Ulises , una secuencia de espacio y tiempo
image_pdfimage_print

César González | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El campamento se había establecido sobre un prado. Al final de este, una pequeña ladera precedía un bosque no muy frondoso, en el cual se había instalado el enemigo. Ultima batalla del Emperador Marco Aurelio en los territorios germanos. Colofón de una serie de conquistas que debían afincar el poder de Roma.El  susurro de la hoja de la espada sobre la piedra de afilar, hacia vagabundear sus pensamientos. Marcus, centurión del imperio romano, brazo ejecutor de sus múltiples guerras y hombre de confianza del tribuno Aurelius al mando de la primera cohorte, recordaba  su pasado. Doce anos que se había alistado en la Legión.Hijo del maestro de una familia noble pero pobre y que recibía como único salario la pitanza y el alojamiento, vistiéndose con los restos de la togas, ya usadas, que le proporcionaban. Su prometedor futuro, hacer lo mismo que su padre y morirse de hambre, o bien alistarse en el ejercito, única salida para los hombre libres, e intentar hacer carrera, si no le mataban antes. Su inteligencia y dotes de mando, le hicieron rápidamente destacar, y al favor de varias batallas consiguió su mando de centurión. El favor de Aurelius le vino después de haberle salvado de una emboscada en tierras galas. Ocho anos que había compartido nupcias con Silvia y comprado con sus primeros botines una pequeña granja y varios esclavos para atenderla.  Ocho anos después de que había dejado Silvia esperando un heredero.  Ocho anos sin noticias exactas sobre como les iba, aparte de unas cuantas misivas que le llegaban al azar de sus reposos. Ocho anos que esperaba volver, pero a cada vez una nueva contienda, un nuevo territorio a conquistar o una revuelta a matar. Ocho anos de añoranza. Que hacia Silvia, como educaba a su hijo?, como asumía la gestión de la granja?, como vivía sus días, como vivía sus noches sin él? Le engañaba con otro?, o bien le era fiel. Añoraba su cara, sus caricias sus besos, la complicidad que se había establecido entre ellos en el poco tiempo que habían vivido juntos. Añoraba su hijo. Como seria hoy?, grande y esbelto como su madre?, o bien fuerte y potente como el. Esperaba que después de esta batalla, si la ganaban y salía en vida, podría volver a su casa El susurro de la hoja se termino, sus dos espadas estaban afiladas y capaces de cortar un hilo en el aire. Una corta, la propia de su dotación de centurión y una más larga, recuperada sobre el cadáver de un bárbaro que casi termina con su vida gracias al alcance mas largo de la suya.

Una palmada en las nalgas de la esclava que compartía, o mas bien que le servia de exutorio sexual, la hizo levantarse y le ordeno que preparase agua para sus abluciones y sus oraciones. Ella saco de su petate sus lares y encendió las velas. Rogó como de costumbre, salir victorioso de la batalla que se avecinaba y la protección para Silvia y su hijo.  Hizo sus abluciones y se preparo para la inspección antes de la batalla. Después de ponerse el pectoral, ajusto sobre su espalda su espada larga y se puso el cinturón con la reglamentaria. Saliendo de la tienda, se dirigió hacia el campamento de sus hombres, vio a sus decuriones, uno por uno y termino tomándose una sopa con ellos. El moral de los hombres era bueno. La mayor parte de ellos guerreaban con el desde varios anos, los conocía por su nombre y tenían confianza en el. Sabían que en la medida de lo posible les evitaba las peleas innecesarias y las bajas en la centuria eran mínimas. El  severo entrenamiento al que se sometía diariamente servia de base. Habían aprendido a ejecutar sus ordenes sin preguntarse el como, ni el porque.  El tribuno le había asignado una misión especial. Debían rodear el bosque y esconderse, para atacar las hordas germanas por detrás.La centuria sin orden de marcha, y en silencio salieron del campamento. Tras una marcha de tres horas, y ya cuando el alba comenzaba a puntear, estaba situados y escondidos en su puesto de ataque. El sol se levanto sobre la ladera y el prado. Los destellos sobre el cobre y acero de los escudos, lanzaba parpadeos. La Legión en orden de combate, esperaba. Un clamor creciente que salía del bosque, espanto los pocos pájaros que quedaban. Y las hordas salieron del bosque.  Las pinturas tribales y de guerra de los germanos hicieron estremecerse algún que otro novato, pero los hombres aguantaron en perfecta formación. Las flechas se estrellaron sobre los escudos levantados y la orden de ataque sonó. La lenta e uniforme marcha de la Legión se estrello contra las hordas germanas y el ruido del choque estremeció la tierra.

