Miserables cubanos, miserables europeos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ronronea la vida como cuando la imbecilidad humana no da más de sí. Los periódicos están llenos de estupideces mal escritas, que es lo peor, que merecerían el asilo psiquiátrico, el manicomio, el nido de cucos, para sus autores. Se muere un futbolista, el que un día fue el mejor, el dios, como dicen los imbéciles y se arma la marimorena. Funerales nacionales o poco menos, llantos de algunos aprovechados que supieron explotarlo. A mí me cremarán y adiós talento. Pero me llegan noticias de Cuba. Pobres dirigentes cubanos que tuvieron la peregrina idea de poner a tiro de todo el mundo los teléfonos móviles, sin pensar que son bichos que transmiten al mundo entero como si fuera la Metro Godlwyn Mayer. Y pasa lo que pasa cuando los gobernantes se olvidan de estas cosas. Que un lío en un barrio habanero se convierte en acontecimiento mundial con transmisiones televisivas en directo a través de Face Book, ese utensilio periodístico que los cubanos creyeron poder manejarlo a su antojo, y lo hicieron un rato, y desde hace unos días le dice al mundo entero que unos muchachotes y guapas muchachas de buenos estudios, todos son o se dicen cineastas o algo parecido, vociferan a los cuatro vientos de los cinco continentes que en Cuba no hay libertad de expresión, como si eso existiera en algún lugar del universo, y sobre todo en Cuba, aunque quizá en la Luna lunera, y se lo pasan bomba pese a que los policías cubanos no sean ángeles de la guardia. Primero fue el barrio habanero de San Isidro, con gente pobremente vestida, pobremente hablada, que quería que soltaran de la cárcel a un compañero. Pero apenas sabían expresarse. Pero qué más da, sus voces se oían alto.Entonces me acordé de Victor Hugo cuando le eché un vistazo a la pobreza que parecía reinar allí. Me acordé tanto que me metí en sus Miserables, en los miserables de estos desarrapados habaneros: “Ya no hubo más bandera. Ya no hubo más ley, ya no hubo más humanidad, tampoco patria… Se pusieron a asesinar… En la historia hay matanzas abominables, pero tienen una razón. La San Bartolomé y los Dragonnades se explican por la religión, les Vepres sicilianas y las matanzas de septiembre por la patria; se suprime al enemigo, se liquida al extranjero, crímenes de razón, por un motivo justificado. Pero la matanza del bulevar Montmartre es el crimen sin saber por qué… En un abrir y cerrar de ojos se produjo en el bulevar una matanza larga de un cuarto de lengua. Once piezas de cañón echaron abajo el hotel Sallandrouze. El cañonazo agujereó veintiocho casas…

Yo llegaba por el bulevar; era indescriptible. He visto ese crimen, esa matanza, esa tragedia. He visto esa lluvia de la muerte ciega, he visto caer a mi alrededor las matanzas desperdigadas…”Hablaba con la escritura el enorme Victor Hugo y contaba lo que como reportero veía durante el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte, el 2 de diciembre de 1851.Yo miraba por la escotilla de una transmisión de vociferaciones, algaradas, correrías en una calle de La Habana, el barrio de San Isidro, donde no sé quiénes lo habían tomado como si realmente reivindicasen la vida de vivir. En las transmisiones hechas por esos teléfonos mágicos que ahora tienen hasta los niños se veían imágenes confusas, gente joven que hablaba, que reivindicaba y yo, extranjero, no sabía qué. De vez en cuando se veía el faro

Maldito de la policía cuando es un ente represivo. Y de pronto, salta por la ventana de mi despacho la canción mágica de la película del loco Quentin Tarantino que bailan con gracia y malage Uma Thurman y John Travolta se envuelven en un baile caníbal en Pulp Fiction. Lo mejor jamás visto. Las tocas cuatro muchachos debajo de unos árboles que rodean mi residencia en la isla africana y que buscan unas monedas porque todo el mundo está arruinado y pasando necesidades en este lugar de la pandemia. El coronavirus excita el talento para sobrevivir, pero mata y nadie mata al bicho chino que maldita gracia tiene.

Hay pobres en todas partes. Estos que esta mañana de sábado, en el mercadillo donde nadie tiene nada que vender, si acaso unos cromos, unos viejos muñecos quizá de unos nietos ya idos, pero nada de valor. Pero tratan de sacar para comprar un bocadillo. No estamos en La Habana sino en la Europa maravillosa del milagro de la piedad, donde los taxistas se quejan de no ganar ni para gasolina, donde los bares cierras cuando la gente va a beber, donde todo el mundo anda de cabeza, donde todos acechamos el pico del coronavirus que nadie ve pero que todos tememos. Y nos emborrachamos con los que nos queda después de haber pagado una comida barata. Mejor emborracharse que pensar en el bicho. Y lo malo es que en el barrio ese de La Habana también tienen la amenaza de fu Manchú, que fue un chino malo que ustedes, tan jóvenes como son, ni recuerdan.

Y yo, que todavía puedo pagarme un güisqui sin vender estampitas allá abajo, en lo que llaman el mercadillo, como si Victor Hugo hubiese sacado sus fantasmas de sus libros, estoy aterrorizado y escribo por no pensar. Y oigo que abajo la gente aplaude por no pegarse un tiro, suponiendo que tengan para una pistola y por lo menos una bala, al menos que jueguen a la ruleta rusa y la muerte rápida les salga de balde.

Luego, más tarde, cuando en el mercadillo no habían vencido ni para tomar una cerveza sin tapa, he visto a gente que en La Habana no se parecía en nada a la del barrio aquel, con bonitos suéter, hablando bien, casi con lenguaje de ministros de dictadura, acudían al ministerio de Cultura y salían muy satisfechos. Sobre todo uno de ellos, que no me extrañaría que llegase muy lejos, con un jersey negro escotado muy sexy. Y anunciaban que todo iba bien. Que iban a proseguir las negociaciones (cömo se puede negociar en un país donde todo está decidido por adelantado) y eran muy felices.

Y otra vez me acordé de los miserables de Victor Hugo, que ellos no se escondían detrás de jerseys de importación ni de palabras muy meditadas y universitarias.

Adiós esperanza, adiós. Hasta la próxima.