Cuba, el bicho, ella, y un litro de aceite
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

A las 09:10 horas eran los últimos de la larga fila de más de 200 personas en busca de los productos que racionados se vendían en aquel comercio estatal bajo custodia de cadetes de la policía y con una “coordinadora” que megáfono rojo en mano a cada rato gritaba en la ilusión de poner orden. Cuatro horas después sumaban casi 300 los que tenían por delante y sintieron que la derrota calaba hasta las uñas. Sin embargo, antes de emprender la retirada con las manos vacías, ella protagonizó el siguiente diálogo con los cadetes y la coordinadora.

-Buenas tardes- dijo contenida, pero con una energía que le salió de las entrañas, y sin esperar respuesta continuó. –Mi marido y yo somos personas de alto riesgo (a la covid-19) y nos vamos sin comprar porque ustedes son unos INCOMPETENTES, incapaces de organizar una cola, incapaces de agrupar en jabas los cuatro productos que tienen a la venta para que la gente compre con rapidez como se ha orientados desde hace semanas. Poco antes, dos mujeres jóvenes se habían fajado en plena calle a piñazos y pedradas, y a los cadetes y a la coordinadora (todos también jóvenes y flacos) les costó su tiempo neutralizar el espectáculo; corrían de un lado al otro detrás de las beligerantes, mientras las piedras volaban, los gritos zumbaban, la inmensa cola se fraccionada y la tienda cerraba sus puertas por temor a lo peor. Y quizá por ello los cadetes y la coordinadora, sorprendidos una vez más, solo atinaron a balbucear una respuesta justificativa –en eso son especialistas- cuando ella dijo casi todo lo que tenía que decir y les dio la espalda.

Todo ocurrió el martes 28 de abril en un barrio del oeste de La Habana, la capital del país y el territorio de mayor infección con el nuevo virus,  603 personas. En la isla se contabilizan 802 enfermos, descontado muertos, evacuados y rehabilitados del gran total de mil 437 diagnosticados desde que comenzó esta terrible jodedera. Todos saben aquí y allá que esas aglomeraciones son las principales fuentes de contagio. Sin embargo, los cubanos parecen conocer también de la ineptitud crónica para el menos organizar las aglomeraciones y agilizar las compras, de los burócratas que inundan el sistema estatal de comercio interior y sus tiendas con productos en venta libre. O al menos es de eso y del esfuerzo con buenos resultados de los médicos y los científicos, de lo que se habla en los tumultos, no del bloqueo estadounidense que existe y agobia porque para los isleños, enfrentados a más de medios siglos de presiones desde Washington, ese azote pasa a un tercer o quinto plano cuando padecen en carne propia, día a día, el flagelo de la incapacidad, la desidia, la estupidez y la corrupción de una burocracia incrustada en todos los pliegues de la sociedad cubana.

Las escuelas y los centros de trabajo no esenciales están cerrados, así como las fronteras marítimas y aéreas; todo el transporte público, desde los ómnibus hasta los taxis, ha sido puesto en función de combatir la epidemia, mientras los pronósticos indican que la semana próxima se llegará al pico de contagios (se lucha por el mejor escenario: mil 500 infectados de los cuatro mil previstos en el peor caso). Y en esa desolación forzada, la venta de alimentos es la única actividad cotidiana que late todavía. Por ello también las especulaciones vuelan y no es de descartar un próximo cierre de todas esas tiendas en la ciudad a fin de disminuir la curva de infección porque evidentemente, aunque sobran las propuestas desde las calles, los burócratas no quieren o no saben ponerle el cascabel al gato en eso de distribuir poco entre muchos en época de vida o muerte.