Maravillosas mujeres
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr. | España

Resulta que un día Sally encontró a un enamoradizo amigo llamado Harry y le dio una lección de orgasmo fingido en un restaurante repleto de gente que le quitó el sentido y las ganas de sentirse macho bravío.El amor de una mujer es algo que no tiene ni parangón ni precio. Los hombres somos desde muy pequeñitos tan mal criados que consideramos inocentemente que cuando lleguen al matrimonio o a la juntera con una señora habremos logrado el amor. Pero ocurre que la mujer ama sin reglas. Le gusta casarse probablemente porque para muchas es una ocasión de lucir galas, cuerpo, dar envidia a las amigas y hacer un viaje que quizá nunca lo hubiese hecho. Y es posible que a la vuelta de la estúpidamente llamada luna de miel se haya acabado la unión sagrada, por aburrimiento o simplemente porque de sexo el muchacho ni mijita. Contrariamente a todos los catecismos de cualquier religión, el sexo es primordial en una pareja.

Porque ellas, desde que nacen lo saben todo. Como atraer al macho, como emborrizarlo en sus caprichos. El sexo es femenino. De otro modo habría más hombres que mujeres que se dedicarían a la prostitución o al “acompañamiento” como llaman al sexo pagado los más finos. La mujer es una diosa que sabe amar como si aquellos dioses del olimpo griego a los que tanto les gustaba la posición horizontal, de pie o en cuclillas, pero hacer el amor en definitiva incluso teniendo que vestirse de cisne para conquistar a la mujer más bella.

Por supuesto que hay que descartar a las brujas machos que no quieren más que la perdición del hombre. Para una mujer en todo su esplendor, el macho es un compañero de juegos, de placer y eventualmente el que pone la gotita cuando surge el capricho de ser mamá. Un tonto útil. Y ahora ni eso porque con los vientres de alquiler y la fertilidad al gusto del consumidor en mil clínicas, ya se ha acabado. Ellas nunca se echan para atrás. Todavía en el siglo XXI, en el año de la pandemia, los homosexuales no tienen ya la cotización de que gozaban en la sociedad y algunos, una vez que se les ve en acción, ofrecen a veces una imagen de pena. Desde hace algún tiempo circulan por las redes maravillosas escenas de lesbianismo. Es de lo más bello que he visto. Dos mujeres que solo se besan constituyen de por sí un espectáculo de lo más agradable, fino y sugestivo. Las mujeres saben utilizar la boca como el hombre nunca lo hará. Consiguen convertir un simple roce de labios en un poema que de por sí sola corta la respiración.

Y no hablemos de dos mujeres encamadas. Es de una belleza de cuadro de Renoir porque las dos tienen sexos finos y bonitos, que forman un triángulo inefable con los pechos, esas protuberancias que incitan a todos los pecados. El hombre, pobrecito mío, tiene que exhibir un gancho más o menos grande pero siempre estéticamente desagradable. Cuando una mujer a la que no conoces te estrecha la mano, es una caricia refinada, que dependiendo de la intensidad y del tiempo pueden conducir a las puertas del orgasmo. El hombre carece de todo refinamiento amoroso. La prueba es que cuando se adentra en una mujer con su pene erecto, basta nada para que de pronto aquel monumento a la virilidad se ridiculice por un fallo eréctil. La mujer puede pasarse horas haciendo el amor, mimando los gestos que más le gustan. Ella siempre domina la situación y nunca abandona si no quiere. En el plano emocional, la mujer sabe cuándo tiene que encender las luces de socorro para sacar al hombre de un mal momento, de una congoja infinita. Sabiendo acariciar. Nace con la gracia de arreglar cualquier situación con un beso o simplemente con una frase tan cargada de poesía y belleza que muchos hombres no entienden: “¿Puedo?”. Nos piden permiso para el consuelo supremo, para que tú, macho bravío, al que se le han caído los arreos, no se considere el más desgraciado de los hombres, Y el hombre, diga a veces lo que diga, aunque se las de matón y de conquistador, adora a la mujer. Les ofrezco unas líneas de una novela negra maravillosa de Raymond Chandler. En “Adiós, muñeca”, lindo título que en inglés suena a “Farewell, my lovely”, habla así de la bella amante de un gangster gigantesco: “Ella trabajaba con las pestañas y me dio besos de mariposa en las mejillas. Cuando llegué a la boca, la tenía abierta a medias, quemaba, y su lengua era una serpiente veloz entre los dientes”.