Cuba, de nuevo a contracorriente
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Cuba contabilizó en 48 horas de este mes de julio las astronómicas cifras de 13 mil 172 enfermos y 59 fallecidos por covid-19. Las variantes Beta, de origen sudafricano, y Delta, la más mortífera surgida en India, circulan por el país tras ingresar por la occidental provincia de Matanzas, que en dos días registró la mitad de todos los enfermos que se reportaron en el país cada 24 horas. Innecesario entonces más argumentos para sentir en carne propia que la Nación enfrenta quizá el mayor desafío desde aquellos tiempos en que a tiros, bombazos, bandas de alzados e invasiones los contrarios apostaron por torcer el rumbo de la revolución. Es dolorosamente cierto, Cuba se encuentra en medio de una profunda crisis económica sin salida al alcance de la vista, y desde el Norte se aprieta más la soga del bloqueo -ingenuo suponer que ocurriría lo contrario-, aprovechando con cinismo impúdico el avance hasta ahora indetenible de la tercera oleada de covid-19. Se busca impedir hasta la compra de jeringas y aun así los científicos de este país se las han arreglado para crear dos vacunas anti covid que por su efectividad certificada ocupan el cuarto y sexto lugar del ranking mundial. Usted está en el derecho de culpar a Fidel Castro por todos los males de este país y hasta de aplaudir a Donald Trump, pero óigame, política y propaganda aparte, le ronca alcanzar tales resultados en las condiciones descritas y saber que además hay en desarrollo otros tres antígenos.

Aquí, ni por un segundo, se deja de sufrir, proponer alternativas, discutir, denunciar las decisiones tardías y mal aplicadas en la economía nacional; las burradas del ejército de funcionarios con poder y cabeza hueca que han vuelto a impedir la entrada de alimentos a La Habana -por segunda vez- dejando sin viandas, hortalizas y carnes a 2,13 millones de habitantes de esta ciudad. Se critica la propagada oficial, que va por un lado y la complejidad de la vida por el otro; los extremismos de izquierda y de derecha; la obligatoriedad de desembolsar 300 pesos por un litro de aceite para poder cocinar algo ante la imposibilidad de penetrar la maraña de acaparadores que todos los días tupen las entradas a los desabastecidos comercios, sin que aparezcan las brigadas “anti coleros” creadas por el gobierno con abanderamiento, bombo y platillo.

Es cierto todo eso y mucho más, y duele en los mismísimos cojones y en las entrañas de las mujeres bravas. Esas son hoy las condiciones del juego por la vida de este país. Pero créame usted, que se ha tomado el trabajo de leerme desde más allá del Caribe. No hay en este país muertos en las calles como ocurrió en Brasil; no existen hospitales desbordados por la maldita pandemia, como sucedió en Italia, adonde fueron los médicos cubanos a echar una mano. Hay estrés generalizado, carencias de todo tipo, cuentan los de siempre disfrutando cada tragedia porque suponen que al fin les llegará la bendición de imponer sus ases. Y hay también admirable entrega de gente muy joven o muy vieja para cortarle el paso a la covid, para ayudar al otro, para enmendar lo que hay que rectificar e impedir que vengan aquellos con su manera de hacer las cosas, porque la receta neoliberal es de sobra conocida y repudiada aquí.