tuvo el buen gusto de no detallarme, necesitaba que le pagase la habitación del hotel bastante decente pero con deje de miserable del que había salido. Con doscientos euros cubría sus necesidades de la semana. Se los di. Y así cada vez que me veía, siempre agitado, haciéndose el encontradizo, tratando de tener a mano alguna anécdota que me pudiese distraer.

Pero esta mañana estaba sentado muy recto, con cara de hombre de negocios esperando sus churros. Me dio el codo como antes se daba la mano, cuando no se temía la infección, pero le costó trabajo dejar fluir una sonrisa muy apretada, yo diría que estreñida. Ni se levantó de su silla que bañaba el sol ni siquiera me ofreció un churro. Casi como si no nos conociéramos. Me contó que el hotel ahora se lo pagaba una asociación caritativa como adelantándome que no me iba a mendigar. Permanecí diez o veinte segundos delante de él, como si no le conociera, porque no le conocía. Era otro hombre o lo habían cambiado.

Y no sé por qué pensé en mis libros que se colocaban donde les daba la gana cuando les daba la gana y si creía encontrar “La faute de l’abbé Mouret” de Emile Zola mi mano traía “La débacle·, eso sí del mismo autor. No sé por qué estuve a punto de referirle a aquellas cosas que me pasaban en la biblioteca a mi antiguo mendigo, pero no pude porque lo habían cambiado. Quizá era cosa de la pandemia. La gente llevaba sufriéndola casi dos años y nos había hecho cambiar. Nos había transformado. A casi todos nos había metido el pánico en el cuerpo. Quizá los libros se escondían para que el bicho no los alcanzara. Y tal vez mi ex mendigo hiciera lo mismo. Quien sabe si no se había transformado en un libro y habitaba en mi biblioteca. Claso, por eso estaba tan calladito, para no darme pistas…