Cuba y la bestia
image_pdfimage_print

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Mi familia está repartida por medio mundo. Los hay fidelistas, trumpistas, anarquistas y cuentan también los asqueados de política y políticos. No es una familia atípica, son muchos los cubanos que tienen lejos a un padre o a un hermano; es consecuencia quizá de lo gozado o sufrido desde que en el 59 la nación puso proa en otra dirección. Y me viene todo esto de golpe cuando allá en el Norte Donald Trump abandonó la Casa Blanca ocultando su derrota para dejar paso a una nueva etapa en la cotidianidad de aquel gigantesco país habituado a imponer sus normas al resto de los mortales.

Y mientras eso ocurría del otro lado y los trumpistas aclamaban al ídolo en Florida, su primer refugio, una sensación de alivio recorría esta isla, que durante cuatro años estuvo entre los blancos preferidos de sus políticas diabólicas. Lo prohibió casi todo de aquella relación con visos de normalidad que impulsó Barack Obama, sobrepasó extremos en época de pandemia. Cerró el envío de remesas, persiguió a los barcos que traían petróleo, torpedeó la venta de insumos con vista a la fabricación nacional de medicamentos anti covid, enloqueció en el empeño de forzar una sublevación contra el rumbo trazado desde el 59 y puso a 11 millones de isleños al borde del ahogo, sin misericordia ni con los trumpistas de esta tierra.

Pero el alivio no es exclusividad de la mayoría de los estadounidenses que votó contra él –más que por Biden- o de los cubanos. En Europa corrió la misma sensación entre los tradicionales aliados de EU e incluso en Israel, donde el sostén estadounidense es vital para el expansionismo sionista, sonaron las campanas, aunque nadie pueda presagiar cómo serán las cosas a partir de mañana. De momento en la mayor isla del Caribe, quienes cifraron su futuro en el sector privado y cooperativo, entre los que hay posiciones de todos los tintes políticos, afloró la esperanza de que resurjan las posibilidades de hacer negocios con el enorme mercado que está a 45 minutos de vuelo de La Habana. Y para el gobierno nacional se abrió la probabilidad de que al menos disminuya la obsesiva persecución financiera que ha padecido durante el mandato de este personaje con porte de engreído y conducta gansteril, cuando el país padece otro rebrote de covid y una nueva crisis económica, la segunda en 30 años.

“Nada podrá ser peor”, dicen los de aquí, acostumbrados los más viejos a sortear dificultades. “Vamos a levantarnos”, aseguran los optimistas y mientras tanto la cotidianidad transcurre entre mercados desabastecidos – faltan por igual leche y duralginas-, cuando se trata de cambiar una economía estatizada al máximo (esta prevista la quiebra de 450 empresas públicas por ineficientes), resucitando el quehacer privado (eliminado en 1968) y cooperativo, al tiempo que se acude a la inversión extranjera, siempre temerosa de comprometerse con una plaza maldecida por Washington. Y todo lo anterior con el nuevo coronavirus andante de un lado al otro. Cuba reportó el día de la caída oficial de Trump cinco fallecidos por covid-19, con lo cual esa cifra luctuosa se elevó a 34 en lo que va de mes. “Aunque esos decesos son muy inferiores a la media mundial, no estamos preparados para esto”, admitió el doctor Francisco Durán, un sexagenario que cada día da la cara a los cubanos para informarles del combate a la epidemia. La vida es como una carrera de obstáculos regados con la intención de medir devociones o perseverancias, pero este 20 de enero, al menos en Cuba, la retirada de esa bestia neofascista que se nombra Donald Trump tiende a hacer menos compleja la interminable corrida en la que participan todos.