Sexo y coronavirus
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Sergio Berrocal  | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En estos tiempos de pandemia china de pura cepa, garantizada, recibo cada día más llamadas telefónica de mujeres, que me envían su foto porque están sin duda desesperadas, ofreciéndome amor, largos paseos, en la calle o en otro lugar, y confianza absoluta. Yo soy muy discreto y me callo, aunque he echado uno o dos vistazos a las fotos de mis corresponsales y he quedado gratamente impresionado. No les he mandado mi foto porque ellas ya me ven en el periódico y se hacen una idea, aunque el maquetista ha puesto una imagen de cuando yo sonreía, fíjense el tiempo que hará. Se trata de conocerse, verse, medirse y decidir. No hay ningún contrato ni ningún compromiso. Nada más que de hablar por ellas de vez en cuando por teléfono para preparar una cita, pero en mi isla no hay ni siquiera unos jardines como en Versalles. Estoy indeciso. ¿No las decepcionaré? Es una aventura que ya no me esperaba a mi edad, porque ya no tiene uno cuarenta años…

El caso es que desde que el coronavirus hace al parecer que disminuya la curva demográfica, dicho de otro modo, que las parejas legales o de pecadillo no quieren concebir hijos, hay muchas mujeres en los alrededor de mi isla africana que buscan romper el aislamiento, el aburrimiento y supongo que más si hay acuerdo entre las partes. He pensado que las señoras que me escriben tienen seguramente una alta razón moral para hacerlo, evitar que los hombres caigan en la depresión miserable que les borre del mundo. Un día, en la estación de autobuses una muchacha elegante como una princesa de magazine se me acercó para pedirme veinte euros para el autobús. Y rápidamente me dijo que ella me pagaría en especie en un rincón que ella conocía. Era preciosa pero cuando le miré los ojos me di cuenta de que uno de esos bellos balcones al mundo estaba un poco negro. Le pregunté y no me contesté. Y me marché.

Ahora es diferente. He quedado con Mónica el sábado próximo en una marisquería que se encuentra al otro lado de la colina. Me ha asegurado que estaremos solos. Al parecer, estas muchachas de una nueva protectora social están muy bien organizadas. Pero como no tengo la posibilidad de medir las fuerzas eróticas de mi corresponsal, me he acordado de lo que le ocurrió hace unos años, en 1899, a un Presidente de la República francesa, el honorable Felix Faure, hombre político de calidad suprema, trabajador y amante de los suyos que siempre llegaba al palacio del Elíseo de París antes de que los ujieres se hubiesen puesto la librea.

Se encerraba en su despacho y esperaba. A los diez minutos, por una puerta secreta que le había fabricado el carpintero presidencial, asomaba la cara bonita de una de sus amantes, Marguerite Stehinheil, una de sus amigas más queridas. Según un ujier que trabajaba para los servicios secretos, y en aquellos tiempos todo lo secreto era serio, era siempre la misma ceremonia. El señor Presidente giraba su sillón, se desbotonaba el pantalón y esperaba. Marguerite se enjuagaba la garganta con un líquido que luego fue analizado por la Policía Judicial, y se abalanzaba sobre su querido presidente que no tenía tiempo necesario para hacer las cosas como todo el mundo.

Esto ocurría un día de 1899, pero Margueritte debía estar inspiradísima, como suele ocurrirles de vez en cuando a todos los artistas, y se lanzó sobre el miembro viril del hombre que dirigía Francia. Estaba lanzadísima y no paró siquiera cuando Félix Faure le dijo al parecer que ya estaba bien. Ella, como hacía de costumbre, se marchó a la chita callando en cuanto hubo terminado una labor que, luego declararía a las fuerzas de la Ley, era más que un capricho, una satisfacción sexual, era una misión por la patria. Lo malo es que el Presidente aquella mañana estaba un poco debilucho y fue incapaz de aguantar el bienestar que pretendía impulsarle su amiga para darle fuerzas suficientes para empezar una jornada con muchos problemas por resolver.

Yo, que solo he sido Cónsul honorario de la República de Montmartre, ya saben es aplaza de los pintores en París, he anulado mi cita con ostras. Porque ignoro si podré aguantar más que el Presidente, hombre sabio, que ya tenía una cierta costumbre de limpiarse la mente desde lo más bajo. Voy a seguir leyendo mis tebeos y ya no contesto a estas señoras que me quieren hacer feliz. La verdad es que Mónica y todas esas mujeres que quieren relaciones conmigo pertenecen a una troupe aparentemente muy organizada que aparece en mi teléfono móvil para ofrecerme sus servicios. Vamos que es una organización y no muchachas que se enamoran de mí. Me da mucha pena confesarlo, pero creo que lo que buscan es algún regalito. Me consuelo pensando que, quién sabe, el amor podría aparecer cuando menos lo pensáramos…