Cuba, miedo y antídoto
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Hemos vivido con miedo en el planeta desde hace demasiado tiempo y cuando se anda con el susto de compañero obligado, al menos a mí me da por pensar. “Es una reacción lógica”, me dijo una amiga sicóloga por los años 90, cuando no había pandemia y en Cuba sufríamos apagones de hasta 16 horas diarias y soñábamos con comida. Fue aquella una crisis distinta a la que nos atenaza hoy y al mismo tiempo similar por el desconcierto que encierra, y porque una vez más obliga a hacerme mil preguntas cada día, la mayor parte de las veces sin llegar a respuestas convincentes.

¿Cómo coño puede vivir este país sin dinero ni para importar alimentos básicos?, ¿cómo es posible que en medio de tanto agobio sin salida al alcance de la vista los cubanos cuenten -contemos- con tres vacunas propias contra ese virus siniestro que insiste en subsistir para jodernos la vida un poco más?, ¿serán esos antídotos de factura nacional, producidos generalmente por grandes corporaciones privadas, obra de la propaganda comunista ?.

Para la primera pregunta solo puedo responder que sobrevivimos de milagro, todavía no encuentro la forma de descifrar ese misterio. Para las otras quizá tengo las claves, juntando informes oficiales y vivencias.

El 1 de septiembre informé al periódico digital mexicano MILENIO que en agosto “se registró en Cuba un promedio de ocho mil 552 enfermos y 82 fallecidos cada 24 horas (por el virus que partió de China), lo que representa 64 mil 723 pacientes y 899 decesos más que en julio, que fue el peor mes desde que comenzó todo esto hace año y medio”.

Y hoy el ministerio de Salud Pública nos dice que en las últimas 24 horas se reportaron183 nuevos casos y un fallecido, tendencia a la baja que se vine observando desde que arrancó noviembre, en la misma medida en que casi el 81 por ciento de la población de la isla ha sido vacunada con los antídotos propios Abdala, Soberana 02 y Soberana Plus, a partir de los dos años de edad, y fíjese en ese detalle porque es casi inédito en el mundo. La inmunización alcanza incluso a los convalecientes y ha comenzado una fase de refuerzo; es sabido que las vacunas que circulan por el planeta -hechas todas a la carrera- a los seis meses de la inoculación inicial pierden efecto. A mí me toca el refuerzo en enero.

Aunque cueste trabajo creerlo, cuando los planes y proyectos oficiales aquí se cumplen pocas veces, Cuba dispone de un arsenal de medios y científicos impresionante para su tamaño y las crisis sistemática en la que vive desde que en 1959 a Fidel Castro se le ocurrió apartarse del rebaño que en América se mueve al ritmo de Washington, como si de allá sonara una especie de flautista de Hamelín. “Este tiene que ser un país de hombres de ciencia”, dijo más o menos hace varios decenios y hoy esa ha sido la salvación de los cubanos en materia de pandemia. Si tuvieran que importar vacunas estarían probablemente peor que el burujón de países que esperan todavía que la OMS logre convencer a las poderosas farmacéuticas que protegerse del virus es un derecho humano.

Qué quiere que le diga, así son las cosas en la isla cuando de miedos y antídotos se habla en muchas partes y cuando de Sudáfrica ha surgido la quinta variante del maldito virus. No sé si ese bicho entrará aquí como antes hizo Delta, pero si entrara me arriesgo a adelantarle que este país sin dinero para comprar ni un kilo de leche en polvo, dispone de recursos propios para dar también esa batalla. ¡Qué irremediablemente raro es mi país!.