El Presidente Joe Biden: la muerte de un hijo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

No sé si Joe Biden será un presidente pasable en el infierno de una Casa Blanca que ha dado muchos jerarcas empeñados a hacer la vida imposible al mundo. No sé si Joe Bidel es una buena persona, pero tiene el coraje de decir que Jesús se ha portado muy mal con él y de contar cosas que solo cuentan los hombres que son capaces de aguantar una vida injusta. Todo esto lo robo de unos extractos de sus Memorias que publica el semanario francés Le Point. Un detalle que da la idea de lo que es el poder. El libro lo escribió Biden, o se lo escribieron, y se publicó hace trece años en Estados Unidos. En Francia acaban de traducirlo y de mandarlo a las librerías.

Repito que ignoro si Biden es alguien profundamente bueno, cosa rara en un político, sobre todo si es norteamericano, o si se ha convertido. Porque un norteamericano creyente que le lanza reproches a Jesús hay pocos. Ni el peor de todos, George Bush, que tenía a Jesucristo por bandera. Pero me he fijado en una foto fechada en 1972, también publicada en el mismo semanario, en la que el entonces senador, con muy pocas posibilidades de subir en el escalafón político norteamericano, aparece en un cumpleaños. El suyo, cuando cumplía 30 años, rodeado de su esposa, una mujer que parece recia e interesante, como las de las películas sobre el mundo político norteamericano, y sus dos hijos, que eran un mocoso y una mocosa en ese momento.

Y dice el pie de la foto; “Un mes después (de tomarse la foto), el 20 de noviembre de 1972, “su esposa y su hija se mataron en un accidente de carretera. En 2015, el mayor, que tenía por nombre Beau, el sobreviviente de la carretera, moría de un cáncer en el cerebro”. Lees estas cosas y se te cambia el cuerpo y ya no miras las fotos del nuevo presidente de los Estados Unidos de la misma manera. Porque un hombre, por fuerte que sea, por poderoso que sea, no resiste o muy mal esa tragedia y menos por duplicado o triplicado. La muerte de un hijo es lo más terrible que le puede pasar a un padre. Es el rejón supremo que deja al toro clavado en el suelo. No se moverá más.

Y sin embargo, Joe Biden sobrevivió y volvió a rehacer su vida, casándose y ahora consiguiendo meterse en la Casa Blanca, a los 78 años, que normalmente es la edad en que uno encarga su ida al cementerio. Y escribe refiriéndose al primer gran drama de su vida, la muerte de su esposa y de su hija: “…Toda mi vida me habían dicho que vivíamos bajo la protección de un Dios bienhechor. Un Dios clemente y justo, consciente de que los hombres cometen a veces errores. Un Dios tolerante. Un Dios que nos deja la libertad de dudar. Un Dios amante… Pero yo ya no quería hablar de un Dios misericordioso… Tenía el sentimiento de que Dios me había hecho una mala jugada y no se lo perdonaba. La Iglesia no me procuraba ningún consuelo”. Lo creo porque sé de lo que hablar. Yo nunca he sido senador pero sí padre como él y he pasado por esa tragedia de perder lo que más se quiere, un hijo, bueno una hija en mi caso. Pero para a él el horror fue doble, dos, por si no tenía bastante con uno. Sin contar su primera mujer. Chapeau, Mister Biden, no se sé será usted un buen presidente, o si dentro de poco tiempo no tendremos que quejarnos de su manera de conducir el mundo, pero por el momento me ha impresionado.

Y siga creyendo en Jesús. Yo también me he peleado con él y espero verlo un día para pedirle cuentas.