Como un paria
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Una repentina mudez se te atraviesa en la garganta y lloras por dentro, silenciosamente, sin que nadie se entere. Solo se te notaría si alguien te metiera los dedos en la boca. Sigues llorando, en medio de la nada, porque te siguen insultando, convencidos de que no te atreverás a replicar, a decir que no eres Jesús, que a Él ya lo sacrificaron. Callas en espera de que las ganas de llorar se pasen o se escondan en algún recoveco amistoso que te impida dar el espectáculo. Te echan en cara que te quejes, que escribas cosas que hieren sus sentimientos (es más corto) y te quedas tirado en un rincón del sofá, junto a Pitusín, un canario prodigioso, que canta las Cuatro Estaciones de Vivaldi cuando se siente triste. Nunca habrás sabido si es de verte comerte las lágrimas o si te está diciendo que no entiende por qué aguanto tanto insulto, por qué no te marchas. Porque si él no tuviese la puñetera jaula por medio. ¿Qué no sabría volar? Ya aprendería, que hay cursos para todo. Pero, tú, que no tienes jaula, adónde irías si el bicho chino te ha dejado que ya no sabes andar. Doce o catorce meses llevas metido en tu despacho, en el salón y como mucho la terraza, que ya te da miedo porque con un poquito de valor…

Y no tienes a quien decirle nada, porque te da vergüenza. Tu mujer, tu hijo, estás desahuciado, compañero.

“Toca pero nada más”. Es la puta barata que se te ha acercado. A ti te gustaría algo más pero ella dice que no, que no, solamente hablar, y no de fútbol, y hasta que se acerque un cliente serio. “Además de viejo, no tienes dinero”.

Ya ha llegado Mariluz, os conocéis desde hace muchos años, de cuando ella trabajaba en Doctor Fleming y tú pasaba frecuentes estancias en el Hotel Meliá. Entonces te creían un joven periodista-escritor con mucho talento. Era todo el talento que tenía el coronel, tu papá que te abandonó, mon cher, que manejaba la Redacción y al director General. Y tú pasaba por un geniecillo que incluso publicaba poesía en una revista joseantoniana que Franco permitía.

Te habías enamorado de José Antonio porque había muerto en una cárcel, fusilado casi por la espalda, sin tener que haberlo sido. Pero la política del Caudillo y de sus enemigos los malditos republicanos exigía ese sacrificio de un tipo noble y demasiado inteligente para poder seguir viviendo entre aquellos facinerosos.

Cuando tu hija Corinne murió en una carretera, en un muro en el que se estrelló el coche que conducía su estúpido de novio, comprendiste muchas cosas.

Tu más fiel amigo de Madrid, ¿te acuerdas?, al que le diste por teléfono la espantosa noticia, quedó como aturullado, con las flemas que no le permitían hablar y cuando lo hizo fue para decirte, para imprecarte más bien: “¡Cómo se te ocurre llamarme para decirme algo tan espantoso!”.

Y él conocía y amaba a la maravillosa Corinne.

No era espantoso que la pobrecita mía se hubiese matado, pero el muy mamón parecía pensar que aquello podía tener un efecto de rebote, de contagio, y que su hija mayor, íntima de Corinne, podría correr la misma suerte.

Ya casi no se lo dijiste a otros amigos con los que os queríais mucho. Comprendiste que era espantoso, que todos pensarían en el efecto rebote, ellos que también tenían hijas. Y esas hijas no las echaría a perder el miserable del Berrocal. Ellas vivirían, terminarían sus estudios, se casarían con buenos partidos, o de Falange o del Opus Dei. Si Corinne se ha matado en un coche quizá sea un aviso del Divino –porque todos eran los cabrones muy religiosos. Pero hay que alejarse de la mala suerte.

Cuando después de la muerte de tu mujer, la madre de Corinne, falleció de un largo cáncer en un verano, un invierno o no se qué muy largo, ninguno de esos amigos maravillosos de Madrid, donde se cocinaba el poder, donde tú ya eras conocido en cuchicheos como el hijo del Coronel, porque el tal militar no tenía solo estrellas, se apresuró a tomar un avión para abrazarte. Creo que eso es lo que se hacía en la buena sociedad. Tu padre había sido nada menos que jefe de los servicios secretos de Franco. Cuantas cosas habría callado. Y tu en medio sin saber. El muy macana hasta tiene un libro que cuenta toda su vida.

Nadie entendió entre esa exquisitez de tribu que tú tenías en Madrid que te volvieses a casar rápidamente, con una prima. Porque ninguno de ellos sabía lo que era tener cuatro niños a los que había que educar como fuera. Tú estaba solo, en París, y era como si te hubiesen desmontado de un caballo furioso a empujones. La esposa de uno de tus mejores amigos y protector, gente de dinero abundante, de lo que contaba en aquellos tiempos en la España que Franco todavía dominaba, se tomó muy mal la boda. Seguramente que pensaba que tu segunda mujer no correspondía a su rango. ¿Cómo iba a llevarla a las carreras de caballos? Al jumping donde todas las señoronas decentes se reunían frecuentemente.

El Coronel había muerto, sin que nadie te mandase una puñetera esquela. Mis amigos de verdad, a los que no le importaban el rango de mi segunda boda ni otras paparruchadas, también murieron con el tiempo. No me quedaba nadie o sí, algunos libros que unos y otros me dedicaron. Carmelo Martínez, director de Marca y que te obligó a entrar cariñosamente como corresponsal en París en el mundo tan opaco para tí como el deporte. Un amigo del mismo periódico, alguien maravilloso, te enseñó las bases del boxeo y te nombró por encima de Carmelo su corresponsal pugilístico en la capital de Francia, aprovechando que entonces Monzón, Mantequilla Nápoles, Jean Claude Bouttier y otros nombres, con la bendición del actor Alain Delon, que quería jugar al duro, estaban haciendo de París un polo europeo importante del pugilismo.

Te gustaron aquellos tipos duros, un poco majaretas, supongo que a fuerza de recibir golpes en la cabeza. Más o menos como tú.

En los alrededores de la Maison de la Radio de París, donde estaban reunidas todas las radios nacionales del país, te encontraste alguna vez a un barrendero con cara de boxeador que parecía costarle coordinar sus movimientos para mal barrer no se sabe qué. Apenas hablaba. Alguna vez que estaba en forma cruzabais algunas palabras. Le habías conocido mientras le remendaban el cuerpo en una mesa de masaje después de una paliza, la penúltima.

La última vez que le viste pensaste, eso fue lo que me dijiste, que seguramente tú acabarías como él, desechado de todos, sin que nadie te dirigiese la palabra. Como un paria.

Hoy, un millón de años después, siento los instintos de los púgiles cuando recorren el pasillo antes de llegar al cuadrilátero. Me siento un hombre, con el triunfo en la mano. Pero cuando me bajo del cuadrilátero, o mejor me bajan con los ojos ensangrentados y la cara que ni la de Cristo, entiendo que todo se ha acabado.

Y estos combates yo los protagonizo en casa por lo menos una vez por día. Hasta que me noqueen de verdad.

Y me acuerdo del peso pesado que limpiaba los alrededores de la Maison de la Radio en París.