Periodismo, amor y cha cha cha
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Siempre he trabajado con mujeres inteligentes y cariñosas hasta el respeto. Y esa noche en que me iba de Brasilia con los ojos cuajados de lágrimas rebeldes, algunas de ellas estaban allí para darme fuerzas de abandonar aquella ciudad majestuosa que tanto amé y de la que me empujaban fuerzas del mal. Las circunstancias y algunas malas relaciones que yo había creído gente buena me condujeron a la humillante jubilación voluntaria. Pero cuando unos cuantos latinos acostumbrados a usar la faca se alían, poco hay que hacer. Unas noches antes, cuando “mi despedida” en Montevideo con champán francés, otra mujer me dio la mano cuando todo estaba consumado, y las risas de mis enemigos eran gozosas. En Brasilia me dejaba a grandes personas. Alain Boebion, el director de la AFP para todo Brasil, gran persona y excelente periodista, Claire de Oliveira, adjunta, y otra excelente periodista.

Luciene Rodrigues, mi secretaria en Brasil, que me había enseñado como puntuar una carrera de automóviles y otras cosas maravillosas que siempre le deberé. Hubo otras mujeres en ese período periodístico brasileño, y algunas de ellas, un par, me hubiesen estrangulado con el cordón que aguantaba la túnica de Don Bosco, un salesiano que, según la tradición, vio en sueños una ciudad maravillosa en un punto donde efectivamente el gobierno brasileño decidió construir el centro del poder, en una sábana donde solo había serpientes árboles raquíticos. Era nada y menos que Brasilia. Confieso es que no sé tener amigas. Siempre me enamoro. Pero casi todas aquellas que yo veía como futuras enamoradas no querían más que amistad. Algunas me lo confesaron veinte años después, porque ya se sabe que más vale tarde que nunca. Amé tanto pero tan calladamente, un silencio que ellas entendían hasta tal punto que resolvían el dilema con unas sonrisas y unos besos en la mejilla como los que se dan a los niños buenos. Alguna, pocas afortunadamente, me apuñalaron. Pero siempre quedaron unas cuantas que en varios continentes me dejaron quererlas pero con devolución.

La verdad es que desde que en mi niñez descubrí los pechos de mi madre, una obra de arte, no he parado de enamorarme. Y cuando aquel descubrimiento debía tener siete años y un padre coronel de los que no entendían de filosofías griegas. Si hago este balance amoroso en el momento que salgo de Brasilia (año 2000 o casi) es porque así es menor duro. Me habían dicho que las cubanas eran mujeres amorosas por naturaleza. Dejé un amor que dura desde hace cuarenta años pero me llevé muchos fracasos. Un día en La Habana de los ochenta, una secretaria que para servirme un buchito de café se había puesto como para salir a bailar, di un paso en falso. Se rio y me rechazó con estas palabras: “Las cubanas nos arreglamos bien porque así lo quería José Martí”.

Los supervivientes de aquella escena todavía se rompen de risa cuando alguna vez recordamos. Pero, bueno, dirán ustedes, ¿y a qué viene este rollo de faldas si a este señor acaban de empujarlo hacia la salida de Brasilia? Pues, miren ustedes, resulta que yo nunca he dado la importancia máxima a mi vida profesional. Me bastaba con que me dejaran escribir en paz. Pero algunos majaras que Dios tenga en el fondo de cualquier arrollo de la Patagonia, porque supongo que alguno habrá suficientemente hondo, creyeron que yo quería el poder absoluto en la Redacción en París, el centro de todo, donde en 1960 iniciamos unos cuantos, y no los malos del cuchillo florentino, la aventura de llevar las informaciones en español a todos los periódicos de América Latina y desbancar de paso a las otras agencias mundiales que querían hacernos sombra. Pero nunca pudieron, porque teníamos los mejores elementos, hasta un futuro Premio Nobel llamado Mario Vargas Llosa.

Había, sobre todo en la última parte de la historia, cuando a mí me invitaron a tomar una puerta con honores, una pandilla de impresentables algunos de los cuales creo que todavía andan dándole al ordenador.

Por cierto, que antes de que esta aventura mía con billete de vuelta Brasilia-París, en el servicio latinoamericano parisiense donde hubo algunos intentos para que la sede de este servicio nuestro se instalase en Washington y luego finalmente en Montevideo, habíamos cortado algunas cabezas demasiado ambiciosas que querían movernos de París. Con la bendición de los sindicatos franceses, sumamente poderosos.  Lo que pasa es que al final los malos siempre ganan. Pero, fíjense, yo les estoy al final de esta historia bastante agradecidos. Desde que me jubile he escrito cientos, quizá miles de artículos y me he divertido como un cosaco, aquellos que se lo pasaban bomba decapitando botellas de champán con sus espadones en el Maxim’s de París. Para concluir, apunten: amé tanto, me amaron más de lo que yo amé y me abandonaron menos de lo que yo abandoné. Y cuando fui a despedirme del Presidente Director General de la Agencia France Presse en París, un señor que yo no conocía, me desquité diciéndole: “Señor Presidente. Siento irme de la AFP porque pierde usted al mejor periodista que tenía”. El hombre, que me había escuchado con toda la politesse del mundo de que era capaz en la Francia que yo conocí un Director General, respiró, se ajustó las gafas, yo también. Y me preguntó muy cordialmente si le aceptaba un café.