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Monzón y el viejo erudito

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El viejo profesor, que antes había sido periodista y luego converso escritor para ahogar sus angustias en el bicarbonato de la amargura soltó una lágrima, que dejó correr por la mejilla. Y hablando solo como solía hacer cuando su última mujer se le iba de la cama musitó: “Cabroncete, Maradona te moriste. Y tú que te creías inmortal”. Se había vuelto a poner el pijama que ella le había quitado en aquella última noche, porque le dijo que tenía que coger el avión para Madagascar con un amigo suyo, viejo amigo de los viejos, de los que no te fallan. Él quería a aquel tipo, por eso dejaba que Brigitte se divorciarse por él. Había sido aviador de los la Aeropostale, como el del Principito y luego se casó, tuvo hijos y buena fortuna, como decía el árabe aquel del callejón de los milagros de El Cairo. Pero también acabó en otro divorcio. Cosas de tiempos que pasaron.

Ahora era escultor y tenía talento el muy tozudo. El lunes por la noche, que era la última en la que tendría a Brigitte, habían hablado de tiempos pasados. Y hablando de Maradona, pobre, no hay derecho a morir, se acordaron de cuando el monstruo del boxeo Carlos Monzón, también argentino el muchacho, bestia de hostia de vuelta y media que tumbaba al más pintado. Creo que le gustaba pelear en París porque allí se le admiraba, ganaba dinero, insultaba, hasta que un día un elegante periodista de una agencia de prensa norteamericana, Francisco Díaz Roncero, hombre de bien, recto, forjado en la Guerra Civil española, se le plantó y le trató como si estuviesen en el ring. Monzón el terror, que con una bofetada de refilón te mandaba a dar la vuelta al mundo, enmudeció. Él no conocía la palabra, pero yo se la traduje y él calló.

Tiempos después nos enteramos que le habían metido preso porque, según contaba un entrenador que nunca le había amado, había arrojado a su mujer por una ventana, o quizá un balcón. Lástima, era una mujer guapa, como le gustaban a él.Luego se murió, también a golpes, en un accidente de coche y con solo 52 años. Las celebridades argentinas mueren pronto. Maradona andaba por los 60. Cuando aquella mañana se levantó se prometió ir a la Rue de la Paix a comprarse un pijama de seda. Eran tiempo en que los chinos empezaban a negociar con los imbéciles de los occidentales, y así nos mandaron el coronavirus, para que sepamos respetarlos, porque ya no llevaban la coleta de las películas del Oeste. El viejo profesor se acordó de la última noche con Brigitte. Qué linda mujer, y sin llantos ni celos. Se preparó para ir a dar su clase a aquella escuela de periodismo de la Rue du Louvre, cerca del diario Le Figaro.

Iba a tomar el ascensor cuando se le acercó Monique. Era su mejor colega y una hembra de café con leche pese a que una noche de intimidad le confesó que iba a cumplir los treinta. Se rieron mucho comparándolos con los setenta que él ya andaba arrastrando en espera de no sabía qué. Con Monique soñaba. Incluso le propuso matrimonio. Todavía tenían tiempo de sobra de hacer esa niña que él había anhelado toda su vida. Monique lo sabía porque había estado en el entierro de la chiquita que el viejo había perdido hacía ya años.Se metieron en el café de siempre que olía a croissants con mantequilla, como no se hacían en ninguna parte del mundo. Hablaron e hicieron proyectos. Monique había decidido dejar la enseñanza y escribir. Y le pidió que le ayudase. Se lo había pedido muchas veces. Aquella mañana, él accedió por fin, pero con la condición de que todo transcurriera en la legalidad de un casamiento civil, en la alcaldía que estaba cerca de la rue des Martyrs, el barrio que los dos adoraban y donde se habían conocido hacía ya un par de siglos. Monzón todavía era de este mundo y a los dos el boxeo les resultaba un deporte digno, no la mariconería del fútbol donde había más millonarios que verdaderos futbolistas. Él pensó en pedirle que fuese padrino de la boda pero Monique, que sabía mucho de protocolo, y qué no sabe una mujer…, se negó en redondo.

Y la boda tuvo lugar aprisa y corriendo porque él decía que no hay que jugar con la suerte. Poco tardó Monique en quedarse embarazada. Ya llevaba tres o cuatro meses de tripa elegante, porque pertenecía a la clase pudiente de la nobleza comerciante judía de la rue du Sentier, barrio comerciante al lado del diario France-Soir.Como se dice en los cuentos, fueron más que muy felices. Nació una niña, que creció. Monique había ganado mucho con la maternidad. Era una señora de armas tomar.Pero está visto, estaba visto, que todo no podía ser tan agradable como el güisqui del mediodía. Y una media tarde, cuando París se abría a la primavera, el viejo profesor fue hallado echado sobre su escritorio en su casa de la rue des Martyrs. Estaba escribiendo sobre lo que mejor conocía, el boxeo, porque él decía que era el único deporte intelectual.Monique y su niña, Corinne, trataron de ser felices. Y así fue. Como en los cuentos de hadas buenas. Y si no me creen pregúnten en la tienda del moro de la Rue des Martyrs.