Locura de desamor
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay de todo para pensar. Apenas se hace menos densa la plaga del coronavirus y ya se intenta calcular el costo para las mentes infantiles aunque ya se sabe de la locura que esta situación está engendrando en los mayores, los que han vivido los encerramientos, las prohibiciones de circular y hasta de respirar para no morir. Grupos de científicos estudian las repercusiones que este bicho ha podido tener en los menores, totalmente desconcertados por algo que nunca habían visto. Precauciones extrañas como el tapabocas han debido de dejarlos muy desorientados. Es de suponer que luego llegará la hora de ver lo que esa tempestad del coronavirus que ha roto tantas vidas ha causado como reales estragos en las mentes de los mayores. Por lo que se ha podido comprobar, y aunque sea una solución nada aconsejable, el alcohol ha ayudado mucho a aguantarse dentro de la locura. Ello explica el porqué de los torbellinos que se han formado y se forman en bares y lugares que nada tenían que ver para hundirse en la locura aseada, con sexo o sin él, pero con mucho alcohol que borra a rato los pensamientos tristes, aunque al rato vuelvan.

Los botellones, las fiestas particulares en las que se prescinde de los malditos tapabocas y las lenguas se unen desesperadamente, conocidos o simples casuales encuentros, unión sexual de un rato, como si nos fuera la vida en un suspiro. A la gente no le ha importado al parecer que ese tipo de diversiones en común y apiñados puede tener nefastas consecuencias, como el contagio del virus. Todo tiene su razón, la vergüenza de no ser capaz de vivir, de tener que someterse a los caprichos de unas autoridades que muchas veces no saben lo que quieren, porque ellos mismos dudan, tienen miedo, se escandalizan de su propio pánico de no saber, de no tener idea de que es lo que nos pasa. Se muere, se vive, ya no se sabe nada más. No sabemos cuándo se va a morir aunque tengamos la vacuna, la bendita vacuna, que ha hecho a tanta gente multimillonaria y está salvando a millones de seres humanos.

Las parejas separadas en las camas, sin ganas de unirse y menos de unir sus fluidos sin contemplaciones, sin protección, a lo loco, como los Hermanos Marx metidos en un submarino amarillo anclado en La Habana. El coronavirus es la locura del sinvivir, la pena de muerte sin haber sido juzgado por un alto tribunal. En las fiestas clandestinas, como en aquellas que se organizaban en el Chicago de la prohibición, donde el alcohol era el no va más contra el coronavirus, que no se podía beber legalmente y entonces se echaba mano del contrabando, para no morir pensando. El alcohol a Dios sabe cuántos grados borraba sentimientos (el fusilamiento de San Valentín), borraba vergüenzas. Se hacía el amor, nunca mejor empleada la expresión, se era obsceno porque era una forma de creerse vivo.

¿Imaginan lo que ha sido cerca de dos años atados con un pañuelo en la boca, sin derecho a quitárselo, sin derecho a tocar a los demás, a veces del puño, o un saludo a lo legionario romano, cruzando el brazo en su propio pecho? Hemos sido, somos, los prisioneros de una secta, la secta china de Fu Manchu que antes nos daba miedo en los cines pero que nada más salir a la calle ya eras libre.

Hemos vivido, vivimos, y hasta cuándo, embelesados por una nueva religión que prohibía el menor tocamiento, el menor acercamiento. Un abrazo era suficiente para condenarte a la muerte como las brujas de Salem. Un beso, y no digamos en la boca con las salivas juntas alocadamente, podía suponer la muerte y en todo caso el descredito de una sociedad en la que sin guerra declarada habían reinventado las colas hasta para comprar pan, como si los alemanes hitlerianos estuvieran dirigiendo el baile de la verdad y de la concordia.

Vivimos en un régimen carcelario, un régimen de lazareto, donde nos pasamos todos los momentos de nuestras vidas pensando en el contagio, en la maldita enfermedad. Hay que guardar las distancias y el amor se va porque nadie resiste estar fuera de órbita. A fuerza de no besar, de no abrazar, ni siquiera de tocar una mano, se produce la locura dulce del enfado con la vida, nos volvemos locos de deseo cuando antes no había habido más que curiosidad.

Extraño que no hayan aumentado las violaciones, los amores fortuitos, escondidos, pero es que el miedo puede mucho. Ya no manda Dios sino el diablo que nos prohíbe hasta tener sentimientos. Los hombres y las mujeres tienen miedo a su propia sexualidad, que se apaga con el nombre del bicho pronunciado como la santa hostia.

Siento que cada minuto estoy más loco pese a todos mis antibióticos del alma, quiero decir todas esas pastillitas mágicas que normalmente tienen que calmarte los sentimientos y hacerme ver una vida menos dura, con menos miedos. Pero a mí ya no me hacen nada todas las pastillitas blancas y pequeñas, azules y grandes, rojas. Se me quedan en la garganta y si llegan al estómago es para provocarme pesadillas. Eso sí, ya no pienso en el bicho pero si en toda la culpabilidad que llevo encima por gritar a deshoras, por chillar histéricamente, por pelearme con la gente que más amo. Maldito bicho, me estás volviendo loco. Se rompen los lazos más sagrados, los cariños más grandes. Todo se va a la mierda porque el miedo, el pánico manda y te dice que si no lo tienes, si no lo aceptas en tu cerebro, se te castigará.

Es el peor castigo, peor que los campos de concentración. Vivimos en uno muy grande que engloba el mundo entero, donde subirte a un avión puede ser casi una condena de muerte pero el turismo tiene que seguir funcionando. Ya no vivimos. Y si algún día esta tremebunda pesadilla se acaba nos habrá dejado cojos del alma y ya no sabremos amar, es posible que tengan que reeducarnos para que nos metamos en la cama con una persona sea del sexo que sea. Tal vez empiecen a reeducarnos con monos, que es lo más parecido a nosotros según dicen. Y volveremos a ser monos. Y nos quedaremos en lo más algo de los árboles. Y la sociedad se irá al carajo porque nadie trabajará y todos estaremos corriendo por la selva.

Eso si todavía estamos vivos. Jesús, ¿Dónde estás?, ¡Nosotros estamos agonizando!