Céline, el escritor que aullaba
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Leo por cuarta o quinta vez “Mort à crédit” de Luis Ferdinand Céline, uno de los cinco libros más importantes de la literatura universal, aunque casi nadie lo sabe. Hay que pagar para saberlo. Céline era un médico francés y escribía como escribe la gente no profesional, maravillosamente. Pero su escritura siempre fue diferente, como chutada a la morfina, rota por la desgracia de querer ser.  Excelente doctor en medicina, que ejercía sobre todo con los pobres, con los que no tenían más que gritos de dolor para pagarle, su vida de curandero se torció durante la ocupación de las tropas hitlerianas de Francia. Céline era un hombre de derechas, pero escribía como casi nadie ha escrito, utilizando un lenguaje muy suyo, siempre con la pistola en posición de tiro. Contó su vida y las de los otros, pero en un estilo que hubiese dejado parapléjico a un editor norteamericano, porque el médico de los pobres, y decían que era excelente, no tuvo nunca reglas y moral para escribir. Cuando se piensa que hoy las editoriales de los Estados Unidos exigen a sus escritores un código de moral, probablemente el que hace muchísimos años, en los años veinte, treinta y cuarenta impuso el FBI (policía federal norteamericana) a todo lo que dependía del libre albedrio de la creación. Lo mismo se metían, pero meterse, con un actor, que con personas anónimas acusadas de delitos inventados contra la patria.

De 1947 a 1957, el Senador MacCarthy, un hombre sin real valor para la política pero censor en el alma, que hubiese sido de volver a quemar a todas las brujas de Salem, persiguió también a todos aquellos miembros de cualquier profesión que no cumpliesen con su catecismo de amor a la patria. Ser comunista te exponía al exilio o peor.

Céline no vivio en ese ambiente norteamericano. Pero en los años cuarenta, con los alemanes como amos en París y en toda Francia él tomó partido por la doctrina que los nazis defendían aunque en realidad era sencillamente un hombre de derechas y que colaboraba en revistas pro alemanas, que eran las que había entonces en Francia. Pero tener mucho talento, ser espantosamente original, y de derechas asusta y ha asustado siempre a la izquierda que no se acepta más que a ella y a duras penas.

Cuando se fueron los alemanes hubo que pagar la cuenta. Le condenaron casi a muerte pero tuvo suerte, siguió de médico en unas afueras de París y no paró de escribir.

“Mort á crédit” (que he comprado en una editorial que nadie conoce, porque las grandes editoriales francesas le tienen miedo al médico) no es para analfabetos. Hay que saber leer y muy bien, Porque el médico escritor maneja la lengua como nadie y por momentos te pierdes. Pudo ser académico de la lengua si no hubiera elegido el camino de la derecha pero a él le importaba un bledo.

Leerlo es meterse, entremeterse, hundirse, en un lenguaje que cuesta trabajo seguir porque tiene mil vericuetos, como si se le hubiese pedido a alguien que escribiese bajo la influencia de hongos mexicanos que pueden convertirte en dios por un rato o en cadáver para la eternidad.

Céline escribe y escribe y no deja de escribir. Pero sigue su lógica gramatical, te cuenta las historias de la forma más absurdamente ecléctica, en francés y en un francés impecable, porque además era un erudito capaz de pelearse con el argot y con lo más refinado de la lengua.

Con estas lecturas repetidas de Céline no pretendo más que comprender su talento que tanto le negaron los que perdieron la guerra frente a los alemanes. Pero creo que es una misión vana. No se puede explicar lo que no tiene explicación.

Voy a releer a Alberto Moravia, que siempre me provocó sopor de aburrimiento, pero hay que reconocerle que tuvo un gusto exquisito con las mujeres. Y eso es más de lo que cualquiera puede decir.