Los que no aprendieron nada de Hemingway
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La práctica del periodismo y el cuento diario que los periodistas estamos obligados a mandar a las redacciones haya o no haya noticias me ha enseñado que cuanto más corto es tu relato más exacto y directo resulta. Lo malo es que en este siglo de pandemia y en los pasados, los editores consideran que una novela que no tenga el espesor de lo que ellos piensan debe tener una obra maestra no vale la pena. El talento al peso. Los muy brutos, y con lo caro que está el papel, no han comprendido nada y es probablemente porque en su mayoría es gente de lectura corta o nula.

Si hubiesen leído alguna vez desde la primera a la última página “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway, entenderían inmediatamente que están equivocados. Estoy seguro de que muy pocos han tenido la curiosidad de leerse ese libro con los codos hincados en la mesa, sin perderse nada y sobre todo el número de páginas, 127 exactamente, lo que por razones comerciales se llamaría hoy una novela corta, cuando ese libro fue publicado, de forma excepcional, lo nunca visto, por la revista Life. Precisamente porque no era Lo que el viento se llevó.

La gente que hoy quiere escribir tampoco se da cuenta de ese detalle, de esa relación entre el talento y la brevedad. En “El viejo y el mar”, Hemingway no cuenta solamente la historia de un pescador de la playa de Cojimar, cerca de La Habana, al que ha ya tiempo persigue la mala suerte. Está empeñado, casi obsesionado, en pescar y poder llevar a tierra el pez más grande, llamémosle tiburón, barracuda o como ustedes prefieran. Quiere triunfar por una vez. Y al cabo de 84 días sin que sus anzuelos engancharan un pez, por modesto que fuera, empezaba a hacerle creer en la mala suerte. Otros decían que el viejo estaba acabado. Que nunca conseguiría, nunca más, capturar ese pez gigantesco que le obsesionaba.

No es la historia de un pescador, es la historia de los hombres y mujeres de toda la vida que nos empeñamos día tras día, año tras año en conseguir lo imposible. Es la historia no de una vida sino de la vida misma con todos sus secretos. Pero los editores no entienden mucho de esas cosas, lo suyo es publicar y cuanto más gordo es el producto que ofrecen más les parece a ellos que tiene valor. Desconocen a Tolstoi, Guy de Maupassant y a todos los franceses que practicaron el cuento y la novela corta con éxito de un público que en el siglo XIX sabía leer y adoraba la lectura. Por lo tanto ignoran muchos de ellos lo que puede dar de sí una novela corta.

Esto hace que todos los escritores actuales, aunque quizá los norteamericanos sigan más a Tolstoi que a Alejandro Dumas, se empeñen en estirar la acción con todas las truculencias. Me acaban de llegar tres libros muy distintos y diferentes que no es lo mismo por mucho que ustedes sepan o crean saber gramática. Empiezo por lo peor, “El próximo año en La Habana” de una tal Chanel Cleeton, que huele a pseudónimo barato porque se echa perfume para escribir. Agrego que en la tapa tiene la mención de “Libro del año”. Extraordinario, extravagante. Lo poco que he leído, la historia de una muchacha norteamericana de familia cubana de los de antes de Fidel Castro que vuelve a lLa Habana con la urna funeraria de su abuela. Me ha aburrido solemnemente. 357 páginas de las que solo he leído unas cuantas porque la heroína, una yanqui, es tan interesante como Pulgarcito..

Luego me he tropezado con la última obra publicada de mi antiguo colega de la AFP Mario Vargas Llosa, “Tiempos recios”, 353 páginas, como para un viaje largo y aburrido. Y el cubano Leonardo Padura sale con “Como polvo en el viento”, record con 667 páginas. Hasta ahora solo me ha gustado la portada, preciosa foto erótica en blanco y negro que da ganas de meter los ojos en ese montón de páginas.

Este señor escribía antes más corto, pero bueno, se nota que tampoco conoce el por qué de las 127 páginas de Heminggay, uno de los libros más vendidos den el mundo y que sigue vendiéndose como si de la Biblia se tratara. La verdad es que yo a Mario Vargas Llosa le perdono su montón de páginas, que podían contarse en menos si los editores no dieran la impresión de que venden realmente al peso.

Le perdono porque comprenderán que si te metes ese montón de letras, vale la pena. Hay que reconocer que el peruano tiene un cierto sentido del humor del que carecía Hemingway, probablemente porque el norteamericano iba a la iglesia del güisqui. En su última obra, Varguitas cuenta un golpe de Estado en América Latina. En un momento, el presidente tiene una querida muy querida, antigua Miss Guatemala, que es aparentemente un primor.

Y cuando unos rebeldes o quien fuera se cargan al viejo, el agente designado para salvarla de que los rebeldes la fusilen o algo peor la saca del país y la lleva a otro. Cuando se encuentran a salvo, lejos del palacio presidencial donde su antiguo amante ha terminado de sufrir, ella, la belleza ambulante y folladora, le pregunta a su acompañante que le ha salvado la vida pero que al parecer es feo con ganas qué va a pasar a partir de ahora.

Y el hombre, mirándola fijamente, le contesta finamente; “Lo que va a pasar es esto. Te voy a romper el culo y te voy a hacer chillar como una verraca, Miss Guatemala”.

Y luego dirán que Balzac era realista…