Marcus y sus hombres observaban y esperaban la señal. A media batalla una hoguera el alto de un mirador se alumbro, la señal.Los decuriones dirigieron los hombres con sigilo hasta el lindero del bosque, justo detrás de las líneas enemigas.A su orden se lanzaron sobre la retaguardia de los bárbaros. La sorpresa fue total. Atacados por delante y por detrás, la batalla estaba perdida para ellos.
El encontronazo fue terrible. Marcus rodeado por sus hombres, entro como una cuna en el ejército enemigo. Sus espadas cortaban, tallaban, se hundían en cuerpos. El germano, inmenso, que le hizo frente media más de dos metros y su fuerza había abatido ya varios legionarios.El hacha le silbo  sobre su cabeza, esquivándola, paso lateralmente y de un tajo corto los tendones del tobillo del bárbaro, al arrodillarse este, le clavo su espada corta en la nuca, matándolo en el acto.No le dio tiempo a más, varios germanos le atacaron. Estoques de talla y altos, esquivas, entradas a fondo que abrían vientres y chorreaban entrañas y vísceras, olores a mierda y sangre, las hordas estaban siendo exterminadas. El Jefe de los bárbaros, se encontró rodeado por varios legionarios que lo apuntalaron con sus lanzas, cayendo de rodillas. Marcus por detrás, alzo su espada larga y con un amplio movimiento, le decapito. Recogiendo su cabeza por la cabellera, la alzo en alto, y lanzo un alarido hacia los bárbaros. Al ver la cabeza de su jefe, se batieron aun con más furor y la batalla se termino con una carnicería total . Los cuervos y los rapaces sobrevolaban el campo de batalla, mientras los legionarios recogían sus heridos y sus muertos, mataban a los heridos de los bárbaros y recogían su botín sobre los cadáveres. La Legión formada de nuevo, Marco Aurelio paso entre los hombres, acogido por el ruido que hacían las espadas sobre los escudos, honor hecho al vencedor. El emperador se paro delante de Marcus y poniéndole la mano en el hombre le ofreció una gran sonrisa y pronuncio su nombre en alta voz. El  choque de las espadas contra los escudos aumento, como un honor más. En la tienda de Aurelius, donde este festejaba la victoria con sus oficiales, Marcus se relajo con una copa de vino y trozo de asado. Aurelius cogiendole amistosamente por el hombro, choco su copa con la suya diciendo.

– A la Victoria! A  Cesar!
– A Cesar. A la victoria. A ti, Aurelius
– Marcus, que deseas, que quieres? La victoria ha sido en parte tuya, Cesar, y yo mismo queremos recompensarte
– Aurelius, lo que mas desearía es volver a mi casa, conocer por fin a mi hijo y ver a mi mujer.
– Me estas pidiendo casi lo imposible, te necesito, el Imperio te necesita, Cesar te necesita. Las batallas han sido ganadas, ahora hay que ganar la paz y para ello son necesarios hombres como tu que sean capaces no solamente de ayudar a gestionar, sino también capaces de reaccionar frente a las rebeliones.
-Pídeme otra cosa, tomate parte del botín, cogete las esclavos que quieras.
– Tribuno, me preguntas lo que deseo y te le digo
Aurelius, cogiendole el brazo, le respondió.
– Marcus, te vas a ir por un tiempo, pero vuelve, te necesito, por experiencia te puedo decir que los hombres como tu, no están hechos para vivir como campesinos, les hace falta otro aliciente. Hablaremos a tu vuelta.

