Qué felices eramos
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Sergio Berrocal

Felices, insolentemente felices éramos aquel día cuando con Carlos Monzon, campeón del mundo de todas las bofetadas, charlabamos de lo que no entendiamos, la vida en aquel gimnasio de las afueras de París. Época divertida en la que Alain Delon se había transformado en organizador de boxeo, devolviendo a nuestra bonita capital el bello arte que tuvo en Francia su mayor expresión con Marcel Cerdan, campeón de campeones que adoraba los cuadrilátero. Hasta que un día la suerte se le torció, como se nos tuerce a todos en un momento u otro.
Y el campeón francés de todos los tiempos subió a un avión, o quizá bajó, cuando volar era cosa de personajes. Y voló tan alto que se quedó en una isla de la eternidad.
Y Edith Piaf, la mujer de su vida, le lloró en un clamor que enternecio a toda Francia.

Aquella tarde de invierno parisiense de barrizal y nevadas, en el gimnasio estaba el hijo de Marcel Cerdan, que ya vestía los guantes con las ansias de suceder al padre desaparecido, con su deseo de amarle más allá de lo posible. La guerra de Argelia, la de Indochina, predecesora de la catastrófica guerra de Vietnam, con los yanquis y sus espantosas derrotas a manos de unos vietnamitas chiquititos pero picantes que les hicieron perder la guerra y el honor. Y aquella tarde, allá en el gimnasio, reíamos de las cosas que nos decía Mantequilla Napoles y de las cosas que callaba el siempre enfurecido Monzon. Era la vida en un cuadrilátero de la que ellos eran las estrellas y nosotros los artistas invitados. Sabíamos que todo tenía un fin pero no lo pensábamos. Disfrutábamos el momento. Carajo, les juro, éramos tan puñeteramente felices que creíamos en la eternidad…