Hace 54 años moría mi padre
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Marcelo Aparicio | Sergio Berrocal Jr.

Reconozco que poco puede interesar a los ocasionales lectores. Les pido disculpas. Pero quiero recordarlo y así homenajearlo como nunca lo hice, con la herramienta que me enseñó, la escritura no era escribano (notario), sino periodista, como su padre, su abuelo, sus hermanos, sus hermanas, sus hijos y sus hijas. Se murió mientras mi hermana Bibi y yo intententabamos activarle el corazón, como otras muchas veces tocó hacerlo en más de diez infartos. Yo con uniforme de soldado… escapado de una guardia y perseguido y amenazado por un sargento que no atinó, por suerte, a disparar ante mi desobediencia frente al taxi donde me esperaba mi hermana Stella con la noticia de la urgencia.

Se murió no siendo yo periodista aún y enterado de que no quería seguir la senda de la familia porque estudiaba ciencias económicas y arquitectura porque pensaba que finalmente me decidiría por alguna. La muerte de mi adre me llevó a continuar con su pequeña agencia de noticias comentadas en sesudos editoriales que aprovechaban unos 150 diarios de ese enorme país. Siempre anónimos “porque el buen periodista debe aparecer lo menos posible. No es el protagonista, si, en cambio, la noticia”, decía.

Era un hombre moderno para su época por su gran visión y cultura. Para los de hoy sería un anticuado, por los valores que inculcaba y defendía, por sus recomendaciones y consejos. Puedo decir que, gracias a la edad que me tocó disfrutarlo (yo era el menor y menorisimo de la familia) y con mi hermana más próxima vivimos pegados a él durante la edad de la sabiduría suya y de la inocencia y curiosidad nuestra.

Un día volví alterado de la calle. Tendría unos 13 años. Venía de clase de dactilografía (exigencia suya para poder escribir mientras las noticias las escuchaba de un entrevistado o de la radio, decía) y me disponía a ir a un entrenamiento semanal de rugby. ¡¡¡papá, papá, hubo un incendio en la fábrica de galletitas de la calle Callao (cerca de casa). Hay un olor, la gente está agolpándose, bla, bla bla, contado con excitación y desorden típico de un adolescente. “no me diga más”, me dijo. Tomó una tablilla que siempre tenía pronta con papel para tomar notas y me añade “no me lo cuente, me lo escriba, por favor”. Cuando no iba de tuteo, mejor no discutir. Rezongué porque llegaría tarde y me dijo algo de las prioridades, que ahora entiendo. Escribí rápido lo que había visto y se lo di. Leyó en silencio y yo veía que corregía mucho. Después lo vemos, intenté yo, recibiendo una negativa por respuesta-

“Los incendios son todos diferentes, pero hay un modismo imposible de escapar que se confunden con lugares comunes”, me dijo habiéndome explicado en otras ocasiones el tema de los lugares comunes por evitar.  Todo incendio es “voraz”. Así hay que describirlo salvo que no sea gran cosa. “las llamaradas competían con el humo para llegar lo más alto posible y así da una imagen que se adelante a la fotografía. Los sinónimos son “un siniestro”, “el voraz castigo”, “la espesa humareda”, el “intenso olor persistente”, que “podía olerse a varios centenares de metros del siniestro”, etc, etc. “Con estos datos puede describir un incendio a lo lejos para no nublarse la vista ni correr riesgos”.

La verdad que luego, en mi vida periodística , usé muchos de sus consejos. En el diario La Nacion, donde había trabajado casi toda las familia y que mi abuelo sentaba en una fotografía junto a Bartolome Mitre el día de su fundación, dejé de ser “aspirante”, una noche que no había reporteros y debí debutar con un incendio. Fue un voraz incendio en un barce que al final descubrí y publiqué que se trataba de un puti club naútico. Con lo cual  tuve ingredientes accesorios que me divertí escribiendo pensando en don Marcelino cuando tuve que relatar como saltaban las mujeres de la noche por la borda y eran recogidas en botes salvavidas.

Hace 54 años murió don Marcelino Alejandro Aparicio con más de diez años menos de los que tengo hoy.