Hemingway y el amor de las mujeres
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gustaría ser mujer para estar locamente enamorada de mí mismo, dijo el viejo profesor en la clase de Literatura que le habían asignado porque el rector sabía que con él los alumnos oirían cosas que no estaban acostumbrados a escuchar.Verán ustedes, el hombre es un bicho raro, enamoradizo, raramente enamorado porque no sabe estarlo. A los hombres las mujeres las manejan como les da la gana. Ernest Hemingway, que no tuvo nunca fama de mujeriego, estuvo casado legalmente cuatro veces, con mujeres mucho más fuertes que él según se desprenden de las 279 páginas que la escritora Naomi Wood le consagra bastante inútilmente en “Mrs Hemingway”, un libro que parece destinado únicamente a demostrar que, en el fondo, el genio no era más que un alfeñique en cuestiones amorosas. Luego, a través de todos sus libros, el amor por la mujer es una constante que empieza con la enfermera que según cuenta le cuidó en su primera incursión a una guerra, la primera mundial, donde sirvió como chófer de ambulancia y donde se creó el mito de que había quedado impotente. Esa novela, la más popular, “Adiós a las armas”, demuestra que el hombre sin una mujer que aunque no le ame le soporte no es nadie o es muy poco. En las verdes colinas de Africa, el héroe (Hemingway, nunca ningún escritor se retrató mejor que él) depende exclusivamente de otra mujer, bella y deseable, pero no en su estado, que le ayude a morir debajo de las nieves del Kilimandjaro. En “Por quién doblan las campanas”, su novela auténticamente novela sobre la guerra civil de España, Pilar, una subversiva, según la terminología franquista, es la auténtica heroína. En “Fiesta”, para mí su mejor cuento largo después de “El viejo y el mar”, es la primera vez que el héroe, un norteamericano perdido en las demenciales fiestas taurinas de Pamplona, deja ver que está castrado. Pero ama todo a lo largo el libro, con pasión y sin compasión.

Aunque hay pocos datos sobre ello, es casi seguro que de joven fue un enamoradizo, incluso cuando empezó con unos 17 años en el periodismo como reportero bastante original del Kansas City. Por entonces era un chiquillo. El suicidio de su padre, un médico, debió de marcarle y es posible que esa manera de retirarse de la vida le influyera para pegarse un tiro en 1961. El viejo profesor dejo a un lado el libro de Hemingway y sacó una humilde novelita que pese a haber sido mucho más leída que el mismísimo norteamericano, llevaba el estigma del populismo.

El amor es algo que no dura toda la vida. Me refiero a los hombres. Creo que las mujeres tienen otra manera de amar. Necesitan hombres fuertes –la vejez adormece los sentidos en el hombre y a ellas ya no les parecen tan atractivos. Como muchos hombres que conozco, yo he pasado mi vida enamorado. Algunos de la misma mujer y otros de una sola, pero ya es más raro.El amor es un sentimiento que da seguridad al hombre, esa seguridad de los débiles que las mujeres no necesitan porque son siempre, por frágiles que parezcan, capaces de arrastrar al mundo. ¿Creen ustedes que un hombre tendría el valor de dar a luz? Ya les cuesta trabajo contribuir a criar a unos hijos que casi siempre son educados por la madre.

Para Hemingway las mujeres fueron siempre una compañía muy deseada pero probablemente su carácter le hizo que tuviese que probar cuatro matrimonios, aunque también pudiese ser que, como decía el profesor, las mujeres que le tocaron eran demasiado poderosas para él. Ser un genio de la literatura no confiere todos los poderes. Como el de entender a las mujeres. Cuando se ha pasado por cuatro matrimonios con mujeres de cierto calibre y se ha fracasado es razón más que suficiente para pensar que algo no ha funcionado. Y hasta pegarse un tiro.

La mujer, dijo el profesor, es mucho más fuerte que el hombre y más inteligente, aunque algunos puedan confundir este adjetivo con el de perversidad. Una mujer está construida para enfrentarse al amor, al desamor, al amor múltiple y a lo que venga. El hombre es incapaz de amar a más de una mujer al mismo tiempo. Le falta la inteligencia de saber elegir. La mujer elige en su lugar.La mujer no ama, posee. Un marido es como un abrigo o una casa. El hombre no sabe contar. Se enamora porque necesita apoyarse, por muy extraordinario que sea en su profesión. Necesitan que lo quieran sin condiciones, pero las mujeres siempre ponen condiciones aunque al principio todo se parezca más a un romance de película o de novela rosa. El amor casi siempre es en tiempos del cólera. Ella elige, saca sus trampas y el elegido cae en ellas. Una vez que lo tiene bien seguro ya no importa lo demás. Ha conseguido su presa y no le importa que sea un marido mediocre, excelente o que no exista. Porque muchas mujeres tienen la facilidad de conseguir que el hombre sea un cero a la izquierda, únicamente válido cuando ella lo necesita.

