Cuba, comunistas y nostálgicos
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Al escuchar al presidente Díaz-Canel el martes 13 de abril, lo primero que le vino a la mente fue la referencia hecha por Raúl Castro en 2017 a los nostálgicos de la Unión Soviética, como uno de los principales obstáculos en la implementación de las reformas emprendidas en Cuba hace más de una década, dirigidas a potencia los sectores privado y cooperativo, junto con las empresas públicas que demostraran eficiencia, a fin de acabar o reducir esa especie de mal endémico de la economía nacional, caracterizado por la baja productividad y desmedida centralización estatal al estilo de la desaparecida URSS. Nunca más Raúl hizo referencia pública a ese sector, pero él estaba entre quienes consideraban que la lentitud con que se realizaban los cambios en su país estaba determinada, entre otras razones, por la resistencia de los nostálgicos, y cuando conoció de los cambios aprobados de urgencia aquel martes en el sector agropecuario supuso que había llegado la hora de la aceleración, porque la agricultura y la ganadería son las fuentes fundamentales de alimentación de los cubanos, cuando el país no dispone de los dos mil millones de dólares destinados cada año a importar alimentos

“Ustedes nos han alertado, nos han inducido a buscar un grupo de transformaciones que ya no podíamos postergar más”, dijo el presidente Miguel Díaz-Canel a los productores aquella jornada y agregó: “Nosotros nos comprometemos a que vamos a seguir encontrando caminos, en la búsqueda también de construir el consenso; estas son las medidas más urgentes e inmediatas, pero continuaremos gradualmente implementando otras”. Antes, el mandatario anunció un inédito plan de emergencia de 63 aspectos, que liberalizaba en buena medida para los estándares cubanos la producción y comercialización privada y cooperativa. Además, se rebajó el precio de insumos y servicios que el Estado vende a esos productores; se elevó el que les paga por algunas producciones sensibles como la leche fresca; autorizó a los campesinos la venta libre de ese alimento y sus derivados; y le dio luz verde a los ganaderos en cuanto a disponer de carne fresca también para la venta libre y directa a la población o a los mercados nacionales en dólares, una vez cumplidos los convenios de entrega al Estado, algo hasta ahora imposible, aunque en otras partes parezca elemental.

Todo lo anterior fue logrado después de más de una década de espera y discusiones, y por un hecho incuestionable. Desde enero pasado, cuando el gobierno fijó nuevos y altos precios a los bienes y servicios en el sector agropecuario, como parte del mayor cambio monetario y estructural en medio siglo, bajó drásticamente la producción y se disparó el desabastecimiento. Por supuesto que ahora queda por ver la repercusión en la práctica de las 62 medidas, pero haber sobrepasado al fin de manera conceptual el hábito de la centralización y de la existencia de infinitas estructuras intermediarias y burocráticas –eso va aparejado a la centralización-, abría un camino a la sensatez económica. De acuerdo con datos oficiales, el 73 por ciento de las tierras cultivables de la isla están en poder de campesinos privados o de las cooperativas.  El sector no estatal es el principal productor de viandas, hortalizas, arroz, granos y frutas, y es responsable del 86 por ciento de la leche que se produce, del 71 por ciento de la carne porcina y el 89 por ciento de la carne ovino caprina.

La noticia de los cambios fue de una punta a otra de la isla en cuestión de minutos, significativamente a las puertas del 8vo congreso del Partido Comunista que comenzará el viernes 16 y se extenderá hasta el lunes 19, cuando Raúl Castro y otros octogenarios dirigentes del PCC pertenecientes al llamado “liderazgo histórico” entregarán el mando de la Nación a una generación nacida después del triunfo de la revolución en 1959, encabezada por Díaz-Canel. Esperemos entonces para conocer si a partir del cónclave los nostálgicos se baten definitivamente en retirada.