Dos muertas y un cadáver
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Sergio Berrocal

No hay casualidad. Si amas a Jesús es por algo preciso, tal vez porque estuviste un verano en Belén y él pescaba en el mar Muerto. Jean Paul Belmondo fue uno de los grandes actores de mi vida, y ha habido tantos, probablemente porque teníamos algo muy íntimo un común: Una hija cada uno que murieron antes de hora, cuando él era un millonario actor y yo un periodista que aprendía en París, donde se aprende y luego olvidas todo.Lo he sabido hace un rato, por una publicación francesa. Pero hasta ahora ni me enteraba. Su niña murió en un accidente casero y la mía en la carretera. Puta vida.Jean Seberg apareció un día en mi vida en París, cuando ella llegaba para convertirse en estrella de cine con Otto Preminger y yo no era más que un reportero de la Keystone Press Agency.Los dos teníamos 18 años y yo me enamoré de ella y ella tonteó conmigo o con mis sueños.

Pero nunca la olvidaré. Ya ven que vuelvo a hablar de ella empezando por el final, que fue realmente trágico. (Y hablo tan tranquilo porque los ordenadores no tienen cintas que tanto rompían ilusiones en las máquinas de escribir)Cuando encontraron su bonito cuerpo hecho un ovillo en la parte trasera del Renault 5 fue un choque tipo Marilyn-CIA. El cadáver había permanecido estacionado en una fila de automóviles de una calle elegante de París toda una noche fría, de helada primaveral.

Era el 8 de septiembre de 1979. Jean Seberg tenía 41 años de edad y ya un pasado de actriz que en 1960 había dado un latigazo al somnoliento cine francés interpretando A bout de souffle, de Jean-Luc Godard, y con el entonces guapo de guapos, Jean-Paul Belmondo. Mientras leía los detalles del hallazgo del cadáver delante de un café con leche en un ruidoso café de Pigalle no podía por menos que recordar unos veinte años atrás. Con pecas y una sonrisa que le comía la cara, ella acababa de desembarcar en París, más o menos al mismo tiempo que yo. No recuerdo que se me cayera una sola lágrima. Ya era muy viejo, Y la decepción seca las lágrimas.

Pero mientras un servidor se cocía huevos duros con el agua caliente de un lavabo en un hotel casi sin nombre de la Rue Houdon, ella residía en uno de los grandes palaces de París. Sacudiéndole el polvo de su pueblo natal perdido en otro pueblo sin nombre de Estados Unidos la había traído el gran productor y director Otto Preminger, hombre que por aquellas fechas tenía una influencia primordial en la industria del cine norteamericano.

La leyenda que ya trataba de tejerse alrededor del descubridor y de su descubrimiento pretendía que la había visto por primera vez vendiendo perritos calientes en ese pueblo de polvo y ventolera cuyo nombre no recordaban ni sus agregados de prensa.

El gran Otto había quedado prendado de la chiquilla de 18 años, no porque se hubiese enamorado de ella como un Pigmalión más sino porque por fin, tras mucho buscar, había dado con el personaje que quería para encarnar a Juana de Arco. Una más para la pantalla con Richard Widmark en el papel de Carlos VII y basándose en la obra de George Bernard Shaw. Con ambiciones hollywoodíanas por medio que veían en París la capital del mundo civilizado, Preminger quiso estrenar su Saint Joan en la Opera de París.

Jean Seberg, que no había salido en dieciocho años del pueblucho de los perritos calíentes, llegó totalmente deslumbrada a la Ciudad Luz. Carita, una peluquera de origen español que por aquellos entonces era el no va más en belleza, se encargó de peinarla como su heroína mientras los flashes de los fotógrafos recogían cada movimiento del peine que estaba convirtiendo a la salvaje de la profunda Norteamérica en señorita de París.

En los pocos días que precedieron al estreno, Jean se convirtió en el punto de mira de todos los gacetilleros parisienses que no la dejaban ni a sol ni a sombra. La perseguían por todas partes y ella, que apenas si sabía unas palabras de francés, reemplazaba los discursos por sonrisas que sabía fabricar como nadie.