Cuba y la locura repartida
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Manuel Juan Somoza | La Habana

De aquella familia numerosa concebida y crecida en la Habana Vieja de un par de emigrantes españoles, en Cuba solo quedaba él. El triunfo de la revolución en el 59 y la proclamación después del socialismo como rumbo había roto paradigmas y costumbres consolidadas en la primera república (1902-1959) y nadie podía imaginar por aquellos días el desafío que implicaba organizar la sociedad de otra manera a fin de alcanzar el mayor bienestar posible sin que contaran capitales, herencias o apellidos. “Estás totalmente loco”, le espetó una vez más su viejo cuando despidió a los suyos en un viaje sin regreso Habana-Madrid-Nueva York y desde entonces la locura de apostar la vida a una sociedad que suponía sería más plena se convirtió en brújula de cada uno de sus pasos.

Pensaba que en sesenta y tantos años lo había visto casi todo. Un maestro ahorcado por comunista, cuando ni él ni otros miles de muchachos como él sabían de comunismo al irse a alfabetizar a las montañas y a las ciénagas. La rebelión de los acaudalados terratenientes cuando se repartieron sus tierras entre los menesterosos. El drama de las familias divididas por la osadía de soñar con otra manera de organizar las cosas. El enfurecimiento que llega hasta hoy del mandamás del Norte por perder su hegemonía, forjada desde antes de la primera república. La amenaza de bombardeo nuclear que puso al planeta en ascuas y a su isla una vez más sobre las armas. Las cien mil acciones diferentes contra un país que insistía en el derecho a ser distinto. Los cien mil errores en el intento de edificar una sociedad nueva sin saber cómo. La escasez repartida entre muchos y las muchas promesas sin cumplir. Creía que lo había visto casi todo y, no obstante, a esta altura de mayo de 2021 acariciaba la casi certeza de que era muchísimo más lo que la faltaba por ver.

En seis décadas, los contrarios al rumbo del 59 o los que se descorazonaron lo habían repetido de manera diferente, aunque con la misma esencia de la frase con la que se despidió su padre: “El socialismo es una locura inalcanzable”. Y sin embargo, en todo el tiempo transcurrido él no había encontrado respuesta certera a la misma interrogante: ¿Por qué entonces tantísimos años jodiendo a este país desde el Norte?  “Si esto no sirve ni pa`un carajo, “¿por qué los yanquis llevan 60 años cazando cada transacción financiera, multando a los bancos que negocian con Cuba o persiguiendo a cada potencial inversionista extranjero? ¿No sería más barato y hasta práctico suspender todo eso y dejar que la locura muriera inevitablemente por su propio peso?

Se hacía la misma pregunta porque no lo convencía la respuesta de que “el régimen usa el bloqueo para justificar el desastre económico que ha hecho del país”. Y no le convencía esa respuesta repetida en medio de otra crisis pavorosa porque aún con el agua del bloqueo casi llegando a la nariz, entre colas, desencantos, un paso pa`lante y dos pa`trás desde el gobierno,  y llamados constantes a la sublevación interna al estilo de lo que estaba pasando en ese preciso momento en Colombia, el corazón de Cuba seguía latiendo y no solo mantenía el rumbo, sino que se sacaba de sus entrañas cinco antídotos contra la covid; buscaba enmendar errores de larguísima data para que la gente comiera del esfuerzo propio la mayor parte de lo que antes se importaba; priorizaba el poco dinero con que contaba en inversiones estratégicas a fin de tratar, por ejemplo, de adelantarse a la ausencia de agua potable que ya es una amenaza real para el planeta.

Le faltaba muchísimo por ver cuando una nueva generación había asumido el mando, cuando le era imposible conocer si la mayoría de sus compatriotas pensaba como él, cuando la combinación macabra de bloqueo estadounidense, crisis económica y pandemia atontaba a muchos. Y entonces, sin olvidar aquella mañana gris en la que despidió a sus padres, ni la historia de la que provenía, volvió a optar por la locura.