Bukowski, el bicho chino y el beso malayo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

—En el amor se dice adiós con dignidad.

Cosas de Bukowski, escritor norteamericano fallecido en 1994 a los 74 años de edad, fue toda su vida un vagabundo de las letras, exhibicionista que en su California querida pasó la vida escribiendo, trabajando cuando no le quedaba más remedio, bebiendo y follando sin ton ni son. Es curioso que sea él quien diga que “en el amor se dice adiós con dignidad”. En sus libros, como en Mujeres, una especie de inacabable biografía bastante pornográfica por momentos, habla exclusivamente o casi de mujeres. Pero no porque fuera un romántico que pasara la vida rompiendo corazones o dejando que le partieran el suyo. Su única obsesión era aparentemente hacer el amor, cuando fuera y con quien fuera, y lo más bestialmente posible, dentro de la elegancia californiana.. Es al menos lo que cuenta, llegando a la extravagancia de afirmar que en más de una ocasión se abalanzaba sobre la dama que venía a verlo y la penetraba silenciosamente en el sillón donde recibía. Era una especie de obseso sexual al que al parecer nadie denunció nunca y las beneficiarias tampoco declararon contra estos métodos amorosos poco corrientes. Eran otros tiempos. América Libre y esas cosas. Si fuese cierto todo lo que contaba en sus libros, la mujer para él era una presa que se acercaba a su casa con el pretexto de una firma o de conocer al autor y él enseguida se la apropiaba sexualmente. Seguramente se refería a un tipo de mujeres que no buscaban más que el revolcón con este autor que olía a azufre del diablo. Al contrario de lo que él pretende ahora que no tenemos guerra, salvo la del chino coronavirus, el amor debe de ser algo más y no solamente verse obligados a decir adiós con dignidad. Imagino que si a él le hubiese tocado vivir la guerra civil de la pandemia hubiese comprendido que lo mismo que hay mil asilos para gatos, perros e incluso anacondas, podría ponerse en marcha un local parecido a los de los Alcohólicos anónimos. Hombres y mujeres se presentarían voluntariamente, sin consejos de psiquiatras o psicólogos y se reunirían con otros hombres y mujeres que estén en su mismo caso. Cada cual contaría lo que le hace pensar que pertenece a los desesperados sin remedio y que necesita ayuda. Porque muchos de ellos es posible que ua estuviesen a punto de caer en la categoría peligrosa de alma muerta- A veces, un abrazo, un estrechón de manos, una sonrisa, un beso profundo de radiografía premiada en Times Square bastarían para mejorar el estado del enfermo. Dense cuenta de que desde estalló la pandemia china, el amor se ralentiza. No pretendo que en lugares que se dedican profesionalmente a ello no sigan produciéndose encuentros entre hombres y mujeres, mujeres y mujeres y hombres y hombres. Lo que yo reclamo sería solo un poco de simpatía, esa que hemos perdido desde que nos han puesto las mascarillas como si fuésemos bichos peligrosos. Un beso, una caricia, un íntimo encuentro. Y lo cierto es que desde que el coronavirus hace de las suyas yo recibo a diario en mi teléfono las más agradables referencias de señoras y señoritas dispuestas a quererme sin tapabocas. En esas reuniones del Desesperado,a, anónimo,a., cada cual trataría de exponer su caso y los restantes asistentes intentarían mediante consejos darles una solución. Una vez todos vacunados del mal del siglo, se permitirían abrazos de ensayo e incluso besos de ensayo, porque ya hace mucho que muchas parejas de facto evitan esos contactos no por pecaminosos y porque lo haya dicho el cura sino por el temor al contagio. Hay un hecho claro y es que la curva demográfica está al parecer en caída libre en todo el mundo. Hacer un hijo por los tiempos que corren parece a muchos un acto desesperado y peligroso. La misión de nuestro club de desesperados y desesperadas sería hacer recobrar los unos a los otros un poco de confianza, probar a ver si todavía somos capaces de sonreír, de estrechar una mano sin que tengamos el reflejo de embadurnarla en seguida de jabón, de abrazarse como lo hacíamos hace una eternidad, e incluso de besarse cuando la terapia pueda contemplarlo con cierta posibilidad de éxito. La finalidad estribaría, en fin de cuentas, en resucitar todas esas armas muertas que acudirían en busca de un poco de paz, amistad y comprensión.