Cuba y el “Despacito, despacito que volamos”
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Con el sugestivo título de “Despacito, despacito que volamos en pedazos”, un amigo recuerda el año 1997 en Cuba, que visto desde este siniestro 2020 parece una bicoca, sin serlo. Describe Amado Riol en su post – colgado en mi muro en FB– uno de los bombazos que estremecieron centros turísticos de La Habana, como preámbulo de aquella sucesión de hechos que enumerados sin recurrir a los archivos da escalofríos: Al primer bombazo siguieron otros con el saldo de un turista muerto y decena de heridos; se acentuó la peor crisis que recuerde la historia nacional, por lo que la escases llevaba a soñar con comida; por primera vez un papa, Juan Pablo II, se dispuso a visitar la isla (1998) en el supuesto, según la propaganda que lo acompañó,  de que daría la extremaunción al socialismo isleño; fue desarticulada el mismo año la Red Avispa de los servicios de inteligencia cubanos, que desde Miami operaba contra el exilio radical, responsable de las bombas en La Habana. Todo eso y más ocurrió a finales de aquel decenio cruel, sin que pudiéramos imaginar lo que se nos vino encima cuando en diciembre de 2019 partió de China para conquistar a medio mundo ese virus que obliga a mal vivir desconfiando hasta de los besos. Agradezco el “despacito, despacito” porque en la isla andamos hoy como si nos moviéramos por otra profunda cueva espeluznante, en la que aun no han sonado las bombas ni vuelto los apagones de hasta 16 horas, pero que pudieran revivir a juzgar por los preámbulos: Fanatismo desatado en las redes sociales de un lado y del otro; llamados desde allá al linchamiento aquí de artistas populares que han fundido su hacer con el rumbo de 1959; desabastecimiento hiriente y renovado de casi todo; epidemia que se extendió del occidente al centro y un poquito más allá; desconcierto en unos, furia en otros y mucho estrés. Y recordar lo que ocurrió en los 90, espantando ahora cualquier suspicacia sobre el porvenir, implica de una parte, no perder la brújula, y de la otra, acelerar, ¡SÌ!, ACELERAR CON MAYÚCULAS ese cambio de todo lo que sea necesario cambiar en este país, tan invocado. Ha habido aquí muchos momentos definitorios desde el enero en que todo comenzó, y parecería, como van las cosas, que la nación se aproxima a otra de esas disyuntivas dramáticas, por lo que hay que saber escoger las batallas que urgen pelear y evitar el desangre absurdo de discusiones que aturden y desunen.

En el contexto descrito y por la expansión de las redes, otra novedad en relación con los 90, se ha destapado la crítica sin distinciones de ministros u otros mandatarios cuando con razón o sin ella desde las calles se siente que el verbo oficial no se corresponde con los hechos –que la lista no juega con el billete- , y esa tendencia crecerá a no ser que se cierren los espacios. Por las redes corren a la par, desde el insulto y la amenaza contra cualquiera que cuestione sin razón o con ella las verdades de los que están al mando, práctica que crece de la mano de uno nuevo tipo de guardianes cibernéticos de la supuesta pureza de la revolución –como si silenciar la inconformidad fuera el camino-, hasta los insultos y amenazas de aquellos que nunca creyeron o dejaron de creer por el camino, que se frotan las manos con las penurias, opuestos hasta el cansancio a la esperanza de que vale la pena apostar por un país con oportunidades para todos, aunque aquí aun no se haya alcanzado en la magnitud que merece la mayoría. Sesenta años en el plano de la transformación social es un suspiro, aunque lamentablemente involucre a muchas generaciones y no cualquiera este dispuesto al sacrificio. Así van las cosas por Cuba cuando el 2020 se mueve lento y estremecedor hacia diciembre y el “despacito, despacito” de 1997 hace pensar.