Balzac, el cineasta
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando Balzac dejó que uno de sus más admirables personajes, Goriot, llegase casi al éxtasis amoroso oliendo un pañuelo de una de sus hijas que le había traído uno de sus amantes, se rompieron las amarras de lo apasionadamente correcto.Ni Flaubert con su jadeante Madame Bovary sucumbiendo en un bosque húmedo como el océano bajo el aliento de un noble de baja estofa consiguió cumbres tan borrascosas que siempre ignoraron las tormentosas hermanas Brontë. Pero está visto que casi ningún escritor ha logrado mantener ese amor que fatalmente se avinagra en desamor cuando no llega a los extremos de Romeo y su Julieta. Ni en las películas, porque en el momento de aparecer el fatídico fin uno adivina lo que será dos años después de aquella pareja tan feliz que hemos dejado enviándose un email o besándose en la humedad de un Casablanca sin vuelta de hoja.Los lectores y los espectadores somos, nos guste o no el papelón, los auténticos testigos de cargo de esos amores que fueron y ya no son, de esas bellezas que dejaron de serlo.La otra tarde, a la vuelta de un reportaje, me tropecé con Claudia Cardinale. Qué desilusión. La belleza debería morir joven. Como el amor. La italiana que había embellecido tantas de mis muchas tardes de invierno en Rocco y sus hermanos estaba ajada por el vendaval de los años inmisericordes. En este fin del mundo, donde reinan los virus chinos, y comienzo de no sé qué en que vivo han traído a Kim Basinger en su última película que tiene olor a caderas sexuales, Love Me Tender. Me da pena ir a saludarla porque hace ocho años la deje al borde del abismo físico en L.A. Confidencial y no quiero más desilusiones. Aunque es cierto que en su rostro “persistían vestigios de una blancura y de una fineza que permitían suponer que el cuerpo conservaba restos de belleza”. (Le Père Goriot). Bastante tengo con Milan Kundera que no deja de advertirme que entre el amor y el desamor hay pocas letras y que los enamoramientos terminan siempre como el rosario de la aurora, con catarro y congoja.Debo de estar pasando una mala racha porque releo lo que debería olvidar y recuerdo la cintura de Brigitte Bardot, la cara insolente de Mylene Demongeot, las interminables piernas de Ursula Andrés, la mirada de ángel de Rita Hayworth, el mohín miope de Marilyn Monroe y la insolente mirada de Kim Novak. Sin olvidar, s’il vous plait, que el cine francés dio, aparte los de Simone Signoret y Michèle Morgan, otros ojos que todavía me persiguen.

Era durante un Festival de Cannes (de cine, porque en ese pueblo del sureste de Francia no hay otra cosa, aparte turistas estúpidos y comerciantes avariciosos) y un excelente amigo fotógrafo de una gran agencia de prensa de París cubría el acontecimiento. Una de las grandes estrellas de aquel año era una muchacha bajita de nariz respingona y mirada que se incrustaba directamente en la médula espinar. No sé cómo, todavía no me lo explico, y no creo que ustedes puedan comprenderlo, la muchacha prefirió enamorarse locamente de mi amigo el gráfico en lugar de elegirme a mí. Sufrí como un condenado, pero bueno, ya se sabe que la vida es así.

El idilio fue tan tormentoso que me permitirán que no de nombres. La pareja se encerró en un hotel maravillosamente perdido entre los olivares de la campiña y mientras los agentes de la actriz la buscaban desesperadamente, el fotógrafo recibía del director general de su agencia, un puritano nórdico que no debió de amar por pudor ni a su madre y que seguro que no sabía lo que era el complejo de Edipo un telegrama conminatorio. El cable decía: “Completement degouté de votre travail, rentrez à Paris” (Totalmente asqueado por su trabajo, regrese a París). Mi amigo, que además de un gran maestro mío era un enorme cachondo, hizo caso omiso del telegrama. Poco después se acabó el idilio y todos volvimos a reunirnos en París.

Una vez más, el cine me salvó. Y decidí que a partir de este fracaso amaría como amaba cuando era un niño, con la imaginación que puede más que todos los esfuerzos. Y la verdad es que resulta menos complicado. El norteamericano Saul Bellow, al que le dieron por cierto un Nobel aunque no sé por qué, tiene un libro muy divertido que recomiendo relean, Herzog, en el que cuenta sus amores y sus desgracias con una tal Madeleine, prototipo de la histérico-perversa. Cuando estoy muy deprimido lo abro y me deleito con sus dolamas amorosas. Y como el libro tiene casi cuatrocientas treinta páginas, tengo consuelo para rato.

A veces a cualquiera le apetecería ser por un rato el inconsciente y finalmente pervertido guapo de película Eugène de Rastignac, uno de los personajes más consumadamente cínicos y enternecedores a la vez salido de la sangre de Balzac, otro escritor que también tuvo sus dolores de corazón porque es imposible querer tanto a las mujeres como él las amó en sus libros sin haber recibido ninguna patada. Le consumió su amor incontenible y a ratos incomprensible por una condesa polaca, Hanska, que todos los realizadores han pintado con la belleza que dan ojos enamorados. A Rastignac le llevó hasta el infierno su ambición de triunfar en el mundo que por los alrededores de 1800 estaba representado por la capital de todas las ciudades, París. Triunfar como se triunfaba entonces, a través de mujeres influyentes, poderosas y hasta espléndida hembras como la baronesa de Nucingen, que en la fantasmagoría balzaciana ilumina París con la luz del lujo descarado y apabullante.

De los amoríos de Rastignac y Madame Nucingen a los de mi amigo fotógrafo no hay más que algo de imaginación.Aunque en 1960 y pico las bellas damas capaces de robar la cabeza de un guapo muchacho eran sobre todo las actrices como la que le consumió el seso a mi amigo por un rato. Y eso que en aquellos años leer no era una excentricidad como ahora y quien más y quien menos, gracias a Emile Zola, Flaubert, Balzac o Victor Hugo conocía la perversa influencia destructiva que una mujer podía ejercer en la vida de un joven pobre, sin experiencia y con muchas ambiciones. Trampa en la que cayó mi amigo el gráfico mientras yo me tuve que resignar a seguir viviendo las grandes pasiones en las salas oscuras del Festival de Cannes.

Porque, en el fondo, todos tenemos algo o mucho del apasionamiento desgraciado y nunca correspondido del pobre Goriot.