La vuelta fue larga. Los días pasaban y Marcus repasaba en su cabeza las palabras del tribuno. Tendría razón?, era el un hombre de guerra, hecho para vivir con la presión de las batallas e incapaz de asentarse y de vivir todos los días en la rutina, ritmada por los ciclos de las estaciones? No lo sabia, pero es verdad que a veces la añoranza, estilo del Ulises de Homero, que había leído gracias a su docto padre, le parecía un poco extraña, un tanto débil. Débil no era la palabra exacta para exprimir sus sentimiento, mas bien diría desfasada, con un desfase total a su condición de hombre.  De hecho, los Dioses así lo hacían comprender, el Dios supremo, Júpiter era un hombre y su esposa ocupaba solamente un lugar accesorio y se curvaba siempre a sus deseos.Bueno cuando pretendía que los Dioses eran hombres, era sobretodo una manera de hablar. A pesar de cuando querían algo, o bien tenían algún capricho, tomaban forma humana, seguían siendo Dioses.

Por otra parte cuando lo pensaba bien, el destino de las mujeres era más bien dar herederos y a servir los deseos del hombre, del hombre libre bien entendido, los esclavos no era hombres.
Atravesando el país Galo, se paro en un albergue donde derrengado por sus días de caballo se durmió rápidamente. Un leve ruido puso sus sentidos en alerta. Abriendo ligeramente un ojo apercibió una sombra que se aproximaba del lecho. Su mano discretamente cogio la espada corta debajo del lecho y espero a que la sombra estuviese a su alcance. Volviéndose de golpe, su mano izquierda bloqueo un hombro y la derecha con la espada dispuesta a degollar, se paro a escasos milímetros de una garganta blanca. Una voz tímida dijo.

– No, no me mates
La fuerte luz que entraba por la ventana le descubrió una mujer tetanizada que llevaba en sus manos una bandeja con pan, frutas y un trozo de jamón.
– Quien eres
– Perdona Sr., soy la sirviente que te traía de comer Marcus la soltó y se dio cuenta que había dormido una noche y visto la altura del sol casi todo el día siguiente. Volviéndose, atisbo la bandeja con la comida y su estomago le recordó que no había comido nada desde la víspera. Atacándose al jamón, la espeto
– Trae vino
La sirviente lo miro, ya mas tranquila, y salio corriendo.
Tenia un buen culo, se dijo Marcus al verla salir.
No tardo en volver con una jarra de vino mezclado con agua. Marcus, estanco su sed y siguió comiendo, mientras miraba mas atentamente a la esclava
– Como  te llamas?
– Me llaman Selena, porque tengo la piel muy blanca, blanca como la luna.
Terminando de comer Marcus le dijo
– Échame agua en las manos para lavarlas.

Ella se acerco, se arrodillo delante del lecho donde el estaba medio acostado, y con leve ademán mojo un lienzo en el agua del jarro y le froto las manos.Marcus la miro, mientras le frotaba las manos y  liberando una de ellas, con un ligero gesto le libero uno de sus hombres del tirante de la túnica. Un hombre redondo de piel blanca, casi translucida, y paso la punta de sus dedos sobre el. Un escalofrió recorrió su piel y paro de frotarle su otra mano.Marcus sentándose el borde del lecho, libero el otro tirante de la túnica y esta resbalo sobre su torso liberando dos pechos de alabastro, en forma de manzanas y con las venas aflorando la piel. Sus dedos recorrieron sus hombres y bajaron hacia los pezones rodeando los senos. Un discreto aleteo, fue la sola respuesta. Las manos acariciaron los pechos, y masajeándolos cada vez con mas fuerza. El aleteo se hizo mas fuerte, pero ella seguía inmóvil y arrodillado delante de el.  Sus dedos cogieron los pezones y después de acariciarlos, los retorció de golpe lo que arranco un gemido por parte de ella.  Cogiendo sus manos las metió debajo de su túnica y las coloco sobre su sexo en erección. Dejándolas ahí volvió a sus caricias sobre sus pechos, mezclando suavidad y fuerza, placer y dolor.  Las manos de ella, al principio inmóvil sobre su sexo, comenzaron a moverse, acariciando la columna en un suave movimiento de ida y vuelta. Los juegos duraron un cierto tiempo de caricias de pechos y pezones retorcidos, de vaivenes sobre  su sexo, de besos que calmaban el dolor y de vaivenes más fuertes. Marcus se recostó en el lecho y poniendo una mano en su cabeza la acerco hasta su sexo.

