El último cuscús
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Sergio Berrocal

Era un mediodía de primavera con olor a veranillo y los Bulevares, ese lugar de París donde ha transcurrido parte y mucha de la historia de Francia estaba lleno de las flores que son las muchachas vestidas de Monoprix, pero con la elegancia de una pasarela de Dior, que hacen recados, se pasean o se comen un croissant mientras esperan.

Todo el mundo espera algo en esos bulevares llenos de restaurantes, tiendas, teatros, galerías de las mil sorpresas, donde a veces uno cree que nunca más logrará salir.

Sultán me esperaba en uno de esos extraños restaurantes en los que cuando te sentabas parecías estar remando por un mar de gente, que podían verte engullir el mejor cuscús del mundo porque lo comes en París.

Me cuesta hablar de aquel último día. No creí que lo sería. Pensaba que me exiliaba a la isla africana por un tiempo, por una promesa de amor y fidelidad de locura. Y finalmente llevo en ella más que el futuro Conde de Montecristo en las mazmorras del Castillo de If. Y aquel muchacho marsellés traicionado y vilipendiado pudo tomar su revancha. Consiguió huir del castillo y de Marsella y reaparecer ante sus enemigos como el poderoso Conde de Montecristo. Yo…

Ay, Alejandro Dumas, presiento que a ti te ocurrió un desplante como el mío y por eso creaste ese personaje que no deja títere con cabeza en su venganza.

Aquel último día contemplé los escaparates donde unos años atrás, cuando yo todavía era un periodista de la Redacción de la Agencia France Presse, me vendieron un traje que, me aseguro el vendedor, era de piel de tiburón. También es verdad que no me precisó a qué especie pertenecía.

Me perdí un rato en las galerías mudas donde puede pasar de todo. Una vez tuve la idea, mientras buscaba novelas viejas de la Série Noire, que adentrándome lo suficiente podría llegar a la mazmorra del viejo chiflado del castillo de If y quién sabe si no encontraría el secreto de sus tesoros. Claro que para ello no debería ceder a la tentación del balconcito del discreto hotel entre dos pisos perdidos en la imaginación.

Estoy encogido delante de mi ordenador, a dos mil kilómetros de esos bulevares por los que tantas veces paseé mis penas, mis triunfos, por pequeños que fueran, también. Desde cualquier rincón veías el edificio de la AFP, mi razón de vivir durante tantos años, tantos amores, tantas decepciones, tantos gloriosos días, tantas lágrimas…

Pues sí, estoy encerrado en esta isla, rodeado de la pandemia china y de un voraz fisco que odia a los extranjeros. Los pobrecitos ingleses, que ya tenían bastante con su Brexit, ahora huyen de esta España desagradecida, de esta Andalucía, es el sur, donde se acaban las ilusiones de Carmen y de Merimée. Un país de mentiras, de orgullosos inútiles que no sirven nada más que para tender la mano en busca de una limosna de un gobierno podrido por todas partes. Pero así son los españoles…

Pero todo esto me importa una mierda. Y no he vuelto a París porque me da miedo. Ya sé que allí, salvo a mi amigo Sultan, qué nombre de telefilm más maravilloso, nadie se me acercará con una sonrisa en la boca. Ni siquiera en la Rue Rodier, esa calle del noveno distrito, de puro ensueño donde tuve un pisito, como cualquier Jack Lemon. Pero nunca tuve una ascensorista en la AFP que se pareciera a Shirley McLaine y de la que me enamoraría. Te duiste. Te perdiste. Te olvidaron.

Me enamoré tantas veces en París que ahora busco el nombre de una secretaria de la estrella negra Josephine Baker con la que nos quisimos de verdad. Era una niña apasionada, de una inteligencia fuera de lo común, bella como uno se imagina son bellas las apariciones de los cuentos orientales. Creo incluso que nos prometimos. Pero yo tenía pocos veinte años, creía que saldría de France Presse con un Pulitzer y no lo tuve aunque gané mucho más. Saber que el periodismo es un sacerdocio y que pocos lo comprenden. Cualquier día se lo pregunto al que fuera redactor conmigo en el Desk Amsud, Mario Vargas Llosa, Premio Nobel, millonario, personaje de la jet. Y muy pronto, dicen, lo increíble, tal vez miembro de la Academia de la Lengua Francesa, el colmo de la insensatez.

Yo he quedado para contar, describir, la admiración que me causaba un tipo como él, que no dudaba en tirar por la borda un idilio de película con una tía carnal por la que cualquiera se hubiese vuelto majareta

Pero también me importa un carajo. Mi amor era París, porque esa ciudad con gente tan maravillosamente antipática (los parisienses tienen ese honor) te da todo lo que le pides si sabes aceptar sus condiciones. Yo comí muchos días la sopa de coles rusas en un restaurante de la Rue Royale, donde mi amigo Boris Guelfand, redactor jefe de la agencia que entonces me daba unos franquillos para no perecer, Keystone Press Agency.

Conocí mujeres que todavía eran unas niñas, gente de mi edad, que se ganaba la vida presentando lencería, una moda que en aquellos años sesenta estaba muy arraigada en Francia, mujeres que me cuidaron, que me dieron de comer, que me dejaron dormir en sus camas cuando yo no tenía los cinco francos que costaba mi piojoso hotel de la Rue Mouffetard, hoy barrio chic y turístico según creo.

Llevo más de veinte años en el exilio, después de haber vivido como corresponsal tres años en Brasil, cinco en Madrid y no sé cuánto tiempo de forma intermitente en esa Cuba que se hunde. Y muchos años más en la pura inopia.

Tanto exilio y no me ha surgido todavía el viejo preso que me de los planos del tesoro, como le tocó en suerte a Montecristo.

Y mi amigo Sultan sigue esperándome en París, en una esquina del Boulevard des Italiens. Nuestro cuscús se va a enfriar. ¡Merde!