Cuatro damas y mate
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Sergio Berrocal

Hubo un momento en que se creyó el rey del mambo, pero no de un mambo cualquiera, sino tocado por Pérez Prado en el Salón Rojo de La Habana, porque le amaban desde París a Nueva York, pasando por el más solemne barrio habanero, antes de que Cuba cayera en manos de desaprensivos.

Qué sensación más maravillosa. Cuando se sentaba en el sofá de su casa en la isla africana siempre pedía a Sorolla que le dejase meterse en el cuadro que tenía encima de la chimenea, dos mujeres, madre e hija decía la leyenda, que se pasean por una playa virgen con trajes maravillosamente decentes pero llenos de todas las virtudes del erotismo a lo Miller.

Nunca lo consiguió. Y tenía tantas ganas de oler los velos que cubrían a las dos mujeres de sus pensamientos. Dicen que el gran escritor francés Guy de Maupassant murió de forma atroz de tanto haber amado, literalmente amado, a las mujeres, que desde el boulevard des Italiens de París hasta los salones a la moda del distrito dieciséis se dejaban querer a muerte por él.

El viejo profesor, periodista de toda una vida, amaba a las mujeres como Santa Teresa amaba a Jesús, de un amor imposible, porque las mujeres nunca se dejan querer, permiten que las cortejes, incluso que las penetres, que las desposes, que las regales, que las lleves al altar donde ellas son reinas por un día, pero no aman a nadie, más que a esos hijos para los que utilizarán al payo que se deje engañar. Porque en este siglo después de la pandemia china, las mujeres adoran mil veces más a los perros y a los gatos que a los hombres. Ellos no son más que un medio para conseguir los mejores hígados para sus animales, los mejores veterinarios.

Pero en aquellos tiempos en que yo todavía no había entendido la frase “Nadie es perfecto”, la que le cuenta un loco millonario a Jack Lemmon en la escena final de “Con faldas y a lo loco”, las mujeres disimulaban mejor, para su propio orgullo de machas conquistadoras.

Era una alegría saber que llegabas a Dallas y allí estaba ella, la deliciosa esposa de un tipo rico del petróleo, dispuesta a hacerte feliz durante las cuarenta y ocho horas que pasaríais juntos.

Y no te cuento cuando el avión aterrizaba en el viejo aeropuerto habanero y la morenaza de los ojos verdes, aquella que habías conocido una noche de jolgorio nacional en un ascensor, el más viejo legado de los norteamericanos, en el regio Hotel Nacional, se te agarraba al cuello y ya no te soltaba hasta que sonara la hora del regreso a París, en primera y por Air France.

Ay, mi vida, no te he olvidado. Nos encontramos hace muchos años, cuando tú todavía soñabas con ser el mejor periodista de la Agencia France Presse, una especie de Hemingway sin escopeta para volarse los sesos. Nos vimos la primera vez en la Place de la Bastille, un 14 de julio, cuando en Francia se celebra la Revolución Francesa, la que tal vez quiso imitar Fidel pero no le dejaron.

Eras una chiquilla con tus zapatitos de charol y el vestido de corola o como se llame que Brigitte Bardot había puesto de moda muchos años atrás. Bailamos un rato en la verbena, como dos enamorados. Todavía éramos demasiado jóvenes para querer.

Luego vino la edad de adulto. Te casaste, yo también y ya no nos vimos hasta aquella noche en un restaurante de Madrid donde os habíais empujado a la entrada. Ella se volvió y él la besó sin mediar más palabras. No cenaron, no en aquel momento, sino mucho más tarde cuando consiguieron salirse del envoltijo de sábanas de aquel apartamento delicioso.

Pero tú no eras inmortal y un día el corazón o lo que fuera te pegó un timbrazo y te fuiste a ver a un viejo amigo español que ejercía precisamente como cardiólogo en aquel hospital vetusto de Málaga. Te recibió una muchacha muy joven, al lado del vejestorio que tú eras. Era la ayudante de tu amigo, una médica francesa recién salida de la facultad.

Tu amigo supo en seguida que se te acababa la cuerda.

-Tienes 76 años pero vividos cuatro veces más. El corazón es un chisme muy delicado. Solo los cerdos lo tienen robusto. Tendrás que frenar los viajes y, sobre todo, lo demás. Ya sabes, enamorarse, vivir otro amor está muy bonito pero desgasta, aunque tú quieras repararlo con el güisqui.

La ayudante era casi una virgen por la mentalidad que le había impuesto su padre, el coronel que acompañó a De Gaulle en todas sus guerras. Pero se amaron como él ya no recordaba haber amado en Dallas, en Madrid o La Habana. Era imposible no amar a una mujer que se llamaba Nastenka, nombre que su bendito padre había encontrado en un cuento de Dostoieski.

Una mañana, mientras trituraba las teclas del ordenador con un artículo más, vio que tenía cuatro correos recién llegados. Todos provenían de donde tanto había amado. Christine le decía que ya no daba para más. Adiós, mon amour. Angelita, procedente de La Habana, le decía lo mismo pero con más dulzura. Y el tercer mensaje podían haberlo puesto en la Place de la Bastille. En cuanto al cuarto…

Sus cuatro damas, a las que tanto amaba, le daban jaque y mate.

Entonces se acurrucó en el sofá de su isla africana y contempló durante un rato las dos bellas de Sorolla que pasean por la playa.

La empleada que le preparaba la comida lo encontró ya frio, pero con una sonrisa en los labios. En una mano chorreaba un puñado de arena de la playa.