El coronel no me amaba
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Conseguir que casi treinta años después de su estreno una película no solo conserve sus valores sino que los acentúe es algo que Martin Brest consigue con “Perfume de Mujer”, no el filme italiano sino el protagonizado por Al Pacino y la formidable joven promesa Chris O’Donnel. Te metes en esta cinta como un desafío, acordándote de la otra formidable interpretación del italiano Vittorio Gassman, pero hay que darse por vencido y reconocer que el norteamericano Al Pacino no ha dejado nunca de ser uno de los mejores paridos por Hollywood. La historia suena a chistosa. Un teniente coronel jubilado y ciego que se busca un lazarillo para correrse una huelga de un par de días en Nueva York.Y cuando te esperas a cualquier cosa, salta a la pista el tango y deja de ser una película para convertirse en una moraleja que cualquiera de nosotros entiende, hasta comprende y baila.Esta vez caí en la trampa del olvido que tenemos los críticos que hemos visto demasiadas buenas películas y vas a verla por deleitarte con el tango maravilloso que el Pacino-ciego baila con una muchacha de 22 años, de negro como para los toros de la viudez. Lo malo es que ya habías olvidado tus propios recuerdos. Tú podrías haber sido el lazarillo, magnífico Chris O’Donnel, que pasea al inquietante militar que no parece tener más idea que terminar su fiesta volándose los sesos, como él lo precisa, porque como buen militar le gusta la perfección de la palabra y le parece vulgar eso de pegarse un tiro.

Tuve en tiempos un padre que también era teniente coronel, salvo que en el Ejército español, con Franco y su plebe. Nunca me llevó a Nueva York de farra. Mi padre tampoco era ciego pero no me quería que es casi peor. Mi coronel de padre era duro de pelar. En la guerra del Rif, años treinta, sus enemigos, los moros, le conocían como el Capitán Veneno. Era un legionario de los de antes que no vacilaba en utilizar los mismos métodos que sus enemigos. Cuando mataba a uno le cortaba los testículos y se los metía cuidadosamente en la boca antes de coserlos para que no los perdiera. Lo curioso es que fue un pariente ciego, y esto no es un chiste, quien me contó esta anécdota en un cementerio del norte de África.

Hombre temperamental, su fusta no la soltaba más que para ir a lavarse las manos antes de almorzar, me hizo venir al mundo cuando ya tenía más de sesenta años, un poco la edad del teniente coronel Pacino. Aunque él no parece que nunca tuvo intención de desnucarse con un tiro. Prefería gozar de las mujeres, un poco también como el personaje de la película y bailaba el tango que le enseñaron en Buenos Aires durante una misión. El teniente coronel Pacino es además un filósofo, lo que no era mi padre. El no entendía más que de guerras pero como era muy coqueto se cuidó mucho de que le pasase lo que al protagonista de la película, que se queda ciego por jugar estúpidamente con unas granadas de mano. El cine, el bueno, no es solamente una cascada cultural. Es igualmente un lugar donde se esconden recuerdos a porrillo. Y no es que las películas reflejen siempre la verdad de una vida pero casi nunca olvidan reflejar la vida que un espectador medio ha vivido o vivirá alguna vez. El cine, que inventaron los franceses Lumiêre como un pasatiempo original, se ha convertido con el tiempo en un espejo de miles de vidas, que se escapan de novelas, de guiones originales donde el autor ha echado un puñado de recuerdos.

El cine de Hollywood, el lugar donde se convirtió en industria, fue primero un pasatiempo que contaba historias inventadas de bandidos o cow boys. Con el tiempo, los guionistas se dieron cuenta de que bastaba abrir un periódico para tener a mano cientos de historias o simples historietas que con talento y buena pluma se convertían en un producto de consumo para quienes hacían colas en las primeras salas donde reinaba el cinematógrafo. Si el cine se ha convertido en el arte más popular es en gran parte porque es bastante frecuente encontrar en una película algo o alguien que ha pasado por tu vida o por lo menos por los alrededores. Estoy convencido de que en Estados Unidos hay más de una biografía que se parece hasta rendirse de languidez en vidas vividas por gente que se descubre en el cine, o que descubre la historia de un conocido, de un pariente. Los escritores no inventamos nada. Contamos cosas que hemos visto, vivido o soñado.Hay un libro sobre mi padre, el teniente coronel-coronel, que cuando dejó el ejército fue nombrado jefe de los servicios secretos del General Franco, tipo bastante peliculero. Lo perdí en un extraño viaje. Pues seguro que esa vida está reflejada en alguna película. Pero lo peor es cuando de veras te encuentras con un doble en la pantalla, alguien que podrías ser tú sin serlo. Y esto ocurre muy a menudo. Tal vez no sea un teniente coronel del ejército norteamericano ciego y enamoradizo pero se le parece mucho.Los que escribimos no hacemos más que plagiar la vida. Y la vida es muy rica.Lo malo es cuando la realidad de la pantalla se te estrella tres o cuatro veces en el transcurso de la película con lo que tú has vivido. Y entonces… Vuelves a ver la película. Porque somos unos mirones de nuestros propios llantos, aunque nos toquen la comparsita o cualquier otro tango.