El sexo es el arma principal de esa relación. Es ella la que manda a la hora de hacer el amor y pronto muchas de ellas consideran que es un aburrimiento, una obligación que soportan como quieren. La mujer es el único animal de la tierra que puede fingir el orgasmo, que puede hacer creer a un hombre que la hace inmensamente feliz en la cama y que sin él estaría perdida. La mayoría de las veces, el sexo es el arma con el que la mujer domina todas las situaciones. Si tienen niños es porque ella lo ha decidido y porque sabe que será un arma para cualquier maniobra. La mujer ama a su manera. Hay probablemente más amor entre dos mujeres que entre un hombre y una mujer. Y es fácilmente comprensible. Las mujeres tienen los mismos órganos, las mismas necesidades sexuales y aunque parezca que lo ideal es que una pareja la formen un hombre y una mujer, no hay mejor entendimiento que entre dos mujeres. Se conocen a fondo físicamente porque son iguales, han salido del mismo molde. Suelen tener las mismas ambiciones. Pero por razones sociales y económicas, es tradicional que un hombre y una mujer formen una pareja. Dos mujeres juntas ya se ve como una anomalía cuando en realidad es lo más natural del mundo.

Y hoy día la necesidad de procreación ya no corresponde al hombre más que un ratito y si se quiere ni eso, porque existen institutos de reproducción asistida que dan a dos mujeres los hijos que quieran, engendrados en el vientre de una de ellas, o de las dos.

El hombre ha dejado de ser el “creador”.

Pero las tradiciones, arrastradas por la sociedad y las religiones, optan por el matrimonio mixto. De no ser por esta tradición que es todopoderosa, las mujeres vivirían muy felices en pareja, casadas o sin pasar por la alcaldía.

En los años dos mil, este tipo de unión es más corriente y ya no tiene el carácter delictivo que iglesias y Justicia daban a estas uniones.Los equivocados somos los hombres. Servimos para un rato, para un tiempo, pero una pareja feliz es la que forman dos mujeres, que muchas veces y durante mucho tiempo pueden ser solo amigas muy queridas.Los hombres han optado en muchos casos por la homosexualidad que no está bien vista siempre ni mucho menos. Las mujeres bastan con que sean amigas. Y no necesitan más. Esta necesidad de huir del hombre como depredador nació cuando en Hollywood varios eminentes cineastas fueron acusados y condenados, liquidados, de haber tenido relaciones forzadas según la acusación, con mujeres a las que daban trabajo. Algunas de estas acusaciones se produjeron veinte años después de los supuestos hechos.

El asesinato bastante acusado de mujeres por hombres ha contribuido también a convertir las relaciones normales entre hombres y mujeres en un riesgo. Y a medida que pasa el tiempo, son más los personajes célebres que ven quebrada su carrera por una aventura de hace muchos años. Curiosamente individuos reconocidos mujeriegos y amante de más de una mujer mucho más joven que él no le costó su carrera al presidente norteamericano Bill Clinton. La esposa, la también política Hillary Clinton, perdonó.

Y, después de todo, el sexo entre dos mujeres es tan agradable como el que una mujer puede tener con un hombre, solo que se evitan los problemas de erección masculinas que a menudo echan por tierra cualquier unión. Da la impresión de que muchas mujeres optan por el matrimonio tradicional únicamente por todo lo que conlleva de festejos y apariencias sociales. Hemingway fue mucho mejor como escritor que como hombre. En este capítulo ya han hecho ustedes la cuenta. Dio muchas esperanzas a los otros varones para que se creyeran que podían dominar leones como mujeres, o mujeres como leones. Pero era falso. En una de sus últimas novelas, Al otro lado del rio y entre los árboles, Hemingway pone punto final a su vida amorosa. Renata se llama su amor en una Venecia de postal para turistas. El es un viejo coronel de todas las guerras que ha elegido la ciudad más húmeda del mundo para morir. Y surge Renata, el amor virgen.

Si quieren saber lo que pasa léanla. No es muy buena pero distrae. Y se llevarán una sorpresa.