El amor de Benedetti
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Sergio Berrocal 

“Más que besarla, más que acostarnos juntos; más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor”. Dicen que lo dijo Benedetti, escritor uruguayo, poeta de cualquier parte, hombre de hablar pausado que pasó la vida de un lado para otro porque en su país, Uruguay, había habido un golpe de estado, y eso es algo con lo que los militares no bromean. Los militares tienen por fea costumbre apartar de sus vidas, de sus entornos, a todo aquel que haya osado alguna vez ejercer de escribidor. Odian los militares la palabra porque saben que va más lejos, dura más, y perfora más que una de sus balas.

Ahí quedó temblando el ejemplo de Federico García Lorca, poeta andaluz, amante del amor, que de mucho amar y de mucho decirlo, porque además era homosexual, duerme rodeado de los demonios de otros asesinados en una cuneta de no se sabe dónde y casi ni cuándo. En España, los legionarios, esos soldados metidos al oficio en todos los tiempos porque huían de la justicia, de la gente o de ellos mismos, sienten un especial reconocimiento por un Cristo de Andalucía y de pronto olvidan las pistolas, los fusiles, el poder del más fuerte, y en una procesión de Semana Santa alzan sus voces en la noche negra: “Soy el novio de la muerte…” Y el Cristo, tumbado, como borracho, en manos de unos amigos de borrachera, se deja mecer sin rechistar, con la cruz y todo. Momentos que nadie recuerda sin que le tiemble la espoleta de la emoción.

Imagino a Mario Benedetti al lado del Cristo, con las farolas de las calles apagadas y el silencio de todas las verdades apenas roto por el rastrear de las botas en el asfalto: “Más que besarla, más que acostarnos juntos; más que ninguna cosa ella me daba la mano y eso era el amor”. En tiempos carnívoros, que lo han sido todos desde que se inventaron al hombre y a la mujer, el amor ha sido elemento esencial de nuestras vidas. El amor que permitía procrear, edicto de la Santa Iglesia Católica, el amor que permitía llorar menos cuando las penas te atiborraban y llegabas a creer que todo se había acabado.

No hay Rita Hayworth, con sus carnes hechas pecado, emoción y orgullo de la femineidad capaz de igualar en potencia sexual a las palabrillas del poeta de Montevideo. Por mucho que se desmelene, que se quite el guante negro como el destino, que abofetee al Glenn Ford transformado en macaco de una mujer, la bella nunca alcanzará la intensidad de esas palabras tan conservadoras: Con solo besarla, con solo darle la mano, sin necesidad de yacer en una misma cama, sin necesidad de más que eso, Benedetti le hacía el amor a su dama. Supongo que es aquella que fue su esposa y de la que decía que él creía en Dios cuando contemplaba la belleza de sus piernas.

El Benedetti de las luchas políticas y armadas. Porque hubo muchos años en que en Uruguay, que luego llamarían la Suiza de América, el lugar más tranquilo del mundo, con playas de las que se apoderan sus vecinos argentinos, reinó el horror, el terror, el pánico, la guerra, una guerra urbana y sucia pero no menos atroz. Militares que querían imponer un régimen, el que siempre imponen, el de la violencia y el del horror, contra civiles, muchos de ellos intelectuales, que querían dar el alto a aquel estado de desorden que duró de 1973 a 1985. Muchos años de sufrimiento para un pequeño país que a la guerra siempre prefirió la paz de las playas, la voz de Carlos Gardel que probablemente era uruguayo, el tango que arrasa en los ojos que ya no pueden ver y en el bife de aquel boliche perdido en una callejuela.

La dictadura entró y los que no la querían se levantaron, y nació el movimiento guerrillero Tupamaro. Dolor, sangre y muerte. Benedetti estaba entre los intelectuales que no concebían una vida bajo la bota de militares, fuera los que fueran. Y resistieron, y hubo cárcel, exilio, horror. Benedetti sabía, por algo era poeta, que el amor, solo el amor puede mantener al hombre al margen de la enajenación. Y durante todos esos años se mantuvo, como muchos compañeros suyos, con la esperanza puesta en el amor

Si el sol no calentara,
si la luna no existiera,
entonces, no tendría
sentido vivir en esta tierra
como tampoco tendría sentido
vivir sin mi vida,
la mujer de mis sueños,
la que me da la alegría…

Pero en medio de las torturas, de las muertes, el amor, lo único que redime al hombre, seguía existiendo, a escondidas, en cartas apenas leídas, en encuentros furtivos. Pero era difícil llegar a la realización carnal en una ciudad tan chiquita y con tanto milico, como se llamaban a los militares. Y entonces, imagino, no le conocí, que una noche de desesperación de amor optó por el amor más casto, más puro, más duro, más enajenante en una época en la que todo estaba permitido. Renunciaba a las caricias, a los achuchones en un portal, pero los militares, guardianes de la santa moral vigilaban, y el poeta conformaba a su bella de que el amor podía ser algo más, algo más elevado:

Más que besarla, más que acostarnos juntos
Más que ninguna otra cosa,
Ella le daba la mano y eso era el amor.