Un traguito
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Sergio Berrocal

El chorreón de Johnny Walker cae como un tiro en el centro del vaso, acompañado por un chorreón de agua Perrier refrescante y entonces empieza la lucha entre quién llegará primero. Es como si fueran bichitos liberados por una fantasmagórica eyaculación que corren en busca del mejor sitio para llegar a la meta. La mujer no le ha pedido ni siquiera protección. No le importa. Lo desea. Los bichitos corren como niños en una feria. Ella sigue gozando y mientras él termina su faena ella recoge todos los frutos, paladeándolos hasta el último y cierra las piernas como si le fueran a robar.

Entonces se acuerda de Anais Nin, cuando la noche que durmió amorosamente con su padre dejó que él se vaciara en lo más profundo de su ser y luego impidió que el semen se le fuera de la vagina y se levantó, teniendo cuidado de preservarlo con las dos manos hasta guardarlo. Era su semen. Los bichitos ya han terminado de jugar y el hielo les ha refrescado la memoria. Están para provocar un poquito de alegría o por lo menos para atenuar la pena. El chorreón de agua Perrier sella el acuerdo entre los diferentes ingredientes.

El cóctel de Perrier, guïsqui y frio han cumplido su misión. Detrás de la mujer que ha recibido los beneficios y que se quita su más íntimo refugio discretamente, una morenaza de ojos cuajados de rimmel cuenta a sus amigos:

-Yo no sé qué encuentran en mi selva, pero se vuelven tontos. Y luego no te los quitas de encima ni con el fuego de una vela.

El güisqui, ya libre de contingencias extravagantes, corre por la garganta. Es una manera de parar la angustia, lo que ninguna pastilla de las que él tiene en su mesilla de noche le ayudan.

La mira y sabe que estará en la frontera del embarazo, aunque ella no lo sienta por el momento. Ha notado como sus bichitos se volvían locos porque era una selva especial.

Pero él no quería más que un refresco del alma. Ella entró en el juego y jugaron a cuatro, de una forma peligrosa pero agradable.

Anais ha vuelto a la cama donde la esperaba el padre para otro asalto. La vida no es más que esto. Un poco de amor fresco con Perrier y el mejor guisqui que puedas tener, para enfriar en el mejor vaso de Murano que hayas conservado de tiempos de, de otros tiempos, de cuando un vaso como en el que hoy estás finiquitando tu güisqui era cosa de ricos. Y tú lo eras. Luego ya no. Ella estaba acostumbrada al mismo trato. No hubiera sabido beber una Coca en un vaso de Monoprix. Volvió a dar otro trago pero antes de que le llegase a la garganta la besó apasionadamente y compartieron en sus bocas el licor y todos esos bichitos curiosos que ya se habían apoderado de su selva. Era un trago de güisqui, pero con una acompañante que sabía que se podía todo con un poco de razón desmedida.