Al principio hubo una cierta resistencia, pero insistió y unos labios vinieron a remplazar las manos. Los labios que recorrían su sexo picoteándolo, dejaron paso a una boca que mordió la punta del mismo para empezar y termino tragándolo por entero siguiendo el movimiento, mientras sus manos acariciaban sus testículos. La succión duro un buen momento. Marcus ya no aguantaba más. Irguiéndose, la cogio por los hombros y le dio media vuelta. Levanto su túnica dejando al descubierto, unas nalgas prietas que le llamaban. Sus manos, sus dedos se introdujeron en el surco que separaba las nalgas, acariciándolo. Un rió corría por el, una fuente chorreaba y ella movía sus nalgas al unísono de sus manos, de sus dedos. Levantándole la crupa, introdujo su sexo de un golpe, no en su vulva, sino en su culo. Ella se bloqueo de golpe. La mantuvo apretada contra el, su sexo bien afincado. Con leves movimientos, al principio, empezó a macharla. Poco a poco las nalgas se abrieron y ella lanzaba su culo al encuentro del martillo que la machacaba. Los movimientos cada vez más rápidos. En un momento dado ella apretó aun mas sus nalgas, estremeciéndose y lanzando un grito se desplomo. Marcus siguió machacando y no tardo en ver el cielo de Júpiter, derrumbándose a su lado, cayo en un profundo sueno.A su despertar, el lecho estaba vació y la tarde caía. Decidió quedarse una noche mas en el albergue para reponer fuerzas y al mismo tiempo le diría al posadero que le enviase a Selena para que le calentase el lecho. Siguió su viaje, sin más incidentes que una emboscada que le tendieron para robarle.  Los tres se acercaron a el en una vuelta de la Vía, armados con una vieja lanza y unas espadas esmelladas.

 Al primero le corto el brazo, el brazo y la lanza palpitaban sobre la hierba. Al segundo le abrió el vientre. El tercero, no pidió su cuenta y salio corriendo. Acabo con el manco que se desangraba y al del vientre abierto, no lo termino ya que le quedaba para poco. Limpiando su espada en sus harapos siguió su camino. Tendría que hacer un informe en la próxima guarnición. La ley de Roma debía de ser respetada y los caminantes que usaban la Vía romana debían poder viajar tranquilos. A medida que acercaba a su destino, su inquietud era más grande.  Como le recibirían?, como era su hijo? Tanto tiempo había pasado. Los recuerdos, a veces vivos, a veces difuminados por los anos. Al fin, pudo apercibir en las lejanías su granja. Temeroso del recibimiento, decidió esperar la noche para acercarse mas, por otra parte los ajetreos del viaje habían casi destrozado su túnica y envuelto en su capa de la Legión parecía más bien un mendigo en vez de Marcus, el centurión colmado de honores y con  la bolsa bien llena. Entrando en el patio, se acerco a la dependencias de la cocina, allí al verle, una esclava le dio un trozo de pan y un poco de  sopa, indicándole que podía dormir en el establo.

