La voz del niño salvó al mundo
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El único problema de aquel pueblecito francés es que era pobre aunque estaba situado al lado de pequeñas ciudades de los Alpes que, por el contrario, gozaban de todas las riquezas. A los 3500 habitantes del pueblo lo único que les salvaba era un balneario minúsculo y medio derruido donde los ricos de la región venían a reponerse de sus borracheras. Con eso y los conciertos que se organizaban para esos ilustres visitantes, la gente iba tirando con cuatro tiendecillas de souvenirs que no se sabía muy bien lo que representaban y algunos bares. Los conciertos eran ya conocidos. Veinte muchachos, el mayor de los cuales tenía doce años y algunos casi llevaban chupe, cantaban como ángeles todo un repertorio que un maestro de música que se había jubilado allí les enseñaba. Eran sus niños.

Un ricachón de los alrededores, que tenía un primo carpintero, tuvo la genial idea de convertir el pueblo en un belén gigante, lo nunca visto, que funcionaba todo el año, gracias sobre todo a las voces de los chiquillos. Los pueblerinos, que no sabían hacer faenas de campo porque no había campo que cultivar o al menos eso pretendían ellos, se hicieron medio ricos agregando ocurrencias que los turistas encontraban geniales. Pero a finales de 2019 se produjo una catástrofe. La gente empezó a enfermar y pronto, como había visitantes ricos, se dio con lo que ocurría. Era un bicho llamado coronavirus y procedente de China que se había apoderado del pueblo. Los niños dejaron de cantar y cada cual se atrincheró en su casa. Hasta que el diputado del lugar vino con la solución y un camión cargado de mascarillas. Todo el mundo se las puso y todo el mundo se echó a la calle. Y para celebrarlo, se organizó un concierto de los niños de la voz de oro, así se les llamaba ya.

Los chiquillos llegaron con sus uniformes que no vestían desde hacía ya unas semanas y unas mascarillas muy elegantes. Y empezó el concierto. Bueno. No empezó nada. Porque a través de las mascarillas las voces sonaban tan apagadas que aquello no valía la pena. El alcalde, socio mayoritario de todos los negocios del pueblo, se arrancó con rabia su mascarilla y mientras se le caían las lágrimas declaró: “Nous sommes foutus” (Estamos jodidos). El pueblo quedó al abandono. Ni siquiera se limpiaban las calles. Nadie quería saber nada y todo el mundo decía que el pueblo había sido maldecido. Pasaron dos meses y aunque no hubo muchos muertos, el pueblo estaba desfigurado. Ya los turistas ni se acercaban. Una mañana del primer día de primavera, el sol lució como nunca. La gente se echó a las calles para contemplarlo. Era un sol extraño, nunca visto. Al alcalde lo sacaron de su cama de la que ya ni se levantaba ni para comer, el médico del lugar no tardó en aparecer y al rato todos los notables hacían comentarios con sus mascarillas protectoras.

En esas estaban cuando vieron llegar un automóvil con matrícula del otro lado de la frontera, Suiza. Era un DS rojo como el fuego con un solo pasajero conducido por un chófer con gorra de plato color cielo. El auto se paró y ante la expectación de todos bajo un señor que fumaba un enorme habano, es decir que no llevaba mascarilla de ningún tipo y con voz de quien está acostumbrado a dar órdenes preguntó por el coro de niños cantores. Y acto seguido dijo que quería verlos con sus uniformes antes de media hora en el bello salón copiado de un teatro de Versalles que se había construido para que cantasen.

El alcalde fue el primero en reaccionar. Aunque era diputado nunca había podido resistir a la autoridad con puro. Todo el mundo hacía cábalas en voz baja mientras como un rebaño de ovejitas iban despacio hacia el coro, todo pintado de blanco con inscripciones doradas. Los niños ya habían llegado debidamente uniformados y con sus mascarillas más puestas que nunca por temor al bicho chino. El visitante, que hablaba un francés con deje de alemán hizo un círculo y desde en medio, sin quitarse otro enorme puro de la boca, empezó a hablarles en voz tan baja que solo los chiquillos podían oírle.

-Yo no soy ningún empresario ni quiero contrataros. Me ha mandado un amigo que vive muy lejos de los Alpes pero que no sé cómo os conoce de cuando cantabais con aquellas voces de ángeles.

Aquí el poderoso visitante se sacó el puro de la boca y en voz muy clara pero siempre bajita dijo a los niños:

-Vengo de un lugar muy lejano. Hay que atravesar muchas montañas para llegar hasta aquí. Mi jefe es un tipo muy extravagante, un mago llamado Josué, que recorre el mundo para acabar con el bicho que los infames chinos nos han mandado a todos los que no somos como ellos.

Os voy a pedir que os quitéis las mascarillas.

Los chiquillos quedaron cortados. Sus padres les habían dicho que si se las quitaban podían morir. Nadie se movió.

Los minutos pasaban mientras el hombre poderoso había encendido otro puro, todavía más grueso que el anterior. Y el humo salía como por una chimenea, pero también como si estuviese irritado ante la resistencia de aquellos mocosos.

Sin que nadie se lo esperase, el más pequeñajo del coro, dijo de pronto en voz muy baja algo a sus compañeros, que se miraron nada convencidos.

Segundos, quizá minutos de expectación. Sin decir nada, el pequeñajo, Jean-Louis, se arrancó la mascarilla que su mamá le había puesto con mil precauciones y de su boca salieron unas palabras en forma de himno que se oyeron estridentemente el mundo entero:

-¡Somos amor, somos el mundo!

Llenos de esperanza podemos rescatar

La fe que nos puede salvar juntos tú y yo”

Las otras mascarillas empezaron a caer y la canción de esperanza y amor resonó a través de los Alpes por el mundo entero.

En la plaza, la gente del pueblo escupía las mascarillas malditas que les habían tenido prisioneros de un poder que desconocían.

Y entonces, el tipo del puro gigantesco, lo lanzó al aire y gritó:

-¡Jesús de Nazaret, nuestro amigo, os desea a todos felicidad para toda la vida!