Dos mujeres , dos hombres
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El viejo profesor tenía para aquel último día de clase en la Facultad de ciencias de la Información de Málaga una charla sobre la Teoría de la Información, que él a veces titulaba el Terrorismo de la Información. Era el último día de aquellos cursillos y una alumna de quinto, ya periodista, se empeñó en que le hablase de la gente con la que había trabajado durante cincuenta años de periodismo. Era tan bonita, tan joven y con tantas ganas de aprender que no supo negarse, aunque los recuerdos fuesen casi siempre sangrantes.

“Amo a las mujeres por encima de todo lo amable dijo, sobre todo aquellas que consiguen hacen de un hombre un héroe, alguien fuera de serie, una especie de dios pequeñito pero mandón. Ninguna de las mujeres que yo amé y que me amaron consiguieron conmigo ese milagro, pero conozco dos hombres, que fueron compañeros y amigos, aunque en esta profesión la amistad…”

Recordó a Oriana Fallaci, italiana, con la que nunca coincidió pero a la que era obligatorio seguir en sus crónicas y sus libros, de amor puro al periodismo. Se dijo en aquellos tiempos en que la muerte lo ha aplacado todo, que durante un tiempo fue la pareja de François Pelou, uno de grands reporters (calificativo que se daba solo a los reporteros de primera línea y ya muy probados en Francia), que la Agencia France Presse había mandado a Indochina o a Vietnam, como quieran ustedes llamarle. Era siempre tierra de guerra. Y a Pelou le gustaba la acción.

Desde la Redacción Central de París seguíamos a diario sus despachos, que llegaran aún en las peores condiciones –las comunicaciones no eran fáciles y tampoco se disponía entonces de la red de ordenadores que cualquier periódico tiene en 2021. Había que estar esperando el despacho de Pelou y entenderse con el operador para ponerlo en forma de que fuese noticia a través de las cintas que hacían viajar las noticias por aquel sistema de teletipos que hoy nos parece rústicos o cuando no los telex, siempre más seguros. Se murmuró, se dijo y quizá halla sido cierto que la italiana y el francés formaron la pareja más linda que he conocido en medio siglo de periodismo mundial. Cada cual iba por su lado, Oriana muy destacada, con artículos y libros por doquier, y François Pelou como corresponsal por bastante tiempo en Indochina, Vietnam o como quieran llamar a aquellas tierras que ocupantes franceses primero y luego norteamericanos, dieron a esas tierras la pasión de la guerra y al final una gran aventura.

A Pelou me lo encontré un día en Madrid, con un jeep, le gustaba la pose. Estaba entonces en Madrid como director de la Agencia France Presse en España y eran tiempos difíciles, con la muerte inminente de Francisco Franco, el Caudillo. Me contó cosas muy sabrosas sobre el entonces rey Juan Carlos.

Dicen, pero no lo he podido comprobar de forma rigurosa porque el chauvinismo en este oficio es feroz, que fue François Pelou, quien lanzó el primer flash (noticia de importancia máxima) sobre la muerte de Franco, tras una larguísima agonía. François era un corremundos. Cuando mataron al testigo del sospechoso del asesinato de John F. Kennedy, él no andaba muy lejos de allí.

 Fue un excelente periodista, que los más jóvenes veíamos casi con envidia. Contó su guerra de Vietnam, tuvo el idilio con aquella belleza italiana –pero qué difícil debían ser las relaciones entre dos periodistas—y falleció en su casa de una lejana provincia de París en 2019, con 94 años de edad.

Entonces el viejo periodista, que había casi podido escuchar los suspiros de admiración de los alumnos, ya periodistas, pero en qué mundo, hizo una pausa. Todo el mundo calló. Y agregó: “Para mí, el periodismo siempre ha sido una aventura, el más bello oficio del mundo porque te permitía contarte lo que tardaría a veces tiempo en salir a la calle y dar la vuelta por los grandes titulares de los diarios, de las radios, las televisiones y todo lo que se llamara periodismo. Ahora, en este siglo, ya es otra cosa”.

Como vio que la muchacha tan bonita que había seguido sus cursos con pasión, y a la que probablemente nunca vería más, se acordó de Jean-Jacques Cazaux, con el que fue director adjunto de la AFP en Madrid en los años ochenta. Un tipo francés pero medio hipi, miembro de una familia muy cotizada en Francia, que había elegido el periodismo como una guitarra, que tocaba a las mil maravillas.Unos años antes de que los dos trabajásemos juntos en Madrid, Cazaux estaba reporteando en Phnom Pehm, en Camboya cuando en abril de 1975 se tropezó con los jemeres rojos en la capital camboyana. Los jemeres rojos eran algo parecido a Satanás. Estaban dispuestos, y casi lo consiguieron exterminar a la población, sus propios hermanos de sangre, para establecer un régimen comunista de alto voltaje, donde las condenas de muerte las pronunciaban sin que les templara ni las cejas. Eran unos asesinos natos que querían revolucionar el comunismo más siniestro.

Cazaux, con otros muchos franceses, se refugió en la embajada de Francia en Phnom Penh cuando esa tropa de sangrientos individuos se apoderó de la capital. Muchos habían sido los franceses que pidieron asilo a uno de los pocos sitios, la embajada de Francia, primera potencia amiga de Camboya. Entre los cientos de personas que se metieron en la embajada había una mujer sola, camboyana, que decía tener nacionalidad francesa, pero creo que este extremo nunca pudo ser controlado. El caso es que los jemeres rojos pasaban todos los días para elegir nuevas víctimas, que sacaban de aquel recinto sagrado y los fusilaban o los mandaban a campos de la muerte. Era una mujer muy bonita, como pude comprobar años después y en un lugar de paz, Madrid.

Un día, alguien de la embajada o del consulado tuvo un soplo de que al día siguiente vendrían a por la joven camboyana. Los expertos consulares se dieron cuenta de que sería una fácil presa para los revolucionarios porque no se podía realmente arropar con la nacionalidad francesa. Entonces, Jean Jacques Cazaux hizo uno de esos gestos suyos cuando quería intervenir en una conversación para decir una obviedad o contar un chiste. Pero el día no estaba para bromas. Habló con ella y con el embajador y encontraron la solución. Aquella misma noche organizaron una ceremonia en el despacho del Embajador y Jean Jacques y la desconocida contrajeron matrimonio, rápidamente certificado por un pasaporte de Francia.

Cuando al día siguiente los jemeres rojos llegaron en busca de sus víctimas, entre las que se contaba la joven, no pudieron llevársela porque tenía el amparo, intocable, de Francia. Años después, Jean Jacques nos invitó a una cena íntima en su casa madrileña, frente al Prado, para presentarnos a la heroína de su vida. La joven que había seguido con tanta pasión los labios del viejo profesor sonrió, rió y creo que gritó algo parecido a Vive la France. Era una maravilla. Creo que Jean-Jacques la contemplaba todavía con el arrobo de la pasión.

El cuento se había acabado. Los alumnos terminaron la clase con algo de penilla y el viejo profesor volvió a quedar solo con sus fantasmas. En la cafetería, la muchacha que le había enamorada, y quién sabe si un día no sería otra Oriana Fallaci, le tomó las manos y le hizo prometer que iría a verla. Vivía en Almería. El viejo prometió, como había prometido tantas coas, sonrió y se besaron. El último beso del primer amor.

NDLR. Esta nota es auténtica del comienzo al fin. Hasta la alumna. Y auténtica es también la cobardía que me impidió viajar a Almería.