Un tiro por compasión

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Esta mañana de bochorno con bicho chino amenazante que no para, tengo ganas de pegarme un tiro. No es un capricho ni un circunloquio. Me encuentro como una pocilga dejada de la mano de Dios. Porque acabo de acordarme de un tipo con lo que hay que tener, un norteamericano llamado John Kennedy, nada que ver con el otro payaso, que se pegó un tiro a los 32 años, desesperado, roto en su amor propio.Era por los ochenta y había escrito una única novela, La conjura de los necios, que para muchos grandes críticos es lo mejor, lo más sólido como relato, lo más definitivo después de Don Quijote de la Mancha. La he leído y leído, repateado, releído hasta llorar. Cuando el autor vio que nadie quería editar su novela se pegó un tiro, así de definitivo, como tiene que ser. Hemingway se lo dio asqueado de no ser ignorado. Él se voló los sesos de ser ignorado. Menos mal que tenía una de esas madres que saben que el hijo que parieron se lo merece todo y fue hasta el final, imponiendo a un editor aburrido la edición de la novela maldita. Y fue una feria de éxitos. Premio Pulitzer, lo mejorcito que te pueden dar en los Estados Unidos, y todo.Cada vez que me acuerdo de este tipo, me dan ganas de encontrar la metralleta con la que John Dillinger gastó sus últimos cartuchos contra la autoridad a la salida de una sala de cine, con una Thomson en la mano. Los dos murieron por lo que creían.La novela del difunto es una pechá de reir, donde nadie cabe más. Es lo mejor que podía imaginarse en humor, ni los Hermanos Mar,Esta puta mañana tengo 75 de azúcar en la sangre, lo que nunca me había ocurrido, por los excesos de tranquilizantes que ya no me tranquilizan nada. Me paso el día dando vueltas en mi terraza sabiendo que nunca pegaré el salto y no tengo pistola y tampoco he escrito nada como La conjura de los necios. Y tampoco me queda madre para que vaya detrás de los editores hasta que me la publiquen. Aunque era joven, 32 años, John Kennedy sabía de la vida más que ninguno de sus contemporáneos. Sabía sobre todo que tenía que mandar ese mensaje de novela donde se demuestra la desigualdad entre el talento y el talento.Todos los que escribimos alegremente desde hace cuarenta o cincuenta años creemos que somos unos genios, que es una injusticia que no te publiquen cuando las librerías están infestadas de libros malos, abominables. Como ejemplo tengo dos recién comprados y pagados que son una porquería, pero los críticos, esa pandilla de mamones venerianos se empeñaron en que se vendieran. A mí ya me lo encajaron. Tengo ganas de llorar porque es lo más noble que un hombre hecho y derecho tiene que hacer cuando ve que se le va la vida y no ha conseguido escribir aquello que soñó y para lo que aprendió toda su vida, una vida de periodista por el mundo de ladrones, políticos, ladrones, políticos, muy poca gente honrada y alguna que merecía los altares. John Kennedy entendió el juego. Si no se hubiese pegado un tiro nunca le hubieran publicado ese descomunal disparate que había escrito y que hasta entonces solo su madre admiraba. Entonces se pegó el tiro, no por capricho como Hemingway sino porque era la condición sine qua non para que le hicieran caso de una puta vez.Esta mañana de bichos chinos, muerte universal y desesperación a la medida del consumidor me hubiese gustado haber sido ese Kennedy, tener ese revólver y darme le tiro y no tener que esperar hasta el último momento, como estoy haciendo mientras les cuento estas estupideces venéreas, que la muerte quiere acercarse y joderme la vida. Que es lo único para lo que sirva la muerte.

Pero si esta semana hay diez personas que buscan y leen La conjura de los necios me daré por satisfecho. Y me hincharé de güisqui para celebrar al hombre más importante del siglo. El que nos dijo en un libro tantas verdades que hasta Cervantes las hubiese leído y paladeado. En este siglo de mierda, cuando el mundo se convierte en una ciénaga de los hermanos Marx, es el momento oportuno para leer La conjura de los necios o para darse un tiro. O pueden hacer un pequeño cóctel de los dos.