En nombre de mi padre
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Sergio Berrocal

En los países católicos, las iglesias están siempre llenas de vírgenes atildadas con un máximo de elegancia parroquial y sobre todo lujo. Les salen las más costosas joyas por todas partes, sus mantos son cosidos con oro y plata por especialistas que a veces tardan más de un año en terminar uno solo y sencillito. En la Iglesia Católica Apostólica reina la Virgen, que toma mil nombres según las cofradías a las que pertenecen, pueblos y otras particularidades. Jesús, el pobrecito mío, el inventor de la Iglesia cristiana, la primera que tuvo mártires y por la que Él dio la vida., está en las iglesias pero salvo raras ocasiones en rincones, o crucificado al lado de una virgen monumental, muy lujosamente vestida, cuyo armario de ropa no se podría permitir confeccionar ni el modisto más caro, porque los detalles de fabricación obedecen a técnicas casi sagradas.

Y Jesús, pues eso, esperando a que vengan a pedirle un milagro pero casi siempre clavado en la cruz para que no haya dudas de quien manda en la casa de la iglesia. Esta presencia obsesiva de la virgen, amparando al hijo, Jesús, me hace pensar que en la vida de todos los días, la presencia primordial es la Mujer, sea virgen o no. Ella pare a los niños y los cría. Y el niño, pongamos Jesús, se deja criar. Y cuando hablas con la gente es muy penoso constatar que la figura de proa de la casa, de la familia, es Ella, la Madre, y ya no solamente en civilizaciones particular, como Italia donde la mama es sagrada, y el padre… Bueno, como Jesús. La conclusión es bastante simple y me desconcierta. La mayoría de los hijos prefieren a sus madres. Yo soy una excepción, siempre he adorado a mi padre aunque mis relaciones con él hasta mis ocho años fueron muy dudosas. Cuando yo acababa de cumplir ocho años, el Coronel Antonio Escartín se largó y me dejó con mi madre, y sin siquiera reconocerme como hijo.

Este abandono debería de habérmelo hecho odiar pero, sin embargo, lo convirtió en mi héroe. Aunque es cierto que como militar, murió con las estrellas de coronel, fue todo lo que se llama un héroe. A él le tocaron las guerras del Rif, en Marruecos, las más cruentas que se conocían hasta entonces. Era por los años veinte del siglo pasado. Se portó como un personaje de película, porque además era guapo,–entonces ese tipo de militar abundaba—y se convirtió en una de las personas más influyentes de la corte de Francisco Franco, quien había ganado la guerra civil española (1936-1939) y se había proclamado emperador sin corona de España. Así hasta que falleció de muerte natural en 1975. Reinó nada menos que cuarenta años sin que nadie le tosiera en serio.

Entretanto, mi padre el Coronel, del que yo no tenía razón, hacía su carrera en los Estados Mayores, hasta que nos enteramos que andaba metido en los servicios secretos, del que Franco le nombró jefe por un tiempo. Porque en estos de los espías las cosas iban muy rápido por lo visto. Amaba tanto a mi padre que incluso le dediqué un libro, “Calle Falange Española”, lo cual me valió bastantes críticas porque un tipo que te deja tirado y tú vas y escribes un libro a su gloria.. Hay que estar un poco majara, ya lo sé. Pero supongo que algo tendrá también que ver el amor puro, el mismo que los discípulos tenían por Jesús, hasta el extremo de exponer sus vidas por él. Menos el Judas aquel, que supongo que era el contrapeso del amor divino.

Estoy escribiendo medio en serio y medio en broma. Porque me tiemblan las yemas de los dedos. Pero es un homenaje más y supongo que a él le debe de hacer sonreír mi infantilismo allí donde esté, pero en el mejor de los lugares del Paraíso, porque a un coronel de su valía no van a ponerlo en cualquier sitio. El otro día leí una historia de espías en el diario El París, y se me abrieron las carnes cuando llegué a un episodio en el que el entonces comandante Escartín (mi padre) era reemplazado al mando de los servicios secretos de Franco por otro militar de alto rango. Entonces pensé que había tenido un padre de campeonato. Imagínense que con el grado de Comandante ya había sido jefe de los servicios de espionaje, que en aquellos tiempos eran de película, quiero decir a lo James Bond u otros parecidos, con misiones ultrasecretas y ultramortales y todo. Y desde que dejó esos servicios tan especiales con el grado de Comandante, Dios sabe lo que haría para conseguir llegar al grado de Coronel, cuyo último uniforme, con sus bonitas estrellas en relieve anduvo por mi casa hasta no hace mucho tiempo.

Te quiero, papá, allá donde estés. Y espero que cuando dentro de poco yo también tenga una esquela mortuoria, aunque ahora eso se lleva poco, me acogerás a tu lado. Y tal vez incluso me puedas recompensar todos aquellos años en que estuvimos separados.