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Una muerte, una carretera

Sergio Berrocal

(ATENCION A LOS LECTORES. ME HAN PROHIBIDO DE ESCRITURA EN FACE BOOK. PUEDEN PONERSE EN ONTACTO CONMIGO POR ESTA VIA. GRACIAS.)

Para millones de personas, las santas fiestas navideñas son una tortura china que este año se ha vuelto más imperial con la amenaza y muerte provocada por virus enviados por los Chinos de la China capitalista con acentos comunistas que quiere doblegar a Estados Unidos y ser los amos del mundo, aunque tengan los ojos rasgados y puedan confundirse con muñecas de ballet imperial.

Navidad es siniestra cuando no tienes nada que celebrar y mucho que lamentar. No recuerdo cuál fue la última Navidad que pasé con ella, una mocita de película de cuando Hollywood no estaba dominada por las espantosas feministas, más terribles que el coronavirus que roe vidas sin parar.

En el fondo me alegro que ella ya no esté para celebrar el Belén y lo que Jesús nos dejó, aunque hubiese debido tener más cuidado con su flanco oriental, donde no quieren religiones ni blancos, solo poder.

La última copa de champán en tiempos de paz me la sirvió ella, en un acto familiar. Era la estrella, sonreía como solo las grandes estrellas de cine lo han hecho siempre, para conquistarte. Nos amábamos, nadie lo dudaba, todo el mundo lo sabía, pero ella quería ser fotógrafa, correr por el mundo y yo, como periodista que ya había trotado un rato, le dije que no.

El hijo de Errol Flynn, al que conocí en una piscina de París, había decidido romper con el recuerdo de un padre, Errol Flynn, demasiado célebre, demasiado mujeriego, demasiado todo para un hijo. Y Sean, el hijo se había marchado tres semanas antes a Vietnam en guerra como reportero gráfico. Tenía gran talento para el cine, ya lo había demostrado, pero también para darle vida a una máquina de fotografía.

Tomábamos la segunda, tercera o Dios sabe, copa de champán que ella también me había servido con ojos enormes negros de conquistadora de película de Cesáreo González y sonó el teléfono. Me lo pasaron. Un compañero de la Agencia France Presse me daba la noticia por si quería escribir algo. Sean Flynn, el hijo del otro, acababa de ser encontrado, en fin lo que quedaba, en una carretera de Camboya donde una bomba enterrada le había mandado a Jesús sabe qué diablo de paraíso o que casino de infierno.

No dije una palabra y me tomé la otra copa que ella me sirvió, aunque me carraspeaba la garganta.

No dije una palabra de la llamada. Al día siguiente todo el mundo lo sabría. El padre, Errol Flynn, tendría más suerte. Moriría, a los 50 años, mientras se bañaba en aguas dulces y cálidas en algún lugar del mundo junto a una ninfa que le había conquistado probablemente esperando que le daría algún papelito en alguna película, pese a que su esposa, Patricia Wymore, bella e interesante como pocas estrellas, le esperaba a bordo de su yate en algún lugar del mundo, creo que en Tánger, donde yo la conocí.

Tome mi quinta copa con los mismos ojos y los mismos labios conquistadores de quien los escanciaba para no pensar.

Dos días después, la muchacha que me llenaba la copa llegó a la conclusión de que no podría jugarse la vida en una carretera de Vietnam—la muerte de Sean le había impresionado más de lo que yo creía—y se dedicó a la foto artística. Tenía el mejor gusto del mundo. Y ella misma era su mejor modelo.

Se echó un novio joyero y un domingo por la mañana, a la hora en que el sol entra en París por las ventanas de los más afortunados, el coche en que viajaban se estrelló. Murió solo ella. El tonto del conductor tuvo unas heriditas para tiritas de segunda mano.

Entonces yo provoqué una investigación de la Gendarmería del lugar, porque en aquellos tiempos era un tipo importante, con amigos importantes, como aquel de la aviación comercial, que podía con todos usando su aparente humildes pero gran sabiduría en lo que hacía. No había sido la culpa del conductor. Ella, MI HIJA, había sido víctima del coup de lapin, traduzcan si pueden.

Desde ese día odio el champán y hasta el cava. Que Dios me perdone por no haber estrangulado al joyero antes de que se pusiera al volante.