Todos analfabetos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Deseo ardientemente, y lo juro por el niño Jesús, que todos seamos analfabetos. Estoy seguro de que nos hubiésemos librado automáticamente del Coronavirus porque con ese nombre tan aristocrático de flan Mandarín el bichito hubiese huido hacia un país donde la gente fuese más culta y supiese distinguir su estirpe.Yo me equivoco más de una vez cuando lo tengo que escribir y como es el nombre más pronunciado, soñado, cinematografiado del momento, lo paso muy mal. Porque los que sabemos juntar letras sin demasiadas faltas de ortografía nos avergonzamos. Por lo menos yo, que estudié lo mío para no cometer grandes enormidades ortográficas, aunque la puntuación siempre me costó. Como mamé el periodismo en Francia, pues a veces me sale la ortografía franchute y si se atraviesa en mi escritura uno de esos Licenciados que hay en España, por algo es país del Quijote, pueden ponerme colorado.Pero el cuento es que si todos fuésemos analfabetos primarios, es decir que supiéramos más o menos escribir aquella literatura de “…espero que al recibo de esta estéis bien”. Y la de s.s.s.q.e.s.m, pues ya sería bastante y más que suficiente. Que existan reglas ortográficas es una falta de igualdad, fraternidad y hasta de libertad. Impide que todos seamos iguales, menos los ricos que lo son aunque no hayan ido más que a la escuela de María Castaño. Es que resulta que hemos entrado en la época de los llamados medios de comunicación. Todo el mundo dice cosas, escribe cosas y sabe o quiere saber cosas. El número de licenciados en Lenguas y variantes diversas es infinito. Ni los revolucionarios de 1789 consiguieron esta igualdad. En París, cuando Doña Reina se puso borde la gente se echó a la calle pidiendo pan, aunque dicen que la pobre quería darles ricos pasteles pero que las enfurecidas mujeres, que eran las que cortaban el bacalao revolucionario, los rechazaban por dignidad, aunque fuesen con nata y chocolate. Así nació también la dignidad. Y consiguieron ganarle a los señoritos y más de uno tuvo su hora de gloria, su paseíllo por la plaza de la Concorde (Concordia, ríanse ustedes de la broma), donde un doctor un tanto Frankestein había inventado e instalado una maquinita bautizada Guillotina, que en un solo movimiento, sin gastar energía, cortaba limpiamente la cabeza del individuo o la individua que ponía su cabecita a tiro de cuchilla. Por allí pasaron tantos nobles que de verbena se convirtió en recepción en palacio. Hasta la tontita de la reina Maria Antonieta se dejó allí sus tirabuzones.

Nació la dignidad pero no la igualdad en el uso de las palabras, lo que suele llamarse culturilla, por lo menos para firmar el recibo de la luz –en aquella época había que firmarlo con tinta china—o mandarle al novio una carta al frente donde Napoleón se los llevaba. Ese hombre sí que era culto. Media vida la pasaba arrasando países, conquistando, robando monolitos y otras bellezas para ofrecérselos a su Josefina, que lo traía loquito de amor, y de sexo y de todo lo que se quiera, aunque hay cronistas que dicen que la mujer era un poquito casquivana y no guardaba el debido recato mientras su esposo se subía en una pirámide y pronunciaba frases para que luego las repitiesen los escolares franceses. Y la otra media escribía sesudos libros como el Código, que todavía tiene vigencia en Francia.

El caso es que la Revolución francesa no trajo esa igualdad de que ahora sufren los hombres y mujeres del siglo XXI. Sin embargo, en 1960, cuando Fidel Castro, decidió echar de Cuba al virulento sargento Batista, no le confundan con el gordo simpático confidente de Zorro, el de la máscara negra, lo primero que hizo fue proclamar letras para todo el mundo. Allí fue alfabetizado hasta el apuntador y hoy Cuba es uno de los poquísimos países del mundo donde hay más universitarios que en ningún sitio, y sin pagar un duro. Lo que ocurre es que la alfabetización tiene sus desventajas. Con tanto saber, la gente piensa y cuando la gente piensa, ni la pobre Maria Antonieta puede pararla.

Cuando Fidel llegó al poder, en 1960, el país tenía un solo periódico, Granma, un diario que sigue teniendo en rojo y gris aunque lo lean solo los periodistas extranjeros por lo que se les ha podido escapar en la calle, y pare usted de contar. Pero en pocos años, Cuba se ha llenado de periódicos digitales que en su mayoría critican al régimen. Y como los cubanos saben leer y escribir de rechupete, abundan estos panfletos que critican cosas criticables pero a los que el gobierno no parece darles demasiada importancia.

Pero es una lata. Porque por si fuera poco, una empresa norteamericana ha lanzado un llamado Facebook, que es un informador muy respetable aunque a veces te de la impresión de que los cubanos tienen alguna participación porque la prensa oficial, Granma, la agencia Prensa Latina y otras ricuras, aparecen más de la cuenta en sus páginas y sin que se sepa muy bien por qué. El caso es que molesta a la Cuba oficial porque los lectores amateurs que antes leían Granma y cuando podían ahora tienen teléfonos móviles que les permiten obtener informaciones, una pelea en una calle de la Habana, patadas en la tienda por un saco de boniatos y ya no es lo mismo. Casi, casi llegamos a la época de Maria Antonieta aunque en La Habana el gobierno no reparta panes o tartas.

Y aquí es donde mi tesis, muy pensada y durante años, se complica. Como la gente sabe leer y escribir pues cuentan en Facebook lo que ellos creen que es la verdad. A los cubanos se han unido lectores del mundo entero, en particular de América Latina y España, que también quieren poner su granito de arena y entonces se convierte en una montaña de faltas de ortografía, falta de sentido común, exacerbación del ego revolucionario de 1789. Y aprendemos que escribir se puede escribir con faltas de ortografía porque entre la gente que lo lee hay una porción bastante analfabeta. Pero no importa. Has escrito en Facebook.

Y ahí está el lío. Si los ignorantes, los que no han ido a la escuela se limitasen a escribir una carta a su hermana la del pueblo aunque fuera por wasap, el peligro sería menor. Porque ahora se toman por informadores, editorialistas, comentaristas, entrevistadores, y todos los analfabetos tienen derecho a su propia revolución. Si todos hubiéramos conservado el grado de analfabetismo suficiente para no interferir en los problemas que antes solucionaban cuatro pícaros y profesionales artistas de la política, no habría lío, ni caceroladas ni nadie sabría nada.Si yo fuera Presidente, y puede ocurrir un día, lo primero que haría es instaurar el analfabetismo universal con suculentas primas a todos aquellos que no supiesen hacer la o ni con un teléfono móvil. No habría democracia, pero los analfabetos serían felices porque no sabrían nada. Y no saber es como vender cupones de la ONCE.