Cuba, reformas económicas, covid y noticias buenas
image_pdfimage_print

Manuel Juan Somoza La Habana | Maqueta Sergio Berrocal Jr. | 

Lo había esperado como quien aguarda al viejo de la guadaña con la intención de burlarlo. Estaba preparado para lo peor y sin embargo recibió la segunda buena noticia de la semana, en un país donde las buenas nuevas solo reinan en los informativos estatales de la radio y la televisión. El cobrador irrumpió en el barrio dando gritos para anunciar su presencia -“¡LAAAA LUUZZZZ!”-, venía a medir el gasto del mes, y todos los vecinos reaccionaron como él porque a partir de enero entró en vigor una nueva y más elevada tarifa eléctrica, como parte de la mayor reforma monetaria emprendida en el país en 60 años, que ya ha elevado considerablemente el costo de la vida. Y ¡sorpresa!, pese a esperar la multiplicación por ocho de los 114 pesos que pagó el mes anterior, en febrero abonaría 267, con lo cual, pensó satisfecho: “Coño, dio resultado lo que ahorramos este mes, se puede enfrentar esto”. Claro que todavía faltaban por conocer los nuevos precios de la telefonía, la conexión a Internet, el gas, pero ese domingo José Antonio respiró feliz, llevaba además siete días en cuarentena con su esposa Vivian y su hijo Ariel, procedimiento establecido con todos los viajeros –el muchacho reside en Madrid- a la espera de los resultados del segundo PCR que le realizaron desde que llegó al aeropuerto internacional “José Martí” la noche del 18 de enero. Gracias al aislamiento los tres habían pasado juntos el mayor tiempo desde que él venía de visitas a La Habana. “Antes –volvió a pensar en silencio y sonriente- tenía que cogerlo a lazo para tenerlo en casa”.

Todo pintaba más o menos bien aquel domingo. Una amiga desde Barcelona y otra desde San Sebastián le enviaron con el hijo dos novelas policiacas -“Todo esto de daré”, de Dolores Redondo, y , “En el otro bolsillo”, de Laura Balagué, esta última dedicada por la autora-;  estaba eufórico, aunque la covid seguía mandando en su isla con cifras de incidencia preocupantes por cada 100 mil habitantes y los mercados , como en diciembre y mucho antes, seguían vacíos. El super de la esquina de su casa era una postal lúgubre: estanterías muertas y a la venta agua embotellada, pañales para niños, ron, eso sí en abundancia, y vino importado. Y oscilando entre la felicidad repentina por el costo de la luz y la presencia del hijo, volvió a pensar que la necesaria reforma montería había llegada en el peor de los momentos. Le faltaba muchísimo por andar a fin de comprobar si le alcanzarían sus ingresos, no esperaba que los cambios dieran resultados palpables en 2021 y temía mucho, muchísimo, que la enorme e ineficiente burocracia administrativa cubana pudiera responder al momento decisivo que vivía la nación; de fracasar las reformas las puertas quedarían abiertas a un neoliberalismo puro y duro de factura estadounidense. Y entonces detuvo las elucubraciones nefastas. En las prácticas de Tai Chi Chuan, a las que era asiduo, había un ejercicio para “expulsar el chi negativo”, acudió a él, y se refugió después en las bondades del domingo, con el precio de la luz inferior al que suponía, dos novelas policiacas y el vástago al alcance de sus manos