Si yo fuera cubano
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Si yo fuera cubano de aquellos que conocí en los años sesenta en Cuba con el entusiasmo a flor de piel, un entusiasmo que parecía sincero, porque todos ellos creían aparentemente en lo que decían y hacían, aunque pasaran necesidades. Y creer es lo único que no se finge. Ya no está mi amigo Chango para servirme de testigo de las charlas que organizaba en el patinillo de su casa de Playa, y en el que se hablaba de lo divino y de lo más divino aún, la Revolución. Gracias a él me convencí de que la inenarrable Revolución cubana, que podían haber sido solamente una esplendorosa película de Cecil B. de Mille y quedarse solo para la distracción de los espectadores, podía tener una solución. Nunca pensé que terminaría cuando Fidel muriese. Pero ya ven. Equivocarse es de listos. Ahora, si yo fuese cubano de aquellos del patinillo tendría un poco de vergüenza entre lo que pensaba en aquellos años y lo que probablemente pienso ahora. Me daría vergüenza haber estado tantos años haciendo sacrificios, porque Cuba la hicieron hombres y mujeres que creían en lo que hacían y que pensaban que un día… Ese día llegó, pero en cuanto Fidel les dejó solos, muchos de aquellos fieles de misa de ocho pensaron rápidamente en dar otro giro a la Revolución. Ahora Cuba tiene presidente y todo un gobierno. Ya no hay un líder. Hay líderes. Y muchas ambiciones dispersar. Recuerdo cuando poco después de que fuera enterrado Fidel, la imaginación de los más ambiciosos echó a volar. Hollywood iba a convertir La Habana en una especie de sucursal, ya surgían en la imaginación productoras que nada tenían que producir. Hasta que los yanquis utilizaron lo más bello de La Habana para rodar unas cuantas escenas de porquerías de grandes películas para infantes de mama. Yo lo dije, lo escribí y desde entonces escribo mucho, me doy cuenta, como si yo fuera uno de los cubanos del patinillo de Chango y quisiera ayudar. Y alguna gente, “los puros” se cachondean de mí, abiertamente, como si dijeran “¿Pero que se cree el francesito este?”.

Es cierto que a ratos peco de infantilismo, que a ratos creo que todavía hay razones para que la Revolución no sea una marca registrada que se venda a los turistas bobos que volverán en aviones y barcos gigantescos. Como los puros o cualquiera otra mercadería. Made in Cuba. Cuba ha tomado el rumbo que los dirigentes que tiene les ha dado la gana, porque suponen que es lo mejor. Yo no sé de eso sino solo de fidelidad, y sin juego de palabras. Ocurre que el salto ha sido demasiado grande. Del idealismo al materialismo como forma de gobernar y ver las cosas es un gran salto. Pero lo que más me duele es esa indiferencia. A mí me da la impresión de que muchos creen que Fidel Castro ha sido un sueño, una película de Walt Disney que se proyectó hace ya muchos años. Me pregunto, y ustedes, los cubanos que presumen de fidelidad, pregúntenselo si cuando sus niños serán mayores sabrán que hubo un tipo llamado Fidel Castro que fue capaz de hacer por ellos lo que ni sus padres pudieron hacer.

Pero sepan que yo no soy cubano, que no he vivido ni he padecido lo que ustedes han padecido para alzar la Revolución, pero me siento orgulloso de haber conocido ese país que dio la mayor lección al mundo, la de una Revolución más limpia que de costumbre. Con cuatro gatos montados en un yate y muchas ganas de hacer cosas. Eran jóvenes, hay que perdonarles.

Y, como ustedes saben, a mí no me paga ningún gobierno y cuando voy a Cuba lo hago con mis cuartos y nadie me ofrece una residencia. Pero tengo un enorme cariño por ese país que con un solo hombre dio lecciones que el mundo no olvidará. Quizá a ustedes les parezcan anécdotas, quizá a los que se aprovecharon a fondo del fidelismo y que siguen viviendo del recuerdo que ellos no han conservado estén muy satisfechos. Mejor. Aprovéchense. Fidel se lo dio en bandeja. Pero los verdaderos fidelistas quizá le hagan tomar el Malecón a patadas.

Tengo algunos nombres en mente por si quieren preguntarme. Por ejemplo, los que dirigen una “información” que es peor que un cuento de hadas y que no tienen valor para ser periodistas, aunque tengan dos o tres títulos universitarios. Y algunos la voluntad de trepar solamente, que es más poderosa que todo el saber.