Termino su sopa y dirigiéndose al establo, espero que las luces de la casa se fueran poco a poco apagando. Todas se apagaron, menos una que brillaba tenuemente en el primer piso, los aposentos de su mujer pensó. Con mucha prudencia, escalo las columnas de la fachada y se atisbo a la ventana. Unas leves cortinas protegían su intimidad, meciéndose al contacto de la brisa nocturna. Sus ojos tardaron un tiempo en acostumbrarse a la media penumbra, al principio atisbo una forma encima del lecho, pero poco a poco a medida que su visión se acomodaba, vio una forma femenina.
Unos ligeros movimientos sobre el lecho atrajeron su atención. La brisa movía la llama de la vela dando claros y oscuros, aclarando su visión del lecho y volviendo a ponerla en claro oscuro. La forma femenina no estaba quieta, daba vueltas y vueltas en el lecho Volviendo de lado contrario, le dio la espalda. Se dio cuenta que el cuerpo, sus caderas se movían en un ritmo lento. La penumbra no le dejaba ver todos los detalles, salvo cuando alguna claridad más fuerte entraba por la ventana abierta. Unos gemidos acompañaban el leve movimiento. Los gemidos se hicieron mas fuertes y el movimiento de las caderas se acelero. Un fuerte espasmo acompañado de un grito mas fuerte resonó, y ella se desplomo sobre la espalda. De entre sus piernas salio una cabeza con pelo rizado, ella la empujo fuera de su cuerpo, fuera del lecho, y dándose media vuelta se durmió…

Bueno al fin y al cabo su mujer se mantenía fiel, no le engañaba con alguien…, se divertía con un esclavo
Vería mañana cuando haría su entrada oficial.
Cada vez mas tenia, el sentimiento de que estaba cometiendo un error.
Volver, volver, a que?, para que?
Volver, para sentarse al lado del fuego y envejecer, mientras su hijo, o sus futuros hijos crecían?
Volver para gozar de su esposa y de los largos atardeceres, tomándose un buen vino?
Volver…

Don Carlos de Bustamante dejo su pluma sobre la mesa y seco la tinta con un lienzo. Por la ventana de la posada podía ver el puerto, el barco que le había traído de las Indias. No era nada fácil aclimatarse a la tierra después de haber pasado varios meses navegando. El cuerpo se acoplaba a los vaivenes y meceos del mar y la tierra firme ya no alteraba continuamente su centro de gravedad. Su andar era un poco cauteloso, pero ya se estaba pasando. Diez anos fuera de su casa y de su país. Diez anos que había dejado su esposa Blanca, en estado de sus buenas obras y las únicas noticias que había recibido durante esos diez anos, era la del nacimiento de un heredero. Diez anos de vagabundeo por esos mares y tierras incógnitas. Diez anos de guerras y conquistas a la gloria de su Rey. Diez anos sin tener más que eso… Su viaje lo había aprovechado para escribir unas reflexiones sobre Ulises, el famoso que volvía a su patria después de haber recorrido todo los mares conocidos en aquella época y haber enfadado a los dioses. Sus pensamientos, los que había escrito, eran los de Ulises?, o eran los suyos?  Hasta que punto Ulises, Marcus, Don Carlos, necesitaban a sus  Penelopes?Quizás el triste sino del hombre, fuese un eterno volver.

En fin vería dentro de unos cuantos días, al llegar a su hacienda.Llego a su hacienda dos semanas mas tarde. Inconscientemente, no quiso acortar el camino de vuelta. Tendría miedo de volver a ellos? Sin darse a conocer, pidió alojamiento en tanto que gentil hombre de viaje. La sirvienta llamo a su ama y Dona Blanca apareció. Sus rasgos, dulces y enmarcados por una cabellera negra. Pelo azabache con reflejos, sus formas, escondidas  bajo su amplio vestido se ocultaban, pero cuando salio de la casa el movimiento de sus caderas las dibujo un poco más. Se estremeció. Blanca, Blanca… Controlándose, se presento como un docto profesor de botánica viniendo de las Indias y de paso hacia Salamanca; agradeciéndole su hospitalidad, ya que la noche caía y el próximo pueblo estaba a un par de horas de cabalgata. Ella se le quedo mirando, como si le reconociese. Después de unos instantes de silencio, movió su cabeza y le ofreció la estancia.

