Chester Himes, el negro con alma negra
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Madame Fernande ha muerto. Lo dice sin que se le rompa la voz Madame Georgette, a punto de cumplir 90 años, propietaria desde siglos inmemoriales de un café de Montmartre, barrio de París que sigue existiendo en la imaginación de los que lo vivimos. Hace ya tiempo cayó en manos de desalmados turistas, de promotores y de gente fea y sin gusto. Fernande ha muerto. La cámara se abre sobre un mostrador de cuando yo era tan inocente que no sólo creía mis propias ilusiones sino que pensaba, como el poeta asesinado para desgracia de España, que podíamatar cocodrilos con una cuchara de palo.

Georgette, con cejas pintadas de luto estilo Edith Piaf, parece no sentir nada. Ella y Fernande se han conocido durante miles de años. Fernande, una vecina de su quinta,era su amiga y casi su única cliente que todos los días, a la misma hora, tomaba un licor de hierbas anegadas con alcohol casi sin destilar. Enhebraban monólogos sobre el bien y el mal aún a sabiendas de que la frontera entre la realidad y la fantasía de una noche de verano tiene el grosor de un pensamiento furtivo. Una detrás del mostrador y la otra delante, habían sido escandalosamente, indiferentemente felices aunque sin apenas percatarse de tamaña suerte. Comentaban la actualidad, que es la eternidad fugaz.

Aquella mañana, cuando la cámara asomó su morro para rodar, Fernande había muerto. El café, bautizado deliciosamente Au fin moka, quedaba vacío de alma. Durante años de amistad habían buceado en la nostalgia de pasaporte y con sello de entrada y salida. Hasta que se acabó. Ninguna de las dos sabía que la vida es una rumbagitana que casi siempre nos empeñamos en bailar con el traqueteo de un pasodoble. El mal viento negro de Juan Ramón Jiménez había dado al traste con la aventura. Este documental, Au fin moka, es de un señor llamado Boris

Joseph. Pasaba yo por la tele y me quedé prendado de su historia de dos viejas que se negaban a marcharse. Hacía tiempo que no me deleitaba con tanta belleza sencilla, tantísima sensibilidad y arte en cincuenta y tres minutos. Te quedas patitieso, avergonzado de ver películas llamadas largometrajes, pretenciosas e inútiles, que adornan las carteleras de los cines con enormes letras y floridas fotos. El señor Joseph demuestra con un arte sin aristas que el talento no tiene realmente ningún compromiso con los medios para rodar. Claro que nadie lo sabe y que este documental lo habrán visto treinta y cinco majaretas como yo que se empeñan en vivir fuera esta realidad nuestra de cada día, a ratos enfangada como un riachuelo a las puertas de una siderurgia.

Por ese París de los sesenta anduvo, además de Georgette y Fernande, Chester Himes, escritor negro norteamericano al que Francia dio una segunda y definitiva oportunidad al redescubrirlo el editor de la colección de novelas policíacas Série Noire, Marcel Duhamel, quien previamente había impregnado de la nobleza de la reflexión y de la agudeza de la picaresca un género literario bastante denostado. Chester Himes acaba de llegar a París, con una serie de libros publicados en Estados Unidos pero con muy pocos dólares en el bolsillo. Echa mano a sus recuerdos de Harlem y en quince días escribe a Five Cornered Square. Impresionante librerazo que da pie para otras novelas que se encuadran más en la picaresca que en el apartado policíaco. Y llega la joya de la corona, Blind Man Whit A Pistol (Un ciego con una pistola). Su éxito salta de Francia al mundo. Leo todo esto en Chester Himes, Cercueil et Fossoyeur, magnífico recopilatorio de todas esas novelas nacidas en

Francia, que finalmente fue su segunda patria, y quizá la primera porque ala postre le permitió retirarse a un pueblo de Alicante, en la costa este de España. Todos tenemos algo o mucho de aquel ciego con una pistola que un mal día en el metro de Nueva York organiza un tiroteo espectacular por una bofetada mal dada. Todos o casi todos somos ciegos porque pasamos la vida dando palos en el vacío y a veces, al final de la pelea, nos damos cuenta de que el villano al que pretendíamos liquidar sigue vivito y coleando. Lo fatal es que para entonces nos hemos quedado sin municiones. El Chester Himes de la Série Noire posee un fraseo que recuerda al Federido García Lorca de Poeta en Nueva York cuando escribía cosas tan surrealistas como los negros que sacan las escupideras