Escribir, ¿para qué?
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Uno, que ha pasado toda la vida haciendo lo único que sabía, escribir, se siente de pronto como esos grandes actores a los que el tiempo ha convertido en intérpretes de tercera regional. Grandes nombres del cine, sin los cuales el cine no hubiese sido más que un pasatiempo sin mayor trascendencia. Hoy todo el mundo reconoce que el cinematógrafo de los hermanos Lumière fue el invento cultural más grandioso. Todavía veo a Karl Malden correr por las calles de San Francisco con una placa de inspector de policía en la mano y mucho valor debajo de su gabardina, patrullando por esa ciudad que para nosotros europeos es un lugar mítico aunque nuestras posibilidades no nos hayan dejado llegar nunca hasta allí. Malden y la caridad por el que no sabe. Nada de Clint Eastwood y Harry el Sucio con su espantoso Magnum 378 que volaba la cabeza de los malhechores. Eran otros métodos.

Al lado de Malden iba un joven sabueso del mismo cuerpo, Michael Douglas, el viejo y el recién llegado luchando contra el crimen. Eran los bellos años 70 donde las productoras no estaban todavía siendo reemplazada por “plataformas” de televisión donde se construye cualquier cosa que ellos llaman cine y que pueden y se llevan incluso Oscars. Es de suponer que dentro de unos años, si el bicho chino, el coronavirus, sigue ahuyentando a la gente de las salas de cine, imperarán las “plataformas” como productoras de cine a todos los niveles. Karld Malden falleció hace ya bastantes años después de haberse tenido que someterse a la fatalidad de haber devuelto la placa que le había dado Hollywood para poner orden en las calles de San Francisco.

El hijo del inmenso Kirk Douglas ha tenido más suerte. Se le ve todavía en películas de primera con buenos papeles o por lo menos lo suficientemente vistosos. De pronto te tropiezas con Charles Bronson que te recuerda que hubo una justicia en esta ciudad, forastero, la justicia del pueblo, liquidando por su cuenta a los malos. Todo eso se acabó. La edad no perdona. Y si quieren hagan la prueba. Seguro que recuerdan más rápidamente cinco nombres de grande actores del pasado que cinco recién estrenados. Por supuesto que no soy actor sino un periodista que después de cuarenta, cincuenta años de profesión en la Agencia France Presse, tuve que jubilarme y seguir escribiendo por mi cuenta, sin cobrar un céntimo. Miento porque a veces te aceptaban una colaboración pagada poco pero bueno, por ser vos quien sois o más bien en recuerdo del pasado.

Con los cuartos de mi jubilación he publicado hasta quince libritos, sobre temas periodísticos que quizá le sirvan a alguien. El caso es que he entrado en mi 80 cumpleaños con la feroz pandemia china que mata sobre todo a los viejos. Sigo tecleando por el momento, aunque con el miedo metido en los riñones porque ya no me quieren ni para un papelito en una película de aficionados.

Y a través de la revista de mi hijo Tonu, On Magazine. escribo en Face Book, un artilugio bien hecho por los norteamericanos para que el pueblo pueda expresarse, bueno más bien para que cualquiera, aunque no sepa escribir, o sobre todo si no sabe escribir, pueda expresar lo que le de la gana. Algunas son sorpresas agradables, de gente que tienen un talento instintivo y otros, la mayoría, son paparruchadas de analfabetos recuperados por el sistema de “todos somos iguales”, “periodismo para todos”. La verdad es que nunca he sido capaz de construir una silla de madera. No sé. Pero el método norteamericano es fabuloso. Consiste no en dejar que la gente se exprese sino que cualquiera que no sepa la o con un canito pueda compararse en su inmensa estrechez de pensamiento a un profesional de la escritura, que, como yo, y como bastantes otros, aprovechan para publicar en ese lugar donde hace unos años jamás hubiesen puesto el teclado de sus máquinas. Pero, bueno, es la vida, el año de la pandemia, el año de la soberbia del analfabeto.

Y todavía le doy gracias a Dios porque ya ni me dejan contar mis historietas en el país donde brillé como Karl Malden en “Las calles de San Francisco”. Era Cuba, donde yo era admirado, hasta por profesionales, que ahora se han apresurado a darme la espalda sabiendo que los amos de la prensa cubana me han borrado de sus tabletas cuando hace apenas unos años no se les quemaba la boca por decir que Sergio Berrocal, ya retirado de la AFP, seguía siendo un buen periodista.

Pero un buen periodista tiene que denunciar y yo he denunciado muchas barrabasadas del sistema cubano y ahora me han hecho callar. Han conseguido incluso que mi mejor amiga en La Habana, excelente periodista, me borrase de su agenda. Supongo que lo habrá hecho con mucho pesar pero no ha tenido más remedio.

Y hoy la prensa cubana oficial, la que por supuesto no habla de las colas monstruosas de país de tercer mundo para conseguir un poco de comida o de cualquier otra cosa de primera necesidad, ni del desajuste social-económico de un gobierno que había creído reemplazar a Fidel Castro. La vergüenza es que su hermano, Raúl Castro, siga al lado de esos señores del venerable partido comunista. Uno de los mejores cubanos que trabaja por el extranjero y puede permitirse ciertas “libertades” escribe en tuits una bonita crónica: “Si no tienes dólares (en Cuba) estás jodido”. Me parece una bella oración en el cementerio del régimen.

Ya en Cuba no soy ni un actor de quinta categoría al que permiten escribir para que vean que no son racistas, elitistas o lo que se quiera. Y lo siento porque allí pude trabajar y aprender con excelentes periodistas que, desgraciadamente, tuvieron que someterse. Porque, ya lo dijo Fidel Castro, dentro del sistema lo que quieras, fuera, nada. Y para seguir el razonamiento del talentoso colega, en Cuba, si no tienes amigos, si tus amigos te reniegan, también estás jodido.