El doctor milagro
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En estos tiempos de penumbras espesas, en los que la apatía cae sobre millones de personas que contemplan los destrozos de una inacabable guerra que nadie pedía, una pandemia provocada por un coronavirus chino, hay que agarrarse a los milagros. Las televisiones europeas han dado en el clavo aunque haya sido por casualidad o simplemente por necesidades de programación. Ha aparecido en las pantallas un maravilloso médico austriaco, que no tiene nada de personaje mágico como hubiese estado tentado de hacer cualquier productor norteamericano, pero que cura el cuerpo y el alma con una voluntad que no parece de este mundo.

Es como si en nuestra infinita desgracia, en nuestra miserable desesperación de todos los días, incluso cuando durante la pasada Semana Santa, ese grito a los santos para venerar a Jesús y a la Virgen, su madre, acabase de correr por las televisiones y como mucho en las radios pero no en la calles por temor a la maldad de los chinos, que hace que se prohíban las aglomeraciones donde el bicho maligno encuentra más substanciosas víctimas. El llamado Dr. Martin Gruber es por obra y gracia del talento de unos guionistas austriacos un médico de carne y hueso pero que ha estudiado mucho y aprovechando incluso diez años pasados en Estados Unidos ejerciendo esa medicina que lleva en el alma.

Está instalado con su familia en las montañas de los Alpes, donde en una hacienda rústica y penosa por los largos inviernos vive con su madre, una hija y un hermano. Con su coche Mercedes –jamás la marca alemana había encontrado tan substanciosa publicidad—acude día y noche para salvar al mundo, a su mundo. Porque le basta un análisis de sangre y la técnica del hospital donde trabaja con un amigo íntimo, para detectar las enfermedades más penosas y muy a menudo curarlas. Pero qué se creían ustedes. Claro que es un cuento de hadas para todas las edades, pero sobre todo para los que tenemos años de ver que la amenaza del bicho maldito es real. Pero qué maravilla. Qué acierto inyectarnos esperanza a través de esa pantalla de televisión que es el cacharro que más funciona en casi todas las casas, cegadas, rodeadas por el miedo.

No se trata de creernos que cualquiera puede cumplir un milagro ni que existen esos médicos milagrosos ya muy explotados por los norteamericanos. En este telefilme, que no tiene la menor contraindicación, solo se pone de relieve la inteligencia, la reflexión, la voluntad y sobre todo el empeño de un médico que sabe que lo suyo tiene que ser curar. Un médico que se sale de lo que conocemos habitualmente. Un médico como un ángel de la gurda, lo que no le impida tener los más simpáticos líos de faldas. Los que vivimos en un país como España hemos perdido por ahora, aunque dicen que se va a restaurar, la noción del médico de familia, del médico cercano, que si no te cura con medicamentos te da por lo menos esperanza, te aconseja, te habla, te ausculta. Un médico que ves y que conoces. Era así hasta el inicio de la pandemia.

Desde el estallido del coronavirus, los médicos de la Sanidad española dejaron un tanto de lado a los enfermos corrientes, como los afectados de cáncer, del que han muerto varias personas porque no se les atendió a tiempo, y consultan, es un decir, por teléfono. Usted llama a una centralita, alguien le contesta y al cabo de unos días quizá tenga la suerte de que el médico en persona le haga temblar el timbre de su teléfono. Pero ahí queda todo. Salvo no sé qué circunstancias, no hay consultas presenciales, solo telefónicas. Esto era hasta anteayer. Ahora dicen que la situación va a volver a lo que siempre fue.

Comprenderán por lo tanto que la llegada aunque sea en la irrealidad televisiva de un médico dispuesto a no dormir para atender a sus enfermos es un baño moral sumamente relajante. Porque nos engañamos cuando buscamos huir del mal, y el mal hoy en el mundo son esos chinos pretenciosos, que totalizan más multimillonarios que Estados Unidos, pero que nos mandaron la muerte cruel y gratuita.

La gente ha criticado mucho ese tipo de medicina inhumana, improvisado porque todos los esfuerzos se volvaban en vencer el coronavirus. Probablemente esos que se dicen médico y se esconden detrás de secretarios y teléfonos ven la serie austriaca para creerse por un ratito un Doctor Grube que cumple con sus enfermos y olvida que son unos infames a los que se les debería retirar el derecho a ejercer y todas las prebendas que tienen. Entretanto, los médicos, médicas, enfermeros y enfermeras que atienden en España a los afectados por el coronavirus si que se juegan la vida cara a cara. No cejan en su empeño de curar o al menos de aliviar y más de uno, y más de una, han caído en este acto de servicio tan arriesgado. Han elegido el camino más peligroso pero el más digno. Y ganan igual que esos otros médicos de tres al cuarto que se ocultan, o se ocultaban hasta el momento, detrás de un teléfono y detrás del miserable sentido que tienen de su misión.