La última derrota
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Tengo desde hace tiempo cansancio de derrotado, de perdido, de haberme caído por un terraplén y de no saber subirlo, son cosas que pasan, pero a mí me parte el alma porque sé que más dura será la caída, cuando no pueda ni escribirlo. Han sido muchos años, años duros, años difíciles de pandemias, y no sola la puta china, sino de todo tipo. Porque cuando empiezas a oír el último trompetazo de Montgomery Clif, con la lluvia y las lágrimas chorreando como si llorasen por el metal musical, cuando empiezas a oír eso ya sabes que las reservas están a cero. Que te quedas sin carburante. Porque para seguir subiendo las cuestas de la puñetera existencia hace falta mucho combustible y, sobre todo, el que está alimentado de comprensión, con un porcentaje de cariño que no puedes comprarlo en el comercio.

Parezco un señor, ya mayor claro, que en lugar de inventar la vacuna milagrosa contra el coronavirus, pasa su vida quejándose, llorisqueando. Es como es viejo actor, que antes fue joven y al que tanto y tanto aplaudieron, hasta dejarlo sordo, contaba una de sus amantes, y que ahora está a punto de lanzar su última réplica. ¿Sonará suficientemente clara, alta, sincera? No lo sabrás nunca. Y tampoco sabrás si los aplausos que la acogerán serán para agradecerte tu talento o de pura lástima, como ya se va el pobrecito, es que esto de la vejez es una cabronada.

Y, sin embargo, te metes en la historia y compruebas que ningún héroe era un niño. Winston Churchill tuvo que combatir a los alemanes, muy superiores en todo a sus inglesitos, con más de sesenta años, en una época en que se era mayor mucho antes. Se atrincheró en su coñac y en sus puros cubanos, rompiendo probablemente todos los embargos, y se lanzó a las trincheras. Charles de Gaulle, el otro héroe de Europa, estuvo luchando primero contra los alemanes y luego contra los embates de todos sus enemigos ya mayorcito y andaba con gabardina de viejo por las playas de Irlanda. Ulises tampoco era un chiquillo, aunque en la época de la Grecia antigua los héroes morían jóvenes. Y el más valiente de todos, Jesús de Nazaret murió con treinta y algo de años, una edad en la que en nuestra época se empieza a vivir. Durante una representación en el Français, el actor intentó el salto al vacío, al patio de butacas, y solo se fracturó un tobillo, mientras el público aplaudía creyendo que era una genialidad de las suyas. Dulce María Loynaz, poeta cubana de la que ignoro han oído hablar ustedes, escribió en su lejana casa de Matanza unos versos que me quitan las ganas de morir cada vez que los leo:

Si me quiere, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra. Si me quieres, quiéreme negra y blanca y gris, y verde, y rubia, quiéreme día, quiéreme noche… y madrugada en la ventana abierta. No llegué a conocerla, Ernesto Hemingway si, y dicen que se enamoraron y Dios sabrá qué más. Yo en La Habana siempre he querido amores humildes, el de las que entonces llamábamos jineteras, y que hoy el gobierno de cretinos amaestrados y comunistas parece han puesto fuera de la ley.

Eran mujeres jóvenes, educadas, cultas a veces, bonitas siempre, que lo mismo te enseñaban la ergonomía del cuerpo que te daban clases prácticas de bolsa. Y hacían el amor como sus colegas no lo hacen en Europa. Porque las cubanas tienen el vicio del amor. Vicio bendito que les hace entender que Dios las puso en la tierra para tener placer y darlo sin miramiento y sobre todo sin mezquinas medidas de tiempo. Las europeas tienen un taxímetro en el vientre. Las cubanas quizá sean capaces de engendrar con el hombre que acaba de invitarlas a una copa, porque aman, les gusta que las amen y son las mujeres perfectas. Pero cualquier mujer, por decente que sea, es una amante del amor.

Y yo sigo pensando si tirarme desde el escenario, pero cogiendo carrerilla para hacerme daño o seguir soportando esta miserable vida que consiste en aguantar, en que nadie te quiera de verdad, y no digamos ahora que todo el mundo se oculta detrás de un pañuelo. En Marruecos el pañuelo rumbero era una razón de más para amarse sin preocupaciones. A veces hacías el amor y no habías visto la cara de tu amada. Y cuando por fin, cuando tu amor le corría piernas abajo, rompiendo fronteras, ellas se desnudaban, se quitaban el pañuelo y era un encantamiento.

Y se acabaron las boquitas pintadas, que se deshacían en la boca, Triste época. En este Occidente podrido ya nadie se quita el pañuelo, ya nadie ama y lo peor es que muchos mueren o moriremos sin haber vuelto a hacer el amor mirando a la mujer en los ojos, viendo palpitar sus labios, mordiéndolos, porque el bicho asusta, enloquece. La vida es como las margaritas. Las amo como solo se puede amar a un ser que te ama. Me miran, me acompañan, a veces me siguen con sus cabecitas locas. El otro día pedí un ramo y me trajeron unas flores sin ton ni son, solo que amarillas, y me afirmaron que eran margaritas. Ellas no decían nada, sin duda porque si se descubrían no las dejarían trabajar más. Luego me conformé y hasta las acaricio.

Esa es mi vida. Me conformo. Lo peor que pueda ser.