– Sr., hacerme el placer de compartir mi modesta casa y mi comida. Así, si os place podréis contarme algo de vuestro viaje.
– Como no Sra., con mucho gusto Don Carlos se dijo que la barba y las visicitudes, habían modificado sus rasgos y ella no le reconocía…

Durante la cena, ella le contó la historia de aquel marido que la había dejado en estado, partiendo a buscar honores y del cual no tenia noticias, diez anos ha.El, la divirtió contándole sus viajes y varias anécdotas. El coloquio duro hasta entrada la noche y al fin disimulando un ligero bostezo, ella le rogó la disculpase. Llamo a la sirvienta que le condujo a sus aposentos. Las velas en el pasillo proporcionaban la única luz. Sigilosamente salio de su alcoba y busco los aposentos de su dama. Una leve claridad debajo de una puerta lo guió. De cuclillas, a través del ojo de la cerradura pudo atisbar el interior.  La alcoba grande contenía varios armarios y cómodas y un gran lecho. Acostada en el se encontraba su dama envuelta en un largo camisón. La penumbra dibujaba su cuerpo dándole relieves cambiantes.

Apercibió que la mujer sobre el lecho había subido su camisón hasta sus caderas, su mano desaparecía entre sus muslos y la contracción de los mismos era patente. Su otra mano había sacado un pecho y acariciaba el pezón. El manejo duro tiempo y tiempo. La mano escondida entre los muslos salio, y de la esquina de la cama cogio algo. En un primer tiempo, no vio bien de que se trataba. Ella lo llevo a su boca y empezó a chuparlo, ahí pudo ver la representación de un pene. Después lo bajo para ponerlo entre sus muslos, y  abriendo sus piernas lo hizo desaparecer. Los movimientos y los gemidos fueron cada vez más rápidos, mientras la otra mano retorcía el pezón.  Finalmente  con un último estremecimiento, los muslos se relajaron, las piernas se abrieron, y la quietud y el silencio se instalaron.

Bueno en medio de todo ella todavía le era fiel…, y dando media vuelta se fue a dormirVería al día siguiente como abordaba la presentación, la verdad es que cada vez lo pensaba mas. Merecía la pena volver?Lo que iba a echar de menos seria la acción, la guerra, la conquista, esos malos ratos que luego se convierten en buenos, las mujeres en plural, la violencia, el hecho de no rendir cuentas a nadie y ser su propio amo, su propio Dios…

En el avión que le estaba acercando a su destino, Antonio aprovechaba para echarle las últimas frases al soliloquio de Don Carlos de Bustamante. A el le estaba pasando lo mismo. Diez anos que llevaba fuera de su casa. A su mujer la había dejado a punto de parir, y se había ido a extender la revolución por toda América del Sur. Anos revueltos, de largas caminatas por selvas y caminos, de arengas delante de campesinos incultos e incrédulos, porque hartos de hacerse robar por unos y por otros. Primero les explotaban los ricos, luego venían los militares, y cuando ellos se iban, venían los guerrilleros como el Antonio, para arengarlos. Si solamente se contentasen de discursos…, pero no, había que darles comida, y muy contentos si no te enrolaban para cubrir las bajas…
Aquellos anos de potente adrenalina cuando se enzarzaban con los militares, aquellos anos de prepotencia armada, de vivir a punta de pistola, perdón, a punta de kalachnikof. Aquellos anos de libertad, de vender libertad. Libertad en la cual había terminado creyendo menos, cada vez menos.

