Un rey en el desierto
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hola, Majestad, Bueno, Don Juan Carlos, porque aquí en España no tienen bastante con el bicho chino y ahora se meten a saber qué título hay que darle a usted.Yo, que quiere que le diga, me lo pasé muy requetebién en Madrid cuando estuve allí cinco años de corresponsal de France Presse y usted era Rey de España. Le digo eso, porque de vez en cuando, usted, bueno Rey Emérito, nos daba un sustillo. Un día, yo estaba recién llegado, uno de nuestros redactores entró azorado en mi despacho con estas palabras: “¡España está sin gobierno!”. Antes de que le diese un infarto me explicó que el Primer ministro estaba en no sé qué viaje oficial y que “el rey ha desaparecido”. Como recién llegado que era llamé a toda prisa a un compañero español que se echó a reír con una sonorísima carcajada de puro cachondeo: “Al Rey no le pasa nada, franchute. Habrá ido a dar un paseo…”

Y así era, Su Majestad se había tomado un descanso lejos por unas horas del Palacio de la Zarzuela. A la chita callando, desde luego. Era muy divertido cuando usted reinaba. Ahora creo que le andan buscando las cosquillas por cosas de dinero, cositas feas. ¿No será por aquel día que nos encontramos usted y yo en aquella Conferencia Mundial del Aceite de Oliva en el Palacio de los Congresos de Madrid? Nos saludamos cordialmente, yo ya me marchaba, pero a mí los organizadores, que era gente de pasta, no me dieron ni una botellita de aceite para probar. No sé a usted… Pero la gente es muy mala. Hay señores y señoras que están diciendo pestes de usted y seguramente alguno de ellos le debe más de un favorcillo…

Total, que ha decidido hacerse ciudadano de un emirato árabe lleno de oro-petróleo… Tuve un compañero en France-Presse, que fue uno de los primeros corresponsales en esos países lejanos y multimillonarios. Me extrañé que estuviese tan bien pagado como él decía, más de la cuenta para lo que tenía que hacer. Pero en realidad le pagaban como a un rey precisamente porque no hiciera nada. Representar, nada más y si pasaba algo, un despacho. Pero eran raros sus noticias. Y en aquella época de esos países no se hablaba ni en las camisetas de los futbolistas. Y él me lo explicó: “Me tienen que compensar. No puedes ir a la playa porque te come el petróleo, no puedes beber alcohol en público porque te costaría un disgusto y tienes que pasarte el día con el aire acondicionado puesto… En cuanto a las mujeres”.

El caso, Majestad, permita que me salte el protocolo oficial, es que no sé muy bien qué diablos hace usted tan lejos y con tanta arena, porque supongo que el coronavirus andará también por ahí.Y, que quiere que le diga, usted y yo ya estamos para otras distracciones. Por cierto, que en la radio han contado que Hacienda anda detrás de usted. Qué quiere que le diga. Como a un futbolista cualquiera un poco despistado. La verdad es que no sé si aconsejarle finalmente que se quede en su desierto, porque Europa se está poniendo muy penosa. Yo, que ni siquiera soy Emérito o como se diga, que soy un pobre jubilado con menos, muchos menos medios que usted, también tengo mis más y menos con los impuestos.

Ahora que lo pienso, quédese en esos desiertos, Majestad, y si quiere un asesor literario o algo que se le parezca, me manda un avión gigantesco de esos que ustedes utilizan para ir de compras y me voy a sus desiertos.

Que Jesús le guarde.