Al fin se reuniría con su mujercita y con su hijo. A pesar de todo, el hecho de haber puesto por escrito los sinsabores de Don Carlos, le estaba insinuando el gusanillo de la duda.Tendría razón Don Carlos? Al bajarse del avión, sus primeros pasos en la gran ciudad fueron para dirigirse a un bar. Y comenzar a emborracharse.  Borrachera tenaz, sin miedo a caerse por los suelos, con la tranquilidad del que puede irse a dormir en paz sin tener que estar en vigilancia constante, viviendo como un ser humano normal. No logro emborracharse totalmente. El alcohol no terminaba de mellarlo. Sus sentidos no se adormecían, su vigilancia no se iba. Malas costumbres. Se alejo en un hotelucho y dejo para el día siguiente la vuelta a su casa. Al día siguiente, duchado y acicalado se dirigió a su domicilio. Encontró unas ruinas mal contrahechas. El vecindario le informo donde estaban los antiguos inquilinos. No se identifico cuando pregunto por Maria. Le dijeron que se había ido al campo, que trabajaba la tierra a unos cuantos kilómetros de la ciudad.  No podía perderse, era la única casa pintada de verde antes de entrar en el pueblo.
Alquilo un coche, y antes de entrar en el pueblo, ya atisbo la casita verde.

 Su corazón palpito más fuerte. Maria, Maria… Dejo el coche al borde de la carretera, y a pie, se dirijo hacia la casita. El sol del atardecer, ponía notas doradas en las hojas de los dos árboles del patio. Sin hacer ruido dio la vuelta a la casa  siguiendo los ruidos que hacían los utensilios de cocina. Llego al fin a la ventana que daba a la cocina, y se paro en seco. Durante unos segundos su corazón casi estalla. Se calmo y avanzando ligeramente la cabeza miro.Apoyada en el borde de la mesa de la cocina, una mujer con la faldas remangada, sufría los asaltos de un hombre. Ella gritaba, a cada vez que su sexo era invadido por el hombre. El agarrado, a sus pechos descubiertos empujaba con fuertes resoplos A ello se añadían los choques de los utensilios de cocina mal meneados por el empuje bestial de los dos.  Una verdadera cacofonía. El grito, como cuando degüellan un cerdo, y ella le correspondió con un aullido, tal como si la matasen. La sartén y las cacerolas, amen de un par de platos, rodaron por el suelo, y ellos, empalados, se derrumbaron encima de la mesa. Al esparramarse ella, volvió su cara y Antonio reconoció los rasgos de su mujer.

Diez anos de espera para eso.
Diez anos con la añoranza de volver, para eso
Sin hacer ruido, dio media vuelta y recorriendo el camino en sentido inverso se dirigió hacia su coche.
Decididamente, el hombre no estaba hecho para ser  sedentario.

El cazador, el que traía la pitanza a su caverna, el que defendía, el que asumía sus instintos sexuales  cuando lo necesitaba, y su violencia cuando le atacaban. Los hombre como el, como Don Carlos, como los otros, como el puñetero Ulises que nos había contado el cuento de la mujer fiel, que si tarati, que si tarata.  Cabron del Ulises. Putas disculpas para no volver a su casa
Debería mas bien interpretar el razonamiento de los Ulises sucesivos, como una huida hacia delante. Un pretexto para no volver, guardando una buena conciencia al intentar, más bien al decir que intentaban volver a sus lares. En cuanto a las Penelopes…, no había más nada que comentar…Los últimos rayos del sol le hicieron cerrar un poco sus ojos, subió al coche y de la guantera saco unas gafas de sol.

Ouf, veía mejor, y después de alumbrar un cigarrillo, se dijo.Me parece recordar que había dejado hace un par de anos, en una de sus andanzas una tal Consuela…Rhael- 132, se quito el casco, abandonando el contacto con el ordenador. Estaba leyendo unos viejos escritos que databan de los siglos antes de la gran guerra. Contaban unas historias sobre un tal Ulises…

Pensó, que cosas tenían sus antepasados…., y dirigiéndose de nuevo a la pantalla, ordeno
– Entrada en velocidad subluminica. Contracción espacio; Ruta decidida.Sentándose en la butaca de relajación, cerró los ojos y ordeno mentalmente. Masaje y reposo. Qué cosas tenían